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Trump retirará las ayudas a la agencia de la ONU que se ocupa de los refugiados palestinos

El Gobierno de EE U pretende también reducir el número de palestinos reconocidos como refugiados

Ricardo Mir de Francia

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. 

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.  / MICHAEL REYNOLDS (EFE)

Las Administración de Donald Trump sigue insistiendo en que serán los israelís y los palestinos los que decidan cómo resolver el más longevo de los conflictos de Oriente Próximo, pero no deja de imponer sus propias soluciones unilaterales en contra del derecho internacional y el consenso de la comunidad de naciones