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EL DRAMA MIGRATORIO

La iglesia católica asume la ayuda a los migrantes hondureños en México

En la capital se les acogerá en al Basílica de Guadalupe y serán repartidos en otras parroquias

El padre Solalinde, que trabaja con López Obrador, culpa a los "gobiernos peleles" de la crisis

Idoya Noain

Un joven de la caravana reza en una ceremonia religiosa antes de llegar al puente fronterizo de Tecun Uman, Guatemala, este domingo.

Un joven de la caravana reza en una ceremonia religiosa antes de llegar al puente fronterizo de Tecun Uman, Guatemala, este domingo. / EFE / ESTEBAN BIBA

Los migrantes hondureños y centroamericanos que llevan su éxodo por las carreteras y pueblos de México rumbo a Estados Unidos dicen a menudo que confían en Dios para que les de “fuerza en el camino”. También, para lo que sería un auténtico milagro, “que ablande el corazón a Donald Trump”. De momento, lo que han conseguido es que alguien en la tierra escuche sus plegarias y les ayude.

Este domingo, en el parque central de San Pedro Tapanatepec, la localidad de Oaxaca donde la caravana llegó el sábado tras una jornada brutal, se ha anunciado que la iglesia católica, o al menos algunos de sus sacerdotes más implicados en la defensa de los inmigrantes, tomará el liderazgo para ayudar a estos en su camino. Si en Chiapas fueron las municipalidades las que dieron un paso al frente, en Oaxaca es la Iglesia.

Los inmigrantes tendrán que seguir aún a pie o consiguiendo “jaloncitos” en vehículos para recorrer los 117 kilómetros que les separan de Ixtepec, pero desde allí se intentará llevar al máximo número posible hasta Ciudad de México en autobús. Una vez en la capital, se les tratará de acoger en la Basílica de Guadalupe y repartirlos también en otras parroquias y espacios de acogida de la ciudad. La idea es que esperen allí y puedan negociar con el Gobierno mexicano para que amplíe la oferta de Enrique Peña Nieto y les de posibilidad de quedarse no solo en Oaxaca y Chiapas sino en todo el país.

Un líder icónico

“La finalidad no es dividirlos sino darles mejor atención integral, cada dos o tres días se podrán juntar en lugar común para poder seguir poniéndose de acuerdo”, explicaba el sábado a las puertas de la iglesia de San Pedro Apóstol el padre Alejandro Solalinde, una auténtica institución en México, que empieza a cobrar forma como líder de una caravana que hasta ahora se movía como un ente casi acéfalo.

Fundador del albergue Nuestros Hermanos en el camino de Ixtepec, Solalinde lleva décadas trabajando en los derechos humanos y es una de las figuras que tomó el liderazgo en el trabajo a favor de los inmigrantes mientras la jerarquía de la iglesia católica mexicana evitaba involucrarse. Ahora es un estrecho colaborador de Manuel López Obrador y será una de las personas que intentará sacar adelante el “plan integral” esbozado por el presidente electo, que tomará el poder en diciembre, y que intentar crear una zona de desarrollo regional y ayudar a los inmigrantes tanto en sus lugares de origen como en los de tránsito y destino.

Solalinde no se muerde la lengua. Asegura que “el origen de esta crisis migratoria es el sistema capitalista neoliberal, que falló”, pero también ve culpa y responsabilidad en “gobiernos peleles e impuestos como el de Juan Orlando (Hernández, en Honduras) y el gobierno que está saliendo de México”, el de Peña Nieto. “No se preocupan por el desarrollo, han fallado los derechos humanos, y así no se puede”, dice, antes de llamar también “pelele” a Trump.

Una jornada brutal

Junto a él, como perfecta imagen del “dolor” del que habla cuando describe el éxodo, una mujer con claros signos de agotamiento tumbada en el suelo amamanta a su bebé mientras otro pequeño dormita. Eran solo unas de las víctimas del cansancio de una jornada brutal, en la que los migrantes recorrieron menos kilómetros que otros días (47) pero viéndose forzados a hacerlo bajo un sol abrasador por un parón de varias horas de la policía federal y de las autoridades inmigración. En el puesto de atención médica se agotaron las pomadas para las quemaduras.

Hasta uno de esos puestos se acercó el sábado una embarazada de 33 años con dolores y tuvo que ser trasladada al hospital local. Corre riesgo de que se le adelante el parto pero, pese a las recomendaciones médicas, ha decidido seguir. Y no es la única gestante empeñada en llegar a EEUU.

Pagar unos pesos

La hondureña Evelyn Martínez, de 25 años y embarazada de seis meses de su segundo hijo, tuvo una amenaza de aborto en Guatemala. “Me asusté pero con el descanso de ese día y la medicina seguí caminando”, contaba, explicando que parte del viaje lo hace confiando en la ayuda de conductores y, cuando esta no llega, pagando unos pesos para evitar “la caminada”. “Me veo con fuerzas”, decía. “Y mejor si llego a Estados Unidos con el estómago más grande. Igual así me dejan pasar más”.

Es algo que también piensa Nidya Pérez Cruz, de 20 años y embarazada de siete meses, a la que su esposo intentó sin éxito convencer de que no le acompañara y se quedara en San Pedro Sula por lo “riesgoso” del camino. No se siente mal, más allá del dolor de pies. Y va a seguir. “Ojalá el bebé no nazca antes de que llegue”, dice la joven. “Con la ayuda de Dios”.