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El mundo de Steve Bannon

El que fue jefe de campaña y estratega de Trump lleva más de una década labrando el camino a la explosión del populismo nacionalista y xenófobo a los dos lados del océano

Idoya Noain

Steve Bannon.

Steve Bannon. / REUTERS / CARLO ALLEGRI

Cuando en octubre de 2015 fue descrito en el titular de un perfil como “el operativo político más peligroso de América” a Steve Bannon le quedaban aún diez meses para ponerse al frente de la campaña de Donald Trump. Para entonces, no obstante, estaba perfectamente asentada y clara toda la ideología de Bannon, así como su estrategia para lograr la victoria de su candidato y conseguir el mayor triunfo de la agenda populista, nacionalista, xenófoba, islamófoba y contra las instituciones. En definitiva, la llegada al Gobierno de la derecha más radical que llevaba años promulgando, la misma que ahora intenta potenciar en Europa.

¿Cómo acaba el hijo de una familia de demócratas prosindicatos, proKennedy, católicos irlandeses de clase trabajadora de Virginia convertido en el adalid de una llamada a destrozar “el estado administrativo” en Estados Unidos, a alinearse si no en motivaciones cuando menos en metas con Vladimir y Putin y propugnar “clavar la estaca en el vampiro” de Europa, para él “el corazón latente del proyecto globalista”?

Según su propia versión, hay que remontarse a sus años en la Marina, entre 1977 y 1985, cuando vio, en sus propias palabras, “cómo Jimmy Carter jodía las cosas”. En ese momento asegura que se volvió profundamente conservador. Pero la admiración a Ronald Reagan fue evolucionando. Sumó a su currículo masters en Seguridad Nacional y un MBA, trabajó para Goldman Sachs en Nueva York y luego fue a Hollywood, donde la suerte le acompañó más en los negocios que en su intento de dar el salto a lo creativo. Y en 2008, cuando regresó a EEUU de una aventura empresarial fallida en Asia, empezó a lanzarse frontalmente contra el ‘establishment’. “Vi que George Bush la había jodido tanto como Carter. Todo el país era un desastre”.

Era el momento del fenómeno Sarah Palin, la populista gobernadora de Alaska que John McCain elevó como candidata a vicepresidenta y que hizo a Bannon darse cuenta de que a los republicanos les faltaba el lenguaje para hablar con la base. Fue también el momento del estallido de la gran crisis. Bannon, tan apasionado de la historia militar y de la tragedia griega o de Shakespeare como de teorías conspiratorias o de racionalismo apocalíptico, puso a trabajar su arsenal, forjado en una biblioteca llena de tomos subrayados de controvertidos autores y pensadores como William Buckley, libertario católico supremacista que alertaba contra el multiculturalismo; Edmund Burke el irlandés del siglo XVIII que defendía el traspaso de valores de generación en generación frente a ideas “abstractas” como igualdad o justicia social; o Charles Maurras, el intelectual católico y padre de nacionalismo francés que sentó la base para la colaboración con los nazis.

Burda propaganda

Llegaron las películas de burda propaganda sobre personajes y temas de la nueva derecha populista, de Palin al Tea Party, trabajos como 'Generation Zero', un documental de 2010, donde da alas a la cuestionada teoría de un patrón de crisis cíclicas planteado en La cuarta vuelta por los historiadores aficionados William Strauss y Neil Howe, identificando la crisis del 2008 como un punto de inflexión para la sociedad de EEUU, que enfrenta el colapso por una generación decadente que ha olvidado los valores que hicieron América grande, algo que según él solo se puede recuperar volviendo a abrazar el nacionalismo blanco cristiano.

Convertido en voz de referencia en el circuito conservador, logró un altavoz masivo cuando en 2012 se hizo con el control editorial de 'Breitbart News', la plataforma de la llamada 'alt-right', la derecha más radical, a la que había conseguido llevar ya el dinero de Robert y Rebekah Mercer, donantes clave para causas afines al objetivo de “destruirlo todo”, de romper la sociedad para remodelar las piezas con su visión. Los supremacistas blancos acudieron en masa como polillas a la luz. De 11 millones de visitas mensuales únicas 'Breitbart' pasó a los 200 millones.

En la web, con un programa de radio o en conferencias como la que dio en 2011 en la Liberty Restoration Foundation o en 2014 en una videoconferencia en el Vaticano se deletrearon las bases del bannismo: refundar el capitalismo y reestructurar el orden global volviendo a los valores judeocristianos (blancos), librar una guerra –no metafórica- contra el islam, deshacer los logros de la Ilustración que según él elevaron al individuo sobre la nación y resucitar la apuesta única por el reforzado estado nación, recuperar la “soberanía” perdida frente al 'establishmen't institucional, político y mediático...

Entre bambalinas, el estratega Bannon, nunca lejos de los Mercer y su dinero, tramaba el asalto. Ayudó a hundir a los republicanos que podían haber propulsado la reforma bipartidista de las leyes de inmigración y la mató. Alimentó a los medios historias de corrupción a través del Goverment Accountability Institute. Ayudó a financiar y estuvo en un alto cargo en Cambridge Analytica, que puso a trabajar a ambos lados del Atlántico incubando movimientos políticos nacionalistas.

Limpiar la ciénaga

En 2013, en una reunión con Jeff Sessions y su asistente Stephen Miller, hoy aún personaje clave en la Casa Blanca de Trump, planteó que harían de la inmigración el tema central de las presidenciales de 2016 y del proteccionismo comercial el segundo (China es otra de sus obsesiones). Y ya en 2014 estaba probando la recepción a los mensajes que años después Trump haría ejes de su campaña, a la que el llegó como jefe en agosto de 2016 a instancias de los Mercer: limpiar la ciénaga, construir el muro, encarcelar a Hillary Clinton...

Años después Bannon explicaría su visión de por qué triunfaron. “Fue pura rabia. Rabia y miedo son lo que lleva a la gente a las urnas. Los demócratas no importan. La verdadera oposición son los medios. Y la forma de lidiar con ellos es llenarlo todo de mierda”.

Con él volvió al despacho oval el retrato del esclavista y cuasigenocida indígena Andrew Jackson, un presidente elegido por una masa de descontentos pero que Bannon reivindica como héroe de la clase obrera que luchó contra los bancos. En el primer discurso de Trump al Congreso logró rescatar no al Abraham Lincoln antiesclavista sino al nacionalista económico que advertía de que “el abandono de la política protectora del gobierno americano producirá necesidad y ruina entre nuestro pueblo”.

Su Frankestein acabó devorándole y después de que Trump lo expulsara de su cargo de estratega jefe en la Casa Blanca y 'Breitbart' de su junta directiva, Bannon se convirtió en una especie de paria político en EEUU, como quedó claro en las legislativas de noviembre o en la inusual declaración pública de los Mercer distanciándose de él. Pero perdura su legado antiglobalista, aislacionista y xenófobo. Resuenan (y encuentran eco en las filas radicales) sus apocalípticas advertencias machistas de que “el movimiento contra el patriarcado va a deshacer 10.000 años de historia”. Y ahora ha volcado sus esfuerzos en Europa, donde asegura estar trabajando para “construir democracia cristiana de vieja escuela”. Asegura que lo financia de su bolsillo (su fortuna está calculada en 50 millones de dólares -44 millones de euros-) y con “donantes europeos”. Se niega a identificarlos.