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REFERÉNDUM HISTÓRICO

Las heridas abiertas de Macedonia

El cambio de nombre del país suscita tantos apoyos como recelo por que genere nuevos conflictos

Irene Savio

Participantes en una protesta para reclamar el boicot al referéndum para el cambio de denominación de Macedonia.

Participantes en una protesta para reclamar el boicot al referéndum para el cambio de denominación de Macedonia. / THANASSIS STAVRAKIS (AP)

La pared barroca, en los pasillos del Parlamento macedonio, muestra un notable retoque de pintura blanca que señala el punto exacto donde ocurrió, aquel 27 de abril del año pasado. Eran las primeras horas de la tarde y el socialdemócrata Zoran Zaev acababa de anunciar que su partido y las tres formaciones albanesas se habían aliado para elegir como presidente de la Cámara a un miembro de esa comunidad, Talat Xhaferi. "Fue entonces que una turba enfurecida asaltó el Parlamento. ¿Lo ve? Pasaron por aquí. Por suerte, él no estaba", cuenta Vjolca, una empleada de la Cámara.

Sentado delante de una bandera macedonia y otra europea, exhibidas ad hoc para la ocasión, Xhaferi también recuerda aquel día en el que los asaltantes, en pandilla y alentados por representantes del partido conservador VMRO DPMNE, iban a por él. "Ese asalto estuvo motivado por cuestiones políticas, pero podría haber escalado hasta un enfrentamiento étnico", dice ahora Xhaferi, al hablar de esas convulsas horas en las que se convirtió en el primer albanés en obtener un cargo que nunca antes alguien de su comunidad había obtenido. Algo que había despertado, entre los más nacionalistas, el fantasma de una reorganización étnica del país, o incluso la creación de una Gran Albania en los Balcanes. Y no era la primera vez.

Ya en el 2001, Macedonia estuvo al borde de la guerra civil, en el mayor enfrentamiento vivido desde la independencia del país en 1991 entre las dos comunidades mayoritarias de su país, los macedonios (un 65% de la población, según estimaciones) y los albaneses (un 25%). El mismo Xhaferi lo sabe bien, porque ni él tiene las manos limpias. Fue, hasta la disolución de la Yugoslavia socialista, un soldado del Ejército yugoslavo y, luego, un soldado de las tropas macedonias desde 1991 hasta el 2001. En ese año se unió como guerrillero a la milicia panalbansesa UÇK, precisamente la que lideró la insurgencia contra las autoridades macedonias. 

"El desarme del UÇK se pactó con los acuerdos de Ohrid. Así fue como el UÇK se transformó en un partido político (la hoy llamada Unión Democrática para la IntegraciónDUI)", dice Xhaferi, en entrevista con este diario. Se refiere a un acuerdo, alcanzado en agosto 2001, bajo una fuerte presión internacional y que supuso amnistías para los insurgentes y una hoja de ruta para dar mayores garantías a la comunidad albanesa (un 25% de la población, según estimaciones) de Macedonia. 

Distensión

Una estrategia, la de Ohrid, que supuso un enfriamiento del conflicto, pero que no lo apagó del todo. Las tensiones étnicas continuaron, trasladándose también al terreno político. Tanto que en el 2015, en medio de un escándalo de espionaje que finalmente derrumbó a la administración del bloque nacionalista VMRO-DPMNE, volvió a ocurrir. Aquel año ocho policías macedonios y un número desconocido de insurgentes albaneses murieron en la localidad de Kumanovo, en un enfrentamiento que nunca se aclaró completamente y que también coincidió con algunos incidentes menores, en otras aldeas del país. 

Petar Todorov, historiador y profesor de la Universidad de Cirilo y Metodio de Skopje, cree que el asunto remite a que, "en los Balcanes, las élites políticas, incluyendo las macedonias, carecen a menudo de una visión y de políticas para resolver los problemas reales y cotidianos de la gente. Por eso, se esconden detrás del nacionalismo". "Usan las interpretaciones nacionalistas para movilizar a sus masas, ocultándoles deshonestamente a qué lleva eso: destrucción económica, guerras, víctimas", añade Todorov, un firme sostenedor que su país resuelva sus disputas regionales. "Por esto es importante que entremos en la Unión Europea, es una garantía de paz”, afirma Xhaferi, el jefe del Parlamento.

Humillación

Políticos como Antonio Miloshovski, miembro del VMRO DPMNE y exministro de Relaciones Exteriores, no lo ven así. “Este tema del acuerdo con Grecia es una humillación. ¿Por qué les debemos permitir entrar en nuestra habitación de dormir?”, cuestiona Miloshovski. Lo que no dice es que él también ejerció su cargo en medio del más surrealista (y costoso) plan de renovación urbanístico jamás llevado adelante en Macedonia. Se trató del proyecto Skopje 2014, que implicó la construcción en la capital de decenas de edificios y estatuas para exaltar el origen eslavo de Macedonia y reivindicar la paternidad de Filipo II y de su hijo Alejandro Magno (siglo IV antes de Cristo). 

"Hemos descubierto que pagaron más de 500 millones de euros para realizar Skopje 2014 y es probable que la cifra real sea el doble de eso"”, se queja el ministro de Inversiones Adnan Kahil, perteneciente a la minoría turca y quien apoya el pacto con Grecia. "También la deuda pública del país aumentó", añade Kahil, desde su oficina en Skopje. Pero lejos de allí, en los países donde emigraron en el pasado muchos macedonios —Australia, Estados Unidos, Canadá—, la aguerrida disputa macedonia no podría discrepar más de esta postura, al igual que algunos intelectuales macedonios como la politóloga Biljana Vankovska. "Este forzoso cambio de nombre e identidad abrirá una nueva herida", afirma, crítica, Vankovska. Un choque de posturas que determinará el futuro de este pequeño país y, quizá, toda la región.