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ENTREVISTA

Rafael Vilasanjuan: "Europa se tomó la crisis de los refugiados como una invasión"

El periodista explica en un libro las consecuencias mortales que ha tenido la externalización de fronteras de la UE para las víctimas de la guerra de Siria

¿Si alguien quiere salir de su país, saldrá; no le importa que haya una valla¿, constata el escritor

Andrea López-Tomàs

Llegada de un grupo de refugiados a Lesbos en el 2015. / AP / SANTI PALACIOS

Llegada de un grupo de refugiados a Lesbos en el 2015.
Rafael Vilasanjuan.

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El mar Mediterráneo ha sido escenario de batallas históricas y clásicos literarios. En la Odisea, Ulises luchó contra fuertes oleajes y malvados piratas para llegar a la isla de Ítaca. Otro viaje menos épico pero más cercano es el que iniciaron casi un millón de refugiados en el 2015. Su Ítaca era Europa, y sigue siéndolo. Rafael Vilasanjuan, periodista y actual director de Análisis y Desarrollo Global del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), un centro impulsado por 'La Caixa', lo relata en 'Las fronteras de Ulises: la crisis de los refugiados en Europa' (L 'Abadia de Montserrat, 2019). 

Durante el 2015 vivimos un boom informativo sobre los movimientos de los refugiados y los cierres de fronteras. Cuatro años después, ¿qué está pasando en las fronteras de Europa?

Ahora estamos en una situación en que hemos dejado de lado los principios sobre los que Europa se creó. No hemos cumplido los convenios internacionales en materia de refugiados. Hay una diferencia entre refugiados e inmigrantes y es una diferencia legal. Está basada en un acuerdo sobre el que Europa se ha ido creando. El concepto de asilo se creó en Grecia para todas aquellas personas que eran perseguidas y luego se codifica en la Revolución Francesa con la primera constitución que reconoce que todo aquel perseguido violentamente tiene que tener refugio en un país seguro. Después de la Segunda Guerra Mundial, hacemos el estatuto de Ginebra que hoy no hemos cumplido.

¿Por qué no lo estamos cumpliendo?

Cuatro años después, Europa está minada de fronteras. Fronteras reales entre todos los países que no sirven para nada ya que no hay ninguna evidencia que vayan a evitar la entrada de refugiados o inmigrantes. Todo eso viene de la idea de que nos están invadiendo, idea que todavía no hemos logrado cambiar. No sólo no la hemos logrado cambiar, sino que ha generado un terror que ha sido aprovechado por movimientos ultranacionalistas para volver a una idea de estados soberanos en vez del macroespacio común. En mi opinión, esta es la agenda pública más ambiciosa de todo el mundo: lograr compartir un proyecto común en territorios con diferentes lenguas y culturas en un espacio sin que haya barreras. 

Pero el número de muertos sigue creciendo de forma alarmante mientras que las llegadas migratorias por el Mediterráneo están en descenso.

Esto ocurre por varias razones. Por una parte, porque Europa ha ido cerrando una a una todas las puertas. Pero los movimientos de población son como la energía, ni se crean ni se destruyen, se transforman. Si tú quieres salir de un país vas a salir, no te importa que haya una valla y toda una serie de controles. Europa taponó la salida por Turquía por donde salía más gente ya que en 2015 se vivió un momento crítico en la guerra de Siria. Hemos financiado con nuestros impuestos a Turquía para que en teoría se haga cargo de esos refugiados e incluso retornara a algunos para evitar que entren en suelo europeo, la cual cosa es ilegal. La gente ha pasado a salir por Libia donde la distancia hasta Europa es diez veces mayor, las condiciones de salida son mucho peores y, por lo tanto, la gente que muere aumenta.

