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TERREMOTO EN WASHINGTON

Trump, disparado hacia la autocracia tras la dimisión de Mattis

El adiós del secretario de Defensa consuma la remodelación de un gabinete sin voces que le cuestionen

Las primeras fracturas en la coalición que le llevó a la Casa Blanca intensifican su volatilidad

Idoya Noain

El secretario de Defensa, James Mattis, junto al presidente de EEUU, Donald Trump, el pasado octubre.

El secretario de Defensa, James Mattis, junto al presidente de EEUU, Donald Trump, el pasado octubre. / REUTERS

Cuando Jim Mattis compareció ante el Senado para ser confirmado como secretario de Defensa de Donald Trump declaró: “Si alguna vez pienso que algo es inmoral, al día siguiente estaré de vuelta pescando en el río Columbia”. Era una metáfora y Mattis no ha pescado este viernes pero Trump sí ha rebasado los límites de lo moralmente aceptable para el reputado general retirado de cuatro estrellas. El jueves presentó su dimisión, que hará efectiva el 28 de febrero. Lo que late tras la enésima baja en la Administración más tumultuosa y caótica de la historia reciente dispara múltiples alertas, en Estados Unidos y en la comunidad global, sobre la deriva de la presidencia de Trump.

La gota que ha colmado el vaso saturado de la paciencia moral de Mattis ha sido la abrupta decisión de Trump de retirar todas las tropas de Siria contra el consejo de todos sus asesores militares y de seguridad nacional, un repliegue que abandona a su suerte a los kurdos y abre espacios de poder a Rusia e Irán y al que se suma la decisión de retirar la mitad de las tropas de Afganistán.

No es la primera vez que Trump actúa impulsivamente, desoyendo a sus asesores, sin parecer entender las consecuencias de sus acciones, provocando terremotos globales a golpe de tuit. Pero la carta de dimisión de Mattis señala problemas de fondo. Habla de un presidente que no comparte su creencia en la trascendencia de “mantener alianzas fuertes y mostrar respeto a aliados”, o en la necesidad de ser “decididos y nada ambiguos” con China y Rusia, o de tener una “visión clara” frente a “actores malignos” como el Estado Islámico.

Un equipo a medida

El adiós de Mattis representa la salida del último de los generales de los que Trump se había rodeado y presumía en sus primeros dos años de mandato, una lista de la que también formaron parte H. R. McMaster y John Kelly. Con otras dimisiones y despidos que se han producido por diferencias políticas e ideológicas, fobias personales y luchas entre corrientes de poder en la Casa Blanca, abre el último espacio que quedaba para que Trump quede rodeado solo por aliados, gente dispuesta a no llevar la contraria a un presidente que ha demostrado no reconocer más autoridad que la suya. Y acerca el escenario en que no quedará ninguna barrera del 'establishment' tradicional para que el mandatario aplique totalmente su política aislacionista de “América Primero”.

Según analistas políticos como Thomas Wright, la reestructuración del gabinete, intensificada tras las legislativas de noviembre, parte de “una estrategia deliberada para maximizar su libertad para operar”. Se explica en parte por la realidad que enfrentará a partir de enero, con los demócratas en control de la Cámara baja, capaces no solo de reforzar la oposición política sino también de añadir la presión de nuevas investigaciones a las que ya le asedian, especialmente la del fiscal especial Robert Mueller sobre el 'Rusiagate'.

Volatilidad disparada

Ese horizonte inmediato ya ha disparado la volatilidad de Trump. Hasta 'The Wall Street Journal', que suele apoyarle y ha aplaudido lo que define como “alteraciones del statu quo”, ha escrito un editorial denunciando que está satisfaciendo “sus peores impulsos”, actuando como “un toro salvaje” y “elevando los riesgos políticos para él y para los intereses de EEUU”.

Esa volatilidad se explica también porque Trump ha visto las primeras muestras serias de fracturas dentro de la coalición que le llevó a la Casa Blanca. Congresistas republicanos que durante dos años han mantenido silencio sobre sus crisis políticas y personales han empezado a romper filas. La semana pasada le desafiaron en el Senado por su permisiva actitud con Arabia Saudí y el príncipe Mohammed Bin Salman ante el asesinato de Jamal Khashoggi. Y la dimisión de Mattis ha llevado incluso al líder republicano en el Senado, Mitch McConell, a cuestionar su visión de liderazgo global. “Es esencial que EEUU mantenga y refuerce las alianzas que siguieron a la segunda guerra mundial que han construido cuidadosamente líderes de los dos partidos”, ha recordado. “Debemos mantener una comprensión precisa de nuestros amigos y enemigos y reconocer que naciones como Rusia están entre los segundos”.

Presionado por los más radicales

Trump también siente presión de las bases más radicales y del ala más conservadora del partido. Esta semana había recibido de ellos duras críticas  por lo que consideran su “cobardía” y “falta de agallas” por haber dado señales de que accedería a firmar un presupuesto temporal aunque no incluyera los 5.000 millones de dólares que reclama para el muro fronterizo con México.

Según un relato construido por 'The Washington Post' con 27 entrevistas, el presidente el jueves “entró en barrena”, actuó de forma “totalmente irracional” y se puso “loco” por las críticas que estaba viendo en los medios, tanto por sus decisiones militares, por una parte, como por la concesión presupuestaria, por otra. Está convencido de que si cede en el tema del muro los votantes les van a “machacar” en el 2020 y piensa que si, en cambio, se muestra implacable, aunque eso provoque un cierre parcial del Gobierno, las bases lo recordarán como prueba de su “temple”.

Horas antes de que el potencial cierre comenzara a la medianoche, Trump aseguraba que están "totalmente preparados para un cierre muy largo”. Suspendía sus planes de viaje a Mar-a-Lago. El país, una vez más, se asomaba a la disfuncionalidad.