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PROTESTAS EN FRANCIA

Los 'chalecos amarillos' se juegan su futuro en un marzo crucial

El movimiento pierde fuelle ante la fragmentación, la violencia y la estrategia de diálogo de Macron

Las movilizaciones bajan de los 282.000 manifestantes de noviembre a los 40.000 actuales

Andrea López-Tomàs

Protesta de los chalecos amarillos en Lille, en el norte de Francia

Protesta de los chalecos amarillos en Lille, en el norte de Francia / Philippe Huguen (AFP)

La 16ª semana consecutiva de movilizaciones de los chalecos amarillos se vive con menos entusiasmo que nunca en el inicio de un mes de marzo decisivo para Francia y para su presidente, Emmanuel Macron. Casi 40.000 personas salieron a la calle este sábado en todo el país para manifestarse una semana más, según cifras del Ministerio del Interior, frente a los 282.000 manifestantes que tomaron Francia por primera vez hace casi cuatro meses. 

Las reivindicaciones, iniciadas el pasado 17 de noviembre por la subida de los precios del carburante, han perdido fuelle en las pasadas semanas. En el último aliento de un movimiento que Macron está logrando apaciguar públicamente con un proceso de diálogos con los franceses, los chalecos amarillos han llamado a la movilización masiva el próximo 16 de marzo en un intento de revitalizar el movimiento.

El presidente francés se apuntó un tanto en la guerra contra los chalecos cuando el pasado 15 de enero convocó el "gran debate nacional" que, con el objetivo de calmar la ira de los franceses, abrió procedimientos de reunión y participación ciudadana sin precedentes en la historia del país. Los chalecos amarillos han seguido saliendo a la calle cada semana aunque las cifras de manifestantes han ido disminuyendo. 

Amarillo desgastado

Sus chalecos se han ido destiñendo debido a la falta de concreción de sus demandas, su violencia y agresividad y el aglutinamiento de ideologías casi contrarias bajo el mismo color flúor. Las polémicas antisemitas que han azotado al país también han salpicado a este movimiento que, cada vez más, se aleja de la población francesa.

El movimiento ciudadano, desligado de sindicatos y formaciones políticas, explotó con la subida de los precios del carburante pero, en definitiva, fue una reacción a las políticas sociales y 

Más de 30 millones de euros en pérdidas y 8.400 detenciones son el resultado de las movilizaciones

económicas de Macron, acusado de ser el 'presidente de los ricos'. En noviembre, los chalecos amarillos se alzaron como el altavoz del pueblo francés pero ese concepto queda hoy muy lejos. 

La repetida violencia hacia periodistas y policías y los enfrentamientos con camioneros que se han cobrado varias vidas han hecho perder legitimidad a las demandas de los chalecos amarillos. Además, se estiman pérdidas de más de 30 millones de euros en todo el país, la mitad de ellos en París, desde el inicio del conflicto y un total de 8.400 detenciones en estos meses.  

Deriva política

Por otro lado, la falta de jerarquía en un movimiento sin claros líderes ha facilitado el dominio de una minoría con una narrativa radical que roza el extremismo. Poco tiempo tardó la líder del partido de ultraderecha, Marine Le Pen, en usar el clima de inestabilidad y violencia en las calles para atacar al actual presidente. 

"En el contexto de la sana revuelta de los chalecos amarillos, estas elecciones serán la ocasión de resolver la crisis política nacida de la ceguera, la intransigencia y el desprecio de clase, de la expoliación fiscal y de la desconexión humana de un presidente molesto por sus actitudes, preocupante por sus comportamientos, incompetente en sus funciones", afirmó Le Pen en su acto de presentación para las elecciones europeas a principios de enero. 

Los intentos de internacionalización de la causa también han fracasado e incluso tuvieron que ver con la peor crisis diplomática entre Francia e Italia desde la segunda guerra mundial. El apoyo entusiasta del Gobierno italiano a los chalecos amarillos agotó la paciencia de Macron y el Ejecutivo francés mandó un comunicado a principios de febrero advirtiendo de que no iba a admitir injerencias en los asuntos domésticos

Menos apoyos 

Más de la mitad de la opinión pública francesa –el 56% según un sondeo reciente del Instituto Elabe- consideran necesario abandonar el ritual de movilizaciones semanales. Esas primeras demandas de mayor justicia fiscal o una mejora del poder adquisitivo siguen recibiendo el apoyo de la población francesa –un 58% cree en estas reivindicaciones-, pero las pérdidas millonarias y la violencia que se repite cada semana quitan lustro al movimiento.

La nueva deriva política de los chalecos amarillos reclama la supresión del Senado o el referéndum de iniciativa ciudadana. El anuncio de una posible candidatura en las elecciones europeas del próximo mayo hizo sonar las alarmas sobre el futuro del movimiento, caracterizado inicialmente por las frustraciones económicas y la desconfianza hacia las élites políticas y mediáticas.   

Los partidarios de dar el siguiente paso y organizarse políticamente se toparon con las críticas de aquellos miembros del movimiento que defendían el carácter social y de calle que lo ha caracterizado. La heterogeneidad en sus filas y en los diferentes territorios refleja la clara división sociológica y geográfica que caracteriza a Francia en la actualidad. 

Marzo decisivo

El “gran debate nacional” iniciado por el presidente francés el pasado 15 de enero ha supuesto una interacción entre el Gobierno y el pueblo francés sin precedentes. Durante dos meses, Macron ha intentado calmar la ira de los franceses mediante la recopilación de quejas. El resultado: unas 10.000 reuniones en Francia y más de un millón de contribuciones en Internet.

El gran debate nacional ha generado 10.000 reuniones y un millón de aportaciones en Internet

"Tenemos que mantener la presión hasta el final del gran debate para que el Gobierno nos haga el menor daño posible", afirmó el sábado el manifestante Olivier Barba en la ciudad de Lille. Los chalecos amarillos exigen una amplia movilización de la población francesa el próximo 16 de marzo que marca el fin del gran debate nacional de Macron y el cuarto mes de protestas. 

"El movimiento no se detendrá hasta que el Ejecutivo se de por vencido. No nos dejan otra opción, no nos están escuchando", declaró Karine. una asistenta materna en los suburbios de Burdeos, a AFP en las manifestaciones del sábado. Las demandas frente a la desigualdad social y fiscal en el estado francés siguen en boca de los manifestantes aunque, al final, son los actos vandálicos y las voces radicales a quienes se les dedican titulares y discursos.