Por esta vía tampoco llegan muchos…

No, ya que esta vía también se ha intentado taponar financiando a los guardacostas libios con dinero de la UE. Por eso ahora la gente está cambiando de vía de entrada principal a la ruta occidental a Europa por España. Tenemos viajes más largos, con menos seguros y con más gente y con menos capacidad de llegar al punto de destino. Por eso hay más muertes. Si a eso le sumamos todas las prohibiciones que han criminalizado a toda la ciudadanía que ha dado apoyo y acogida a los refugiados y especialmente a los que rescataban por mar, tenemos la ecuación perfecta para entender porque hay más muertes. 

Libia tampoco está en su mejor momento para hacerse cargo del salvamento marítimo.

Desde luego que no. Por eso, hoy en día no se está rescatando. El servicio de fronteras europeo, la agencia Frontex, lo que está haciendo es financiar a los guardacostas libios para que sean ellos quienes patrullen pero hay que recordar que Libia está en guerra y los guardacostas libios no son precisamente una policía modélica para poder rescatar. Básicamente lo que está haciendo Europa es externalizar sus fronteras: cuando el problema se deja allá, hay mucha más gente que muere en el mar. 

¿Qué consecuencias tienen las políticas de la UE para externalizar fronteras?

A nivel inmigración, la primera consecuencia es el hecho de fortificar Europa contra todo lo que viene de fuera. Con eso se está generando más tráfico ilegal de personas. Es decir, ganan más dinero quienes se dedican a pasar a todo este tipo de gente. Si el viaje hace 10 años podría estar entre los 2.000 o 3.000 dólares; ahora lo podemos encontrar hasta los 10.000 porque es más difícil llegar a Europa y las mafias cobran más. Es una ley de oferta y demanda. Estas bandas están muy activas en Turquía, en Libia y por supuesto en Marruecos. 

Además también genera una relación perversa entre Europa y sus vecinos ya que la UE financia para que aguanten los movimientos migratorios. Pero al mismo tiempo, esos países tienen una relación de fuerza y chantaje que en cualquier momento pueden abrir el grifo y traer a toda esta gente. 

En el ámbito personal, no genera que una persona que decida venir a Europa deje de hacerlo, sino lo que provoca es que su vida corra más riesgo y el coste de pasar sea más elevado. 

Por lo tanto, es normal que las cifras ahora se mantengan más estables ya que tenemos una situación de calma. En el momento en que a algunos de estos países no les interese tener una situación de calma volveremos a tener exactamente la misma situación que antes. Ellos son quienes controlan los flujos, Europa ha dejado de tener el poder para controlar los flujos migratorios. 

Europa está sufriendo consecuencias importantes también.

En el interior de Europa, genera la amenaza constante de cualquier cosa que venga de fuera es un riesgo y eso entre la gente provoca miedo. Tenemos un discurso, que es la narrativa imperante ahora mismo, según el cual el que viene de fuera es terrorista y viene a cambiar nuestra cultura y nuestras raíces. Eso genera un problema tanto de seguridad como de identidad y de capacidad económica. La crisis del 2015 mal llamada ‘crisis de los refugiados’ es una crisis económica que afecta a los países del sur donde todas las peores políticas de restricción son aplicadas por ser los países con mayor déficit de la UE. Estas generan recortes de servicios a una población que después tiene miedo que una llegada masiva de refugiados les quite más servicios.

"Si tú quieres salir de un país vas a salir, no te importa que haya una valla y toda una serie de controles."

Por eso se sigue creyendo que una mayor afluencia de refugiados en Europa puede implicar una mayor amenaza terrorista aunque se ha demostrado que no hubo ningún refugiado relacionado con la ola terrorista vivida en Europa entre 2015 y 2017.

Los refugiados no llegan a una Europa rica ni segura ya que en esos momentos había una serie de ataques terroristas vinculados a movimientos de organizaciones islámicas radicales. Todos ellos fueron perpetrados por terroristas nacidos en Europa, no eran refugiados. Pero es muy fácil empezar a vincularlos. En esta crisis se empieza a vincular al que llega con el terrorismo aunque no existe ninguna evidencia que los que lleguen hayan estado involucrados en los atentados terroristas. 

