29 oct 2020

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COMICIOS EN TAILANDIA

La huella indeleble de Thaksin

El exprimer ministro tailandés sigue siendo venerado en las provincias rurales, decisivas en las elecciones del domingo

Adrián Foncillas

San Sornnum alimenta a sus vacas en Khon Kaen (Tailandia). / ADRIÁN FONCILLAS

San Sornnum alimenta a sus vacas en Khon Kaen (Tailandia).
Saratsanun Unnoporn, candidata regional del partido Pheu Thai a las elecciones en Tailandia.

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El sol tropical hace del mercado al aire libre una sartén y no hay playas de arena blanca ni chiringuitos con mojitos en miles de kilómetros. Saratsanun Unnoporn, candidata regional del partido Pheu Thai, reparte sonrisas de nívea dentadura y saludos con las palmas pegadas entre los precarios puestos de comida. Se acerca el momento, insiste. El momento llegará el domingo con las primeras elecciones en ocho años y el final de un lustro de dictadura militar en Tailandia.

Khon Kaen es una de las 20 provincias del noreste, las más pobres del país. Es la zona conocida como el Isán que ignoran las guías turísticas sobre el País de las Sonrisas. También ha sido la más castigada por el estancamiento económico. De los votos de su campesinado dependerá la victoria en Bangkok y los partidos se esfuerzan en cortejarlos. Saratsanun juega en campo propio. Su formación está amparada por Thaksin Shinawatra, el exprimer ministro en el exilio desde que en 2006 fue depuesto en una asonada militar.

Thaksin y sus partidos afines han arrasado en todas las elecciones de los últimos veinte años y, en una dinámica delirante, todos sus gobiernos han sido depuestos por golpes militares o sentencias judiciales. Es un empresario de las telecomunicaciones que se sirvió del poder para enriquecerse, debilitó las instituciones democráticas y metió la mano en la caja.

Eso lo saben en Isán. También que encontró tiempo para ellos. Subvencionó la sanidad hasta la semigratuidad y la educación, implementó un programa de microcréditos que dio la primera oportunidad de salir de la pobreza a muchos y elevó los precios del arroz a cuenta de las arcas públicas. No ha habido una figura más divisiva ni omnipresente en Tailandia. Para unos, un populista que compraba votos con subvenciones. Para otros, el primero que rompió el tradicional olvido del campesinado.

"Una figura carismática"

La Junta militar se ha esforzado en borrar su huella reformando la Constitución y prohibiendo que los partidos estén dirigidos desde el exterior de Tailandia. Thaksin, sin embargo, sigue grapado a la memoria de Isán. “Muchos me preguntan si va a volver”, revela Saratsanun.

Thaksin supone un legado complejo para el Pheu Thai. Asegura millones de votos, con las encuestas atribuyéndole un 45 % de los votos, pero también personifica esa brecha social paralizante que todos los partidos han prometido superar. Saratsanun ha estudiado en Corea del Sur, frecuenta el Reino Unido y Estados Unidos y maneja un inglés impecable. Es un símbolo de los nuevos tiempos que define a Thaksin como “una figura carismática que hizo muchas cosas buenas pero que pertenece al pasado y sólo traería conflictos”.

Esos análisis son demasiado sesudos para los que se desloman para arrancarle algo a la tierra. Isán ha sido la más castigada por la impericia militar en asuntos económicos. Lamentan los campesinos que bajan los precios agrícolas y las ayudas oficiales mientras suben sus deudas y la inflación.

Campo yermo

Thongkun Tednok, de 56 años, revela que la tonelada de la caña de azúcar ha pasado de costar 1000 bahts (28 euros) a la mitad en dos años. “Esa es la diferencia: Prayuth (jefe del Gobierno militar) dijo que había demasiada y cayó el precio. Thaksin, en cambio, la subvencionaba. Hoy no merece la pena cultivarla, perdemos dinero”, sostiene mientras señala el campo yermo pegado a su casa. Thongkun extrae las semillas del tamarindo que perfuma muchos platos de la gastronomía local bajo el porche de su vivienda bajo un bochorno apenas atenuado por un ventilador.

Con los 10.000 bahts (280 euros) ingresados el pasado año no habría sobrevivido, reconoce. Gracias a su hijo, empleado en una fábrica de Bangkok, cuadra las cuentas. La sequía de este año ha convertido un contexto grave en dramático que estimula el éxodo. Urge marcharse como sea. Isán es el caladero de los burdeles de Bangkok, Phuket, Pattaya y otras paradas que han hecho de Tailandia el paraíso del turista sexual. Los envíos frecuentes de dinero de las hijas disparan los cuchicheos vecinales. “Esta ha sido siempre una sociedad tradicional. Antes se veía con malos ojos, pero muchos entienden ya que no hay nada peor que la pobreza”, desvela Thanapat, taxista.

Los economistas alertan sobre la deuda doméstica mastodóntica. Los hogares con ingresos inferiores a 27.000 bahts (754 euros) deben una media de 180.000 bahts (5.027 euros), según estudios universitarios. Es un círculo vicioso: los agricultores piden préstamos para fertilizantes pero la cosecha esquilmada por la sequía y el derrumbe de precios les impide cancelarlos.

La deuda de San Sornnum ha trepado en los últimos diez años hasta los 100.000 bahts. Su devolución es utópica, admite. El arroz de jazmín que cultiva ha caído desde los 22 bahts (0,6 euros) por kilo a los 17 bahts (0,47 euros). “Y todo es más caro: la gasolina, la comida, el pienso, la paja…”, enumera San mientras alimenta a sus cuatro vacas.

San, con la piel cuarteada y los dedos deformados del que trabaja la tierra, añora aquellas subvenciones de 100.000 bahts (2.800 euros) anuales que cada campesino recibía con Thaksin. Hoy no superan los 7.200 bahts (201 euros).

Thaksin no se le puede negar el logro de colocar en el mapa político a millones de campesinos que siempre se habían sentido despreciados por las clases dirigentes de Bangkok. Todos los candidatos, en mayor o menor medida, prometen políticas que serían calificadas en Occidente como populistas. Palang Pracharat, el partido de los militares, ha anunciado dinero en efectivo a los 14,5 millones de tailandeses más necesitados y encadena inauguraciones de infraestructuras en la semana previa a los comicios. Esa subasta supone un riesgo nacional. El cortejo o compra de votos en Isán, según se mire, amenaza con disparar una deuda pública que ya alcanza el 49% de su PIB.

Pero en Isán recuerdan las décadas de promesas electorales que se llevó el viento. “Thaksin sí cumplió y se preocupó por nosotros, las ayudas de ahora son insuficientes”, señala. ¿Excitado por las elecciones y la llegada e la democracia?, pregunto. “Excitado porque vuelva Thaksin, le necesitamos en Isán”, responde.

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