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UNA DERIVA RADICAL

Viktor Orbán o como dilapidar una democracia

Desde su regreso al poder en 2010, el primer ministro húngaro se ha convertido en un líder islamófobo y autoritario cuyas reformas han socavado las libertades en Hungría

Carles Planas Bou

Viktor Orbán, el 10 de abril en Budapest, dos días después de ganar las elecciones legislativas de Hungría.

Viktor Orbán, el 10 de abril en Budapest, dos días después de ganar las elecciones legislativas de Hungría. / AFP / ATTILA KISBENEDEK

El 16 de junio de 1989, Viktor Orbán pudo divisar una Hungría a sus pies. Hasta 200.000 personas se habían reunido en Budapest para enterrar a Imre Nagy, primer ministro húngaro ejecutado en 1958 por los soviéticos, cuando un joven con pelo largo y barba rala lanzó un ferviente discurso anticomunista que supuso el inicio de su implacable carrera política.

Fundador del partido derechista Fidesz, Orbán se convirtió en un carismático líder cuya bandera era el conservadurismo cristiano y el chovinismo nacionalista. En 1998, con tan solo 35 años, se convirtió en el dirigente más joven de su generación. Corrupción, tics autoritarios y exaltación de los sentimientos irredentistas. Su primer mandato fue su primer mensaje de advertencia.

Tras años de vuelta a la oposición, su giro visceral y populista contra la inmigración y el gobierno socialista le catapultaron de nuevo al poder en el 2010. Esa sería la fórmula del éxito. La mayoría absoluta dio barra libre a un Orbán que transformó la Constitución a su antojo. Con toda la oposición en contra y sin ser sometida a referéndum, el Fidesz impuso un texto que blindó las medidas de su gobierno, limitó el poder de la justicia, marginó a los homosexuales del matrimonio y sentó las bases para prohibir el aborto. Hungría se pasaba a la extrema derecha.

Democracia iliberal

Para cimentar su modelo autocrático inspirado en la Rusia de Vladímir Putin con quien ha tendido puentes, Orbán señaló a la prensa. Los medios públicos quedaron en sus manos y, a través de la retirada de contratos publicitarios estatales, forzó a la bancarrota a los privados, que después fueron adquiridos por los suyos, construyendo un sistema mediático prácticamente monopolístico entregado a su control político.

Conocido en todo el continente como el padre de la nueva “democracia iliberal”, la llegada de cientos de miles de refugiados al continente en el 2015 se convirtió en un regalo para popularizar sus soflamas. Orbán respondió a las crisis humanitaria levantando una valla de 523 kilómetros en su frontera sur con Serbia y Croacia. “Tenemos el derecho de no querer vivir junto a comunidades musulmanas”, llegó a sentenciar.

Aúpado por la islamofobia

Para terminar de aplastar a su oposición, el año pasado los ultraconservadores aprobaron una ley que criminaliza la ayuda a los migrantes, un golpe a las organizaciones humanitarias, y modificaron de nuevo la Constitución para incluir la prohibición de reasentar a “población extranjera” en Hungría. La medida se conoce como la Ley Stop Soros, en relación al magnate estadounidense George Soros, a quien Orbán ha convertido en protagonista de teorías conspiranoicas sobre una supuesta islamización de Europa.

Las élites europeas, los musulmanes, los gays, la izquierda y los vagabundos son el nuevo enemigo. Orbán se ha metamorfoseado en un líder islamófobo y autoritario cuyas reformas han socavado las libertades en Hungría. Todo ello con la silenciosa connivencia de un Partido Popular Europeo (PPE) que, más allá de críticas puntuales, ha preferido mirar al otro lado. De amigo a paria.

El pasado 28 de diciembre el corazón de Budapest se despertó añorando su más simbólico monumento a la memoria. La estatua de Imre Nagy, emblema de la Hungría libre, había sido retirada. Casi 30 años después de aquel discurso, Orbán tiene al país a sus pies.