Al mismo tiempo existe una crisis de identidad por una globalización que ha golpeado más fuerte a las clases populares de Europa. Esto ha provocado el auge de partidos extremistas que venden ideas excesivamente simples para problemas muy complejos. 

“Más que hacer frente a una crisis, lo que hizo Europa contra los refugiados fue una declaración de guerra, convirtiéndolos directamente en enemigos.” Este es uno de los fragmentos de tu libro. ¿Por qué crees que Europa reaccionó así?

Europa se ha tomado esto como una invasión. Hubo un pico de llegadas muy importante de más de un millón de personas en 2015, la mayoría de ellos eran sirios. Todos eran refugiados y por lo tanto teníamos una responsabilidad de acogida. Se les confundió desde el principio: se dijo que no eran refugiados, que eran inmigrantes y que venían a aprovecharse de las circunstancias de Europa. Todo esto era mentira pero frente a una invasión, se lanzó un proyecto de conflicto con toda la economía de guerra puesta en marcha para evitar su llegada: pagando a países terceros, creando un discurso interno de enemistad hacia el que venía, poniendo toda una serie de barreras internas para evitar que el refugiado fuera acogido a su llegada. Esto ocurrió en el 2015 porque al año siguiente y hasta ahora, los números de llegadas por el Mediterráneo son iguales a las cifras de la última década del siglo XX. Ya no existe esa invasión y, sin embargo, seguimos teniendo toda la economía de guerra dispuesta a funcionar contra ellos. Es muy difícil hoy por hoy entender que Europa va a cambiar esta política.

Al final fueron las organizaciones de ayuda y voluntarios quienes dieron respuesta a las necesidades humanitarias de los recién llegados.

La mayoría de las organizaciones civiles vienen de la voluntad de la sociedad civil. Para nuestra sociedad, es muy difícil entender que una persona que se está muriendo en el Mediterráneo no se la pueda rescatar. Ahí chocamos con una realidad política que se gestiona a cuatro años y con intereses muy complejos. Es muy difícil también que un político piense más allá de cuatro años y eso es un drama porque realmente existen argumentos económicos, políticos y sociales para entender que no estamos viviendo una invasión y que la necesitamos de alguna manera. Pero ese discurso no lo van a cambiar los políticos, lo va a cambiar la sociedad y eso es lo que se ha demostrado. La sociedad se ha lanzado con una fuerza enorme a ayudar que los gobiernos no han podido seguir. Más bien al contrario sino que los criminaliza

¿Necesitamos más inmigración?

Desde luego. No nos queda mucho por entender que demográficamente no vamos a funcionar si no empezamos a aceptar más inmigración. El refugiado quiere el derecho de asilo y tiene una diferencia sustancial con el inmigrante: el refugiado va a volver a su país en cuanto haya un proceso de paz mientras que el inmigrante es al revés, intentará quedarse aquí durante toda su vida laboral. Tenemos que cambiar el discurso porque la sociedad lo que ha hecho es una respuesta intuitiva pero la política más bien al revés. Olvidamos al ser humano y lo ponemos bajo el concepto de ‘ellos’. 

La médico María José Herrero, acaricia a un bebé rescatado en el Mediterráneo por el barco ‘Dignity 1’, de Médicos Sin Fronteras.  / GUILLERMO ALGAR (MÉDICOS SIN FRONTERAS)

Entonces, parece que estamos siendo testigos de la muerte lenta del proyecto común europeo.

No tan lenta. El proyecto común europeo está en estos momentos seriamente amenazado por muchos factores. Hay países donde la mitad de la población, como en Reino Unido, no está convencida de que este proyecto funcione. Esto no solo dice algo sobre Reino Unido sino también sobre nosotros: el único proyecto que buscaba tirar abajo fronteras a nivel global ha dejado de derribarlas para volver a poner. Se ha roto el espacio Schengen que se está poniendo en cuestionamiento por todos los partidos de ultraderecha. Hemos roto ese espacio común y hay gente reclamando las fronteras. Eso no sólo es una demanda de la ultraderecha sino también de la derecha que lo está poniendo como elemento de seguridad. 

¿Pero Europa puede soportar la llegada de inmigración?

Claro. La necesitamos porque tenemos un serio problema: demográficamente no funcionamos ya que el Estado de bienestar y el sistema de pensiones no se mantienen. Europa está perdiendo competitividad porque nos falta mano de obra. Es muy difícil convencer a la gente de esto cuando hay paro porque el paro es falta de productividad; luego cuanta más capacidad tengas de producir menor paro tendrás; cuanto más mano de obra tengas, menos paro tendrás. Mucha gente piensa que eso se va a corregir con la natalidad pero en Europa las tasas de fertilidad están a la baja y es normal por la capacidad de mecanismos de salud sexual y reproductiva y la incorporación de la mujer al mundo laboral. En las comunidades musulmanas que llegan no hay una tasa tan alta de mujeres trabajando y eso hace que su natalidad sea más elevada.

¿Es posible imaginar un mundo sin fronteras?

Un mundo sin fronteras existió pese a no estar globalizado antes de la Primera Guerra Mundial ya que las fronteras eran prácticamente porosas y solo existían en Europa principalmente. Había movimientos migratorios pero no tenemos mucha constancia de los movimientos internos de Asia y África. Hay think tanks que están trabajando en la idea de un mundo sin fronteras. Un mundo sin fronteras reales, según algunos think tanks, no generaría más tránsito y generaría mucho menos tráfico. Las barreras físicas que se ponen no son efectivas y solo incrementan el tráfico. No existe un efecto llamada; las personas no vienen a estar en un campo, vienen aquí porque saben que podrán desarrollar un proyecto de vida con trabajo y posibilidades de futuro. Existen modelos que han puesto en práctica que deshacinar la condición de los que vienen ayuda a desarrollar una mejor economía, como ha ocurrido en Brasil con la libertad de tránsito por todo el país para los refugiados, en Uganda donde los refugiados sudaneses o ruandeses tienen casi los mismos derechos que los ugandeses o recientemente en algunas zonas francas en Turquía. 

Hablabas de las grandes juventudes en los países árabes que habían sido las semillas de la primavera árabe. ¿Dónde está esta juventud ocho años después?

De la primavera árabe queda la constatación de que ese mundo no ha llegado a la madurez para aprovechar todo lo que una revuelta puede generar en todo el mundo. Hay un antes y un después, hay una herida que se ha generado. Hay un conocimiento por parte de una juventud muy, muy pujante que va a salir y se va a expresar de alguna manera en esa zona del mundo porque saben que tienen fuerza, porque ya lo han comprobado. Creo que no hemos visto aún el final de las primaveras, estamos en la mitad de un proceso. Estas sociedades están en una ebullición constante porque demográficamente han cambiado enormemente con cifras de entre el 60 y el 70% de la población con menos de 25 años. Esta gente tiene que llegar a su madurez profesional, política y económica y no están de acuerdo con la que tienen.   

Entonces aún seguimos en una crisis.

Sí, estamos en una crisis tremenda en Europa con una narrativa del relato que ha ocurrido muy manipulada. Mi intención al escribir este libro es llegar al máximo número de gente posible. Lo he contado a modo de relato equiparándolo al viaje de Ulises como seguimiento de lo que ha pasado con los refugiados. Tenemos que cambiar la narrativa, no vamos a convivir con una narrativa con la que las futuras generaciones no se sientan cómodas. No vamos a vivir en una Europa que creíamos que estábamos construyendo con futuro para nuestros hijos. La intención del libro es explicar a la gente que ha pasado y mostrar que hay caminos alternativos.