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EL PERIÓDICO, EN LA CARAVANA DE INMIGRANTES

Nómadas de la desesperación y de la esperanza

El Periódico acompaña durante tres días a la columna de hondureños que avanzan por México hacia EEUU

El camino es duro; los retos, múltiples, y el empeño tan firme como una idea: "Buscar una vida mejor no es ilegal"

Idoya Noain

Un momento de descanso de un grupo de hondureños de la caravana de migrantes.

Un momento de descanso de un grupo de hondureños de la caravana de migrantes. / REUTERS / CARLOS GARCÍA RAWLINS

Es viernes por la tarde y no queda un hueco libre en el suelo del parque Central de Arriaga, ni en las aceras de multitud de calles, en los soportales... Es lo mismo que pasó el día anterior en Pijijiapan, y el anterior en Mapastepec, y el anterior en Huixtla. La piedra desnuda o solo cubierta por plásticos y cartones convertida en colchón o en cuna; el cielo, en techo; la calle, en hogar. Aunque sea solo de paso.

Es sábado de temprana madrugada y todo el lado derecho de la carretera 200 se va llenando de hombres, mujeres y niños, los más pequeños cargados en brazos o empujados en sus silletas. Aparecen de repente como sombras cuando les iluminan los focos de coches y camionetas donde se han subido otros que, con más dinero o más suerte, han conseguido ahorrarse "la caminada", para muchos lo peor del viaje. Dan a pie los últimos pasos por la costa de Chiapas, rumbo a San Pedro Tapanatepec, en Oaxaca. Es solo una etapa más.

Meta a 3000 kilómetros

La meta para la mayoría de los integrantes de la caravana de migrantes que salió hace un par de semanas de Honduras y recorre ahora con la fuerza de varios miles de almas México está lejos, más de 3.000 kilómetros al norte, en unos Estados Unidos donde el presidente, Donald Trump, amenaza con cerrar su frontera sur. Pero ni las noticias desde allí ni la oferta realizada el viernes por el Gobierno saliente de Enrique Peña Nieto (que ofrecería atención médica, educación, empleo temporal y una identificación a los centroamericanos que estén en Chiapas y Oaxaca) desalientan a la mayoría. "Vamos a ir igualmente", promete José Melgar, un hondureño de 23 años.

En la caravana no cabe el desaliento:  "Vamos a ir igualmente", afirma José Melgar, de 23 años

Son nómadas por desesperación pero también por esperanza. Marchan ligeros de equipaje pero cargados de pasado y ansiosos de futuro. Y aunque no desaparece ninguno de los retos de una travesía dificilísima (la geografía y la orografía, la intensificada acción de la ‘migra’ cuanto más avanzan o estar en la diana del narco y de maleantes en su viaje), encuentran en la caravana la fuerza, o la sensación de protección.

Solidaridad de Chiapas

Hasta ahora han disfrutado del apoyo solidario de los pobladores de Chiapas, el mismo estado donde desde las entrañas de la selva Lacandona rugió un clamor por "trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz" que los migrantes demuestran vigente casi un cuarto de siglo después. Han recibido de los vecinos y las autoridades municipales agua, comida, ropa y tiempo; lugares donde asearse, servicios y respeto. "No hacen nada malo", decía el jueves a las puertas de su casa rodeada de migrantes descansando Noemi Chongo Arreola, una septuagenaria vecina de Pijijiapan.

Los migrantes no niegan que entre el grupo hay maleantes y criminales. Según lo dice Nelson Omar, un adolescente hondureño de 17 años que viaja con su madre y su hermano, van "revueltos, como en una piñata". Y también Edil Donay, un joven de 18 años, admite que en el grupo "es cierto que hay mucha gente mala", pero añade: "Mucha buena también".

Sin líderes claros

En la caravana se convive sin líderes claros pero hay quienes se mueven con chalecos brillantes que indican algún papel organizativo y hay voces que se dirían que toman el mando, la iniciativa. Cada tarde en el punto neurálgico donde descansa la caravana se indican por megáfonos los planes para la partida por la mañana, un trazado de etapas extenuantes de hasta nueve y diez horas si se hacen a pie y donde hasta ahora no ha habido más que una

A menudo mujeres y niños, no reciben prioridad para subir en los vehículos dispuestos al transporte

de descanso. Y cuando llega la hora acordada, pese a los distintos ritmos, la mayor parte de la caravana se pone en marcha en su fluido movimiento de distintos ritmos. A menudo mujeres y niños no reciben prioridad para subir en los vehículos dispuestos a dar transporte. Muchos hombres parecen tener prisa por llegar.

Callos en las manos, ampollas en los pies

La exigencia del viaje pasa factura. Hondureños que muestran los callos de sus manos para insistir en que son "personas trabajadoras" se vendan por las ampollas unos pies que también consumen los hongos por el calor. Según explica en Arriaga Jaime Enrique Sánchez Aguilar, coordinador del área de socorro de la Cruz Roja local, "los niños son sobre todo atendidos por problemas de gastroenteritis, más que por deshidratación". Por ahora, afortunadamente, no ha hecho aparición "ninguna crisis vírica", y pocos migrantes han necesitado ser tratados en hospitales. "Poniéndome en sus zapatos, lo que están haciendo es muy difícil", opina Sánchez Aguilar. "Se requiere mucho valor".

En algunos casos se diría osadía o inocente ignorancia. Gente como Marlene Delmis Dubon, una hondureña de 44 años que viaja con su hijo de 10 años, Carlos Alberto, y su pareja, Wilmer, lleva la documentación que usará para solicitar asilo en EEUU, informes policiales sobre las agresiones y el intento de asesinato por un hermano que se enamoró de ella.

Pero otros como María Antonia Cruz, que viaja con su marido y tres hijos, no han pensado siquiera cómo entrar. Aunque según contaba el jueves mientras amamantaba a su bebé de dos meses en una acera de Pijijiapan ha oido que "la cosa se va a poner fea", confía en que Trump les de "una oportunidad". Otros muchos se ponen "en manos de Dios". O para que les ayude o para que, como pide la salvadoreña Aida Martínez, que a los 18 años viaja con su hija de dos años y su madre, "ablande el corazón a Trump".

Muchos confían en que Trump les dé una oportunidad; otros se ponen en manos de Dios.

Hay muchos más que viajan sin planes o conocimiento y eso contribuye a las mutaciones que ha ido experimentando la caravana y que se anticipa que se van a intensificar. Algunos, por ejemplo, han tirado la toalla por agotamiento, al descubrir la dureza de la ruta. Otros lo hicieron cuando supieron que la idea dominante era seguir por Oaxaca y no por Veracruz. "Así hay que caminar por la selva, hay mucho secuestro y con niños no se puede", decía Franklin Knight, un hondureño que ha intentado sin éxito cinco veces antes llegar a EEUU en solitario y que promete volver a intentarlo, pero no esta vez, porque viajaba con sus cinco hijos, con las dos mujeres con los que los tuvo y con la madre de una de ellas. Mejor acogerse al retorno voluntario, esperar al personal del consulado y volver, aunque teman que el presidente Juan Orlando Hernández “algo nos va a hacer pagar”. El rumor en la caravana es entre unos meses y cinco años de cárcel.

Esperando a 'La Bestia'

Después de este fin de semana se comprobará la fortaleza de esta marcha de migrantes. Jóvenes como Donay y dos amigos se quedan en Arriaga a esperar a la ‘La Bestia’, el peligroso tren que surca México. Otros han ido avanzando ya. Y cuanto más dispersos vayan, más en riesgo están, de las fuerzas migración o de los narcos y criminales.

Aun así, el empeño de muchos es gigante. Tanto como una verdad que pone en palabras Delmis, la hondureña amenazada por su hermano que viaja con su hijo y su pareja: "Buscar una vida mejor no es ilegal.