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La trágica muerte de un migrante guatemalteco en el desierto de Arizona

Misael Paiz, de 25 años, fallece por un golpe de calor tras recorrer más de 3.000 kilómetros

Cada año, cientos de migrantes mueren tratando de cruzar a Estados Unidos desde México y miles más necesitan ser rescatados

Andrew Hay y Lucy Nicholson (Reuters)

El cuerpo de Misael Paiz en el lugar del desierto de Sonora en el que se desplomó cuando intentaba entrar en EEUU.

El cuerpo de Misael Paiz en el lugar del desierto de Sonora en el que se desplomó cuando intentaba entrar en EEUU. / LUCY NICHOLSON (REUTERS)

La llamada de emergencia al 911 llegó a la estación de Tucson de la Patrulla Fronteriza de EEUU alrededor de la medianoche. La voz de Joselino Gómez Esteban resonó a través de un viejo teléfono móvil en algún lugar del desierto de Sonora en Arizona, la última etapa de una migración de 3.218 kilómetros desde Guatemala. Gómez dijo que estaba perdido. Necesitaba ayuda. Su sobrino se había derrumbado, no daba señales de vida.

Cada año, cientos de migrantes mueren tratando de cruzar a Estados Unidos desde México. Miles más necesitan ser rescatados. La Patrulla Fronteriza registró 294 muertes en el 2017, el último año sobre el que hay datos disponibles. Pero los expertos creen que la cifra real es mucho mayor. Algunos de los que mueren nunca son encontrados.

Una cuarta parte de esas muertes conocidas, 72 personas, tuvieron lugar en el área fronteriza de Tucson, donde las temperaturas de verano pueden superar los 40 grados centígrados. Entre octubre del 2017 y octubre del 2018, la Patrulla Fronteriza de Tucson realizó 923 operaciones de rescate, un 22% más respecto al año anterior, según un funcionario de la agencia.

Rescate imposible

Encontrar a Gómez, de 43 años, y a su sobrino, Misael Paiz, de 25, sería difícil. El teléfono móvil que usó Gómez no proporcionó sus coordenadas GPS. El uso de las torres de telefonía que transmitieron la llamada de emergencia al 911 no ayudó demasiado; la señal había rebotado en torres de hasta 161 kilómetros de distancia.

Con su sede central en un moderno edificio de ladrillo marrón de dos pisos, la delegación de la Patrulla Fronteriza de Tucson es responsable de 679 kilómetros de extensos desiertos, cañones y colinas cubiertas de cactus. Gómez y Paiz podrían haber estado en cualquier parte de este territorio. Los agentes ni siquiera estaban seguros de si estaban en el lado estadounidense de la frontera.

La delegación cuenta con una plantilla de 4.200 empleados, respaldados por helicópteros y drones desarmados, con tecnología que va desde sensores de movimiento e imágenes hasta cámaras capaces de detectar migrantes a una distancia de 11 kilómetros. Es una de las delegaciones más ocupadas de la frontera por los arrestos y rescates de inmigrantes ilegales, así como las incautaciones de marihuana. Más de dos veces al día, de promedio, los agentes lanzan misiones de rescate.

"Día tras día"

Las muertes provienen principalmente de un golpe de calor en verano, o hipotermia en invierno. Los muertos son llevados a las despendencias del médico forense en el condado de Pima.

"Lo vemos día tras día", dijo Greg Hess, jefe de médicos forenses en el condado. A veces solo los huesos se recuperan; A veces las identificaciones son imposibles. Cuando pueden, la oficina organiza la devolución de los restos a los familiares en su hogar.

Dos semanas antes, Gómez y Paiz habían salido de Aguacate, una luchadora ciudad agrícola guatemalteca de 1.500  habitantes cerca de la frontera con México. Este reportaje se basa en más de dos docenas de entrevistas con miembros de la familia, funcionarios del Gobierno, agentes de la patrulla fronteriza y trabajadores de derechos humanos.

Sin trabajo

Paiz, chef de restaurante que había trabajado en México, esperaba encontrar trabajo en Estados Unidos y enviar dinero a casa. Su tío, Gómez, planeaba reencontrarse con su esposa y sus tres hijos en Carolina del Sur. Había sido deportado dos años antes y lo había intentado y había fallado tres veces desde que regresó. Este era su cuarto intento.

"La familia se está desintegrando porque no tenemos trabajo aquí", explica el padre de Paiz, Miguel Domingo Paiz, de 59 años.

