Ir a contenido

FLUJO MIGRATORIO

Los haitianos se conforman con el 'sueño mexicano'

Unos 3.000 migrantes del país antillano llevan dos años varados en Tijuana, donde ya han formado una 'Little Haití'

En el peligroso tránsito por 11 países para llegar a EEUU, muchos mueren ante la impotente mirada de sus compatriotas

Aitor Sáez

Un grupo de haitianos en uno de los edificios que habitan en el centro de Tijuana.

Un grupo de haitianos en uno de los edificios que habitan en el centro de Tijuana. / AITOR SÁEZ

De dos a siete meses de recorrido a través de 11 países, desde Brasil hasta México, cruzando las selvas más peligrosas del planeta. Ese es el recorrido de los miles de haitianos que pretenden alcanzar Estados Unidos. Muchos mueren ante la impotente mirada de sus compatriotas. "El camino es muy difícil, cuesta mucho trabajo. Hay muchos que están muriendo, muchas madres con niños, animales salvajes. Y nosotros no podemos ayudarlos. El que se queda, se queda", lamenta Pascal Ustin en un esforzado castellano.

El joven haitiano vivió para contarlo en un libro titulado Sobreviviendo. Ciudadanos del mundo que carga siempre, orgulloso, en su bandolera. Sin embargo, lo logró demasiado tarde. Al llegar a la frontera de Tijuana en octubre del 2016, la Administración de Barack Obama acababa de retirar la protección temporal para haitianos, activada desde el terremoto que arrasó la isla en el 2010.

Desde entonces, unos 3.000 haitianos siguen varados en la ciudad fronteriza. La posibilidad de obtener asilo en Estados Unidos es escasa y arriesgarse por esa vía puede suponer la deportación tras varios meses en prisión: 1.800 haitianos han sido devueltos a su país de origen y 4.400 permanecían detenidos a mediados del pasado año.

Durante meses, los migrantes durmieron y deambularon por las calles de Tijuana hasta que recibieron ayuda de varias iglesias. "Se crearon una treintena de albergues. Esta crisis fue una experiencia para la ciudad, que ha tenido que afrontar nuevas oleadas de migrantes", afirma el pastor Gustavo Banda, un mesías para los haitianos. En su parroquia aloja a unos 50 jóvenes que duermen hacinados en colchonetas y construyó una decena de casas para algunas familias. Otros 700 viven en casuchas y chabolas de madera y chapa de esa humilde barriada conocida ahora por Little Haití, como se lee en un letrero en la entrada.

Resolver la emergencia

"Nosotros fuimos la embajada de Haití en México todo el tiempo. Tramitamos más de 5.000 solicitudes de asilo”, explica el pastor antes de entonar unos eufóricos cánticos con sus hermanos haitianos que como cada domingo se congregan en esta iglesia a las afueras de la urbe.

El Gobierno mexicano alivió la emergencia con la entrega de 4.500 visados humanitarios, permitiendo a otras tantas personas acceder sobre todo a empleos en la construcción y la industria manufacturera. El grueso de la comunidad se concentra en la céntrica Zona Norte, donde algunos han abierto comedores y peluquerías.

"Ellos venían a trabajar, no como los hondureños, que son groseros, malagradecidos", exclama un manifestante en una protesta contra la caravana de centroamericanos. Al comienzo también los haitianos sufrieron rechazo. "Muchísima gente se quejaba mucho, porque se preguntaban cómo un migrante podía tener un móvil tan caro, un par de zapatillas... Nos gritaban negros", cuenta Pascal.

Sin embargo, su rápida integración en la sociedad propició su aceptación entre la población tijuanense. "Con los haitianos el Gobierno aceleró la emisión de visas para regularizar su situación. Pero con los centroamericanos el Instituto Migratorio no ha estado presente", explica a EL PERIÓDICO el portavoz de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), Édgar Corzo.

Sin oportunidades

Pese a la favorable acogida de los haitianos, la mayoría de ellos cuenta con trabajos precarios. "México es muy hermosa. Pero cobro 4.800 pesos (unos 240 euros) al mes. No es suficiente para poder vivir y enviarle algo a mi familia", asegura el haitiano Deliluz McKenson, de barba recortada y gafas de pasta estilo hipster. Su arraigó en el país es tal que tiene una pareja mexicana, pero aun así su meta todavía es la de obtener asilo en Estados Unidos: "México no da tanta oportunidad de salir adelante. Quiero conseguir la documentación para cruzar la frontera de manera legal".

Los costos para realizar cualquier trámite se vuelven un calvario ante esos sueldos tan bajos. “Ahora empezamos a tener documentos, pero se nos hace difícil pagarlo. Muchos de nosotros no tenemos buen trabajo, el dinero no rinde"”, se queja Timoté Jecsel, otro de los feligreses haitianos. Su mujer cuida a varios de los niños que corretean entre las sillas. "Saben que con mujer e hijos tienen más opciones de recibir asilo, por eso muchos buscan pareja entre ellos en cuanto llegan aquí", detalla el pastor.

Para otros, no vale la pena asumir el riesgo a ser deportado en caso de rechazar la solicitud de asilo. "Sería como empezar de cero. No me atrevo a sobrevivir otra vez al camino", asegura con una mueca nerviosa Pascal con su libro en la mano: "Aquí ya me estoy haciendo un nombre, sigo un camino importante. No creo que eche a perder todo por cruzar a Estados Unidos. Ya estoy bien aquí, cumpliendo el sueño mexicano".