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Trump busca atraer a Japón a su bando en la guerra comercial con China

Donald Trump y Shinzo Abe, durante la visita que realizó el estadounidense a Japón en noviembre del 2017.

Donald Trump y Shinzo Abe, durante la visita que realizó el estadounidense a Japón en noviembre del 2017. / periodico

Adrián Foncillas

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Donald Trump aterriza este fin de semana en Japón con la probable voluntad de presionar a la tercera economía mundial para que se sume con más entusiasmo a su acoso a Pekín. No hay dudas sobre la fortaleza de los vínculos bilaterales pero sí sobre el compromiso japonés en una guerra comercial que está castigando a las economías de toda la región.

Tokio ha sacado la alfombra roja al presidente estadounidense. Trump será el primer líder en reunirse con Naruhito desde que fue coronado emperador, será agasajado con una cena de honor, presidirá un combate de sumo y no es descartable que comparta unos hoyos con el primer ministro, Shinzo Abe. A ambos les une el golf y la pulsión militarista, que en Abe se traduce en su voluntad de jubilar la ejemplar Constitución y en el aumento del presupuesto en Defensa. Abe se desplazó a Washington para felicitarle tras su victoria electoral y desde entonces han hablado por teléfono una veintena de veces, según el registro de la Casa Blanca.

Japón se alinea tercamente con Washington en cuestiones geopolíticas. Cumplió las instrucciones estadounidenses de alejar a Huawei de los contratos gubernamentales. El sector privado, sin embargo, se muestra más dubitativo ante la posibilidad de darle la espalda a China. Esas dudas fueron resumidas por la multinacional Panasonic cuando esta semana emitió dos comunicados con apenas unas horas de diferencia en la que aclaraba que concluía su relación con la tecnológica china y lo contrario. Un centenar de compañías japonesas suministraron componentes a Huawei el pasado año por un valor de 6.600 millones de dólares y muchas de ellas han visto sus acciones caer sin remedio. Las encuestas de la prensa japonesa revelan el pánico a verse arrastradas a la guerra comercial con China, hacia la que destinan más exportaciones que a Estados Unidos.

Los coches japoneses, en el punto de mira de Trump

También preocupa que Japón sea la próxima víctima del ímpetu de Trump por aguar los desequilibrios comerciales. El millonario estadounidense ha amenazado con aranceles del 25% a los automóviles japoneses y solo la inconveniencia de acumular demasiados frentes ha retrasado su puesta en vigor. Los constructores nacionales reaccionaron con estupefacción cuando Trump denunció que los coches japoneses suponían una amenaza a la seguridad nacional. Toyota ha recordado su contribución a la economía estadounidense: inversiones de 60.000 millones de dólares, una decena de fábricas y casi medio millón de empleos. El fragor de la guerra comercial amenaza con imposibilitar ese delicado equilibrio japonés que conserva a China como flotador económico y a Washington como paraguas militar.

También Corea del Sur sufre las turbulencias. Los expertos culpan a la incertidumbre de la devaluación del won y, mientras las acciones de fabricantes de telefonía como Samsung subían, las de componentes registraban pérdidas. La prensa surcoreana ha desvelado las presiones estadounidenses para que Seúl se sume al boicot a Huawei. Es improbable que Corea del Sur, aún con el recuerdo fresco de los castigos económicos infligidos dos años atrás por Pekín tras permitir la instalación del escudo antimisiles estadounidense, quiera desairar de nuevo a su principal socio comercial.

Espectador de la final del campeonato de sumo sentado en una silla

<span style="font-size: 1.6rem;">En el programa de agasajos a Donald Trump figuran las finales del <strong>campeonato de sumo</strong> en el mítico estadio tokiota de Ryogoku Kokugikan y muchos aficionados ya temen que los férreos rituales de una práctica milenaria sean torpedeados por las exigencias de seguridad y, más probablemente, por las asilvestradas maneras del presidente. Preocupa, por ejemplo, el <strong>masivo lanzamiento de almohadillas</strong> que la tradición estipula ante el final de un combate si está Trump en línea de fuego. No se le acomodará en los sillones imperiales sino en alguno de los plebeyos habitáculos cercanos al 'dohyo' o ring circular del sumo. No ha gustado a los defensores de las esencias que al presidente se le vaya a permitir <strong>sentarse en una silla</strong> y no sobre el preceptivo cojín con las piernas cruzadas. Y existe el temor de que, cuando suba al sagrado 'dohyo' para entregar al ganador el trofeo que llevará su nombre, no se haya <strong>descalzado </strong>previamente. Sería una<strong> afrenta inasumible</strong> a una tradición que sobrevuela incluso el ímpetu del movimiento #metoo: una mujer que trataba a un luchador herido fue requerida recientemente a abandonar el ring para no profanarlo. Los internautas lo han resumido estos días: allá donde fueras, haz lo que vieras.</span>