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China dice que los campos de retención de uigures son centros de formación profesional

China admite al fin los centros de detención donde se le acusa de mantener recluidos a un millón de miembros de la minoría musulmana pero los embellece sin mesura

Adrián Foncillas / Pekín

Un control policial en la región de Xinjiang.

Un control policial en la región de Xinjiang.

La Arcadia feliz, la Utopía de Thomas More, la Shangri-la de James Hilton… China ha admitido al fin la existencia de los campos de reeducación en su provincia de Xinjiang. Son centros armoniosos donde los uigures y otros musulmanes se forman para el futuro, disfrutan del deporte y la cultura y cambian el extremismo religioso por el amor a la Madre patria. La descripción de los exconvictos dibuja un panorama opuesto

Shohrat Zakir, gobernador provincial, ha sido el señalado por Pekín para romper la omertá sobre los centros en una larga entrevista televisiva después transcrita en varios medios nacionales. Esos centros, ha aclarado, acogen a los autores de pequeños crímenes y susceptibles de caer en el terrorismo islamista. Ahí reciben la formación profesional gratuita (procesado de alimentos, peluquería, ensamblaje de elementos electrónicos o comercio electrónico, entre otros) que les facilitará un empleo a la salida. “A través de ese entrenamiento, muchos se han dado cuenta de sus errores y han visto la esencia dañina del terrorismo. También son más capaces para distinguir el bien y el mal”, ha aclarado Zakir. El objetivo consiste en conseguirles un futuro refulgente que les aleje del extremismo religioso.

También aceptan “la ciencia moderna” y mejoran su entendimiento de la historia, la cultura y las leyes chinas, ha añadido Zakir. Y ha hablado de cafeterías con menús nutritivos. De habitaciones con aire acondicionado, radio y televisión. De pistas de baloncesto, voleibol y mesa de pingpong. De talleres de escritura y de concursos de baile y canto.

Abusos físicos y psíquicos

Los exreclusos entrevistados por la prensa occidental no recuerdan nada de aquello. Hablan de abusos físicos y psíquicos. Del atosigante adoctrinamiento, el forzado aprendizaje del mandarín y las litúrgicas gracias al partido y a la patria antes de cada comida. De la memorización de eslóganes y canciones comunistas. De celdas precarias donde decenas de ellos se hacinaban y compartían cama. De las cámaras incluso en los baños.

La entrevista de Zakir certifica el giro copernicano en la política de comunicación de Pekín. Durante meses negó con vehemencia la presencia de esos campos de reeducación en los que algunos desde Occidente señalan que habría un millón de uigures. El amontonamiento de evidencias acabó instalando la versión oficial en el ridículo y recientemente los ha reconocido, justificado y embellecido. La última semana, en respuesta a las acusaciones de que carecían de base legal, aprobó una reforma para permitirlos de forma retroactiva. También ha encadenado editoriales en la prensa nacional y colado a expertos en la extranjera explicando la paz y prosperidad que disfruta la región y el éxito en la lucha contra el terrorismo. No todo es un sinsentido: China ha conseguido erradicar los atentados que no hace mucho tiempo se sucedían en Xinjiang y el resto del país. Entre el fin y los medios, Pekín prioriza el primero mientras el mundo lamenta los segundos.

Los uigures, de lengua túrquica y emparentados con el Asia Central, acumulan pleitos con los han, la etnia mayoritaria china. Los primeros acusan a Pekín de diluir su cultura y expoliar sus recursos naturales, mientras los segundos subrayan el desarrollo económico de una zona desértica que sin el paraguas chino sufriría la dolorosa pobreza de las republicas vecinas. Todo eso es cierto. También que se profesan un odio irremediable y que la armonía que predica Pekín es tan utópica como los centros de detención hoy descritos.