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matanza en sri lanka

"Entré a ayudar y el sacerdote salió con el cuerpo cubierto en sangre"

Los testimonios de los sobrevivientes relatan el horror que se vivió en las iglesias hoteles después de los atentados

Adrián Foncillas

Un equipo de emergencia traslada en camilla a uno de los heridos en Colombo.

Un equipo de emergencia traslada en camilla a uno de los heridos en Colombo. / EFE / PUSHPA KUMARA

Los atentados de Sri Lanka subrayan la lógica terrorista: la masacre está asegurada si buscas a los fieles en sus templos en días señalados. Un supremacista blanco dejó una cincuentena de muertos tras vaciar los cargadores de sus armas semiautomáticas en dos mezquitas cuando empezaban sus rezos del viernes en Christchurch (Nueva Zelanda) el mes pasado. Y ayer, en el Domingo de Resurrección que remata la Semana Santa, la explosión casi simultánea de bombas en tres iglesias mató a cientos de cristianos.

Fue el despertar fragoroso para un sufrido país que creía haberlas dejado atrás. Los atentados con bombas eran cotidianos durante la guerra civil que durante décadas desangró al país. El definitivo aplastamiento de los rebeldes tamiles por el Ejército en 2009 otorgó a los esrilanqueses una relativa tranquilidad que ayer quedó quebrada. Los testimonios de los heridos revelan el temor a que regresen aquellos días de plomo.

La primera bomba devastó el coqueto templo gótico de San Sebastián, a unos 30 kilómetros de Colombo. “Ha habido un ataque con bomba en nuestra iglesia, por favor acudan si tienen a familiares aquí para ayudarles”, se leía pocos minutos después en su página de Facebook. Las imágenes que han circulado por las redes muestran su suelo cubierto por los restos del tejado parcialmente desplomado, bancos de madera astillados y cadáveres desvencijados. “Entré a ayudar y el sacerdote salió con el cuerpo cubierto en sangre”, desveló N.A. Sumanapala a la agencia France Press. “Había un río de sangre. No hemos vivido nada como esto en diez años. Hay mucho miedo, no sólo en la comunidad cristiana, sino en todos”, añadió.

La segunda bomba estalló en la iglesia de San Sebastián, en la localidad de Negombo. Gabriel, cuyo hermano resultó herido, admitía su estado de shock. “No queremos que nuestro país regrese a ese oscuro pasado en el que vivíamos con miedo de atentados suicidas”, señaló. Y poco después la policía informaba de otro atentado en la Iglesia de Zion, en la capital. Y más tarde en tres de los hoteles más exclusivos de Colombo. Los terroristas detonaron las explosivos en sus restaurantes aprovechando la masiva afluencia del desayuno. El responsable del Hotel Cinnamon Grand, cercano a la residencia del primer ministro, corroboró que se trataba de un atentado suicida: “Se colocó al frente de los que esperaban en la cola y se hizo estallar”.

Actos de discriminación

Las cuentas oficiales sobre fallecidos no atribuyen ninguno a los atentados en los hoteles. Un testigo de la detonación en el Tropical Inn, sin embargo, afirmó en la televisión local que había visto cuerpos desmembrados.

La prensa destinada al lugar habla de una masiva presencia policial y militar frente a los edificios oficiales. Antes de que el Gobierno decretase el toque de queda indefinido en todo el país, esrilanqueses de todas las religiones se habían dirigido en masa a las clínicas a donar sangre.

El atentado revela la frágil convivencia en el mosaico religioso de la antigua Ceilán. La minoría cristiana, apenas un 7 % de la población nacional, denunció el pasado año haber sufrido 86 actos de discriminación, amenazas o violencia. Algunos grupos desvelaron que habían sufrido presiones para que terminaran sus actos religiosos porque las autoridades los habían calificado de “no autorizados”.