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FRENTES ABIERTOS EN EEUU

Los hondureños que marchan rumbo a EEUU denuncian la corrupción absoluta de su país

"No estamos dispuestos a regresar. Si lo hacemos será una guerra civil. Ya no podemos más¿, afirma un miembro de la caravana

Idoya Noain

Una mujer baña a su hijo en Pijijiapan.

Una mujer baña a su hijo en Pijijiapan. / REUTERS / ADREES LATIF

Si se cree a Juan Orlando Hernández, desde hace algo menos de un año presidente de Honduras tras unos conflictivos comicios sacudidos por sombras de fraude, detrás de la caravana de inmigrantes que hace 14 días salió desde el país y avanza por México rumbo a Estados Unidos hay una mano oscura, “grupos radicales” de oposición a su gobierno. Hablando con los propios hondureños que integran esa caravana se hace muy difícil creer que esa sea toda la verdad. O incluso, simplemente, la verdad.

En decenas de entrevistas, este jueves y viernes en la parada de la caravana en Pijijiapan, en el estado de Chiapas, uno tras otro de esos emigrantes van pintando un panorama desolador de Honduras. Pobreza. Violencia. Las maras que tratan de vampirizar a los adolescentes e incluso a los niños. Corrupción policial pero también política. Uno tras otro mencionan a Hernández como el hombre que ha hecho insostenible una situación que ya era difícil

Pactos con el narcotráfico

“Siempre fue peligroso pero se puso peor”, cuenta Jorge Armando Llanos, un hombre de 32 años que ha dejado en Honduras a su esposa y su hijo de tres años para emprender el camino al norte. “Desde que se robó las elecciones todo se ha hecho insoportable. Supuestamente llegó para hacer limpieza pero no. Tiene pactos con el narcotráfico. Y no queda otra que abandonar familia, hogar y el lugar donde siempre has vivido. Eso duele”. 

“El pueblo a él le ha sobrado”, dice a su lado su amigo y compañero de viaje Manuel de Jesús Sosa. “¿Crees que de un presidente bueno va a huir la gente?”, reflexiona. “Nos están matando. De violencia. De hambre. No hay empleo”, explica Juan, un hombre que también ha dejado atrás a una hija de 4 años, enferma desde que nació y para la que no consigue medicinas. Pero su denuncia va más allá. “El Gobierno manda a las pandillas a que nos maten. Y la policía manda a las maras a cobrar extorsiones a los negocios, que luego ellos dan a la policía y la policía al Gobierno”.

"Las maras gobiernan Honduras"

El relato es casi idéntico al de Álex, un hombre de 30 años que pide que no se use su apellido ni se le retrate, porque asegura que las maras le tienen señalado desde que se negó a pagar las extorsiones en su pequeño negocio. “Tenemos ocho organizaciones policiales, las sostenemos con nuevos impuestos, y la violencia no deja de crecer. Vivimos en el gobierno de un dictador”, continúa. “Ha abandonado las zonas rurales. La ayuda internacional y las donaciones a Honduras no sirven porque se la roba. No nos han pagado para esta caravana. Nadie va a arriesgar su vida por un político”.

Incluso si fueran peones de maniobras políticas, las duras historias que narran estos seres humanos sacan los colores a quienes han gobernado y gobiernan Honduras. Lorena, con la pequeña Bárbara de 14 meses en brazos y junto a su hijo Starly, de 14 años, lucha para contener las lágrimas contando las agresiones de una pareja y la denuncia presentada ante la policía quedó en mero papel mojado. Y Dirian Fuentes, otra hondureña de 26 años que está en la caravana con sus tres hijos de 9, 8 y 4 años, explica: “Nos vamos porque tenemos que irnos. Las maras gobiernan en Honduras. Uno no puede denunciar porque la policía y la política son una corrupción completa”.

Falsedades

“Dicen que vamos pagados pero es totalmente falso”, dice Juan, el hombre sentado junto a la iglesia en el parque de Tijijiapan. “Si nuestro país fuera diferente ni necesidad tuviéramos de molestar a otro país. Estamos dispuestos a morir en la frontera. No estamos dispuestos a regresar. Si lo hacemos será una guerra civil. Estamos cansados. Ya no podemos más”.

Hablamos de una caravana. En realidad, ya de dos, pues este viernes un segundo grupo salido de Honduras ha cruzado entre Ciudad Hidalgo, en Guatemala, y Tapachula, en México. Y quizás sería más apropiado hablar de éxodo.