Miguel Domingo sabe que irse en busca de un futuro mejor es una apuesta de vida o muerte. Su hijo mayor, Ovidio, fue asesinado a tiros en México el año pasado tras mudarse allí para buscar trabajo.

En los últimos años, el número de guatemaltecos atrapados cruzando ilegalmente a Estados Unidos ha aumentado constantemente de 57.000 en el 2015 a casi 117.000 en el 2018, y solo se supera con los arrestos de mexicanos. Las cifras, dicen los expertos, reflejan una mayor disposición entre los guatemaltecos para enfrentar los peligros de la migración para escapar de la violencia, la pobreza y la agitación política.

Paiz le dijo a su hermano gemelo, Gaspar, que hizo un pago inicial de 500 dólares a un contrabandista, conocido como 'Coyote', quien prometió ayudarle a pasar la frontera. Si lo conseguía, debía pagarle 5.500 dólares más.

"Pronto será mi turno"

Después de dirigirse a la ciudad mexicana de Sasabe, en la frontera de Arizona, Paiz y Gómez esperaron 12 días su turno para encontrarse con un guía, según sus familiares.

En una de sus últimas conversaciones telefónicas, Paiz le dijo a su padre: "Pronto será mi turno".

Después de cruzar y caminar durante unas seis horas, Paiz comenzó a quejarse de un fuerte dolor de cabeza. Se derrumbó junto a una pista de tierra llamada Cemetery Road.

El guía mojó con agua la cabeza de Paiz. Cuando eso no ayudó, el guía se marchó con otros tres inmigrantes del grupo. Gómez se quedó con su sobrino.

Los esfuerzos de Gómez por revivir a su sobrino fracasaron. Llamó a familiares en Aguacate y le dijo a la madre de Paiz que rezara. Luego, sabiendo que significaría otro intento fallido de reunirse con su familia, Gómez realizó la llamada al 911.

Con la primera luz del día, el 10 de septiembre, los helicópteros lanzados por la Agencia de Aduanas y Protección Fronteriza de EE UU y el Condado de Pima comenzaron a rastrear las rutas conocidas de migrantes en el área. Una unidad médica de élite de la Patrulla Fronteriza se estableció en el desierto.

Siguiendo las instrucciones del 911, Gómez encendió un fuego con la esperanza de que pudiera guiar a los rescatistas. Pero no consiguió que hiciera mucho humo.

No fue hasta las 1.30 horas de la tarde cuando los agentes se enteraron de que un ranchero había pasado junto a los dos hombres.

Agentes de la Patrulla Fronteriza transportan el cadáver de Paiz. / LUCY NICHOLSON (REUTERS)

Poco después, los agentes de la Patrulla Fronteriza llegaron al lugar y pusieron a Gómez bajo custodia. Se llevaron a Paiz en una bolsa negra.

Cadáver trasladado a Guatemala

El médico forense del condado de Pima determinaría más tarde que Paiz sucumbió a un golpe de calor. Siete semanas después de su muerte, el cuerpo de Paiz fue trasladado en avión a Guatemala, un viaje pagado por el Gobierno de este país. Su ataúd llegó junto a otra media docena, todos con restos de inmigrantes guatemaltecos. Una ambulancia de la Cruz Roja transportó el cuerpo de Paiz en un viaje de 12 horas por carretera desde la capital hasta Aguacate. Su familia lo siguió en un autobús.

"Siempre jugábamos juntos. Íbamos juntos a las montañas a recolectar madera", explica Gaspar, su gemelo. "Discutimos cuál de nosotros iría a Estados Unidos y decidimos que sería Misael".

En Aguacate, unas 250 personas recibieron a la ambulancia que transportaba el cuerpo de Paiz. Permanecían con el barro hasta los tobillos y en medio de una lluvia torrencial mientras ocho hombres levantaban su ataúd y lo llevaban a la casa de la familia.

Durante horas, la madre, los hermanos y las hermanas de Paiz lloraron mientras otros cantaban en una habitación iluminada por una única bombilla eléctrica que colgaba del techo.

Familiares de Misael Paix lloran su pérdida durante el funeral en Aguacate. / LUCY NICHOLSON (REUTERS)

A la mañana siguiente, una banda tocó música de marimba junto al ataúd en la casa de la familia de Paiz. Una mujer cocinaba una olla de estofado en una estufa de leña.

Paiz fue enterrado esa tarde en una tumba en una ladera, al lado de su hermano mayor Ovidio.