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TRAS EL G-20

Tregua en la guerra comercial entre EEUU y China

Washington mantendrá los aranceles en el 10% temporalmente, pero los subirá al 25% si no se llega a un acuerdo en 90 días

Ricardo Mir de Francia

Trump durante un encuentro con la delegación china en el G-20, en Buenos Aires. 

Trump durante un encuentro con la delegación china en el G-20, en Buenos Aires.  / REUTERS / KEVIN LAMARQUE

Las dos principales economías del mundo se han dado un respiro en la guerra comercial que mantienen desde el pasado verano, un peligroso pulso que ha empezado a carcomer el crecimiento de la economía mundial. Estados Unidos se ha comprometido a aplazar durante 90 días el aumento de los aranceles sobre 200.000 millones de dólares en importaciones chinas a cambio de un compromiso por parte de Pekín de incrementar la compra de materias primas y manufacturas estadounidenses.

La tregua se pactó durante la cena que mantuvieron las delegaciones de ambos países, presididas por los presidentes Donald Trump y Xi Jinping, al término de la cumbre del G-20 en Argentina. Un brindis que sirve para ganar tiempo y dar una nueva oportunidad a las negociaciones.

La guerra comercial es seguramente el primer choque de envergadura en la disputa por la hegemonía mundial que libran las dos grandes superpotencias del siglo XXI. Desde 1980 la economía china ha doblado su tamaño cada siete años y todas las predicciones apuntan que en las próximas décadas superará con creces las dimensiones de la estadounidense. De hecho, según varios indicadores, ya lo habría hecho.

El gigante asiático es el mayor productor mundial de barcos, acero, aluminio, teléfonos móviles, ordenadores, textiles o coches. Tiene también más multimillonarios que EE UU, la red de trenes de alta velocidad más larga del mundo y de sus universidades salen anualmente el cuádruple de graduados de los que produce su rival norteamericano.

Gendarme del mundo

Ese espectacular impulso interno se combina con una política geoeconómica fuera de sus fronteras que está transformando medio planeta. Mientras Washington mantiene su papel de gendarme del mundo, quemando recursos en conflictos desperdigados por el planeta, Pekín construye presas, minas, plantas eléctricas y carreteras. La inversión en la ‘Nueva Ruta de la Seda’ anunciada por Xi en 2013 para unir con un masivo programa de infraestructuras 65 países de Asia, Europa y el Norte de África equivale a 12 planes Marshall, según el inversor y economista, Stephen Jen.

Washington ha dejado de ignorar la inapelable realidad. Barack Obama trató de redirigir la atención de la política estadounidense hacia el Pacífico para contrarrestar el ascenso chino en su propia esfera de influencia, pero su pivote asiático dio unos resultados cuestionables. En nada ayudó la decisión de Donald Trump de dinamitar la estrategia de su predecesor con la ruptura del tratado de libre comercio del Pacífico cuando ya estaba firmado. El republicano ha adoptado una postura mucho más beligerante para tratar de reequilibrar la relación comercial deficitaria para su país y acabar con las malas artes chinas, desde el robo de propiedad intelectual a las transferencias forzadas de tecnología.

“Solo hay dos tipos de grandes empresas en EE UU. Las que han sido pirateadas por los chinos y las que todavía no saben que han sido pirateadas por los chinos”, dijo en 2014 el entonces jefe del FBI, James Comey. Todos esos asuntos, sumados a las barreras no arancelarias a la entrada de empresas estadounidenses en el mercado chino, se abordarán en la nueva ronda de negociaciones pactada en Buenos Aires, según la Casa Blanca. Por el momento, Trump se ha conformado con el compromiso chino de aumentar “muy substancialmente” la compra de productos agrícolas, industriales y energéticos estadounidenses, aunque no se ha hecho pública ninguna cifra.

Industrias sensibles

La pistola sigue cargada y la Casa Blanca ha puesto plazo a las negociaciones: el 1 de marzo. Si no hay acuerdo, los aranceles impuestos sobre 200.000 millones de dólares en importaciones chinas pasarán del 10% al 25%. Es solo una parte de los bienes sancionados hasta la fecha porque antes se gravó un paquete valorado en 50.000 millones. China ha respondido con aranceles sobre 110.000 millones, que golpean a industrias políticamente sensibles. Y podría no acabar ahí la cosa porque Trump ha amenazado con tasar el resto de las importaciones chinas, otros 267.000 millones.

El resto del mundo asiste con inquietud a los cañonazos arancelarios. El Fondo Monetario Internacional predice que si la guerra se mantiene en los términos actuales se comerá casi un punto del PIB mundial en 2020. Pero todavía más importante será ver cómo se resuelve la crisis. Servirá para determinar si ambos países son capaces de cooperar en un mundo bipolar o si se avanzará irremediablemente hacia un conflicto abierto entre la superpotencia que se resiste a perder la hegemonía y el país que reclama su momento en la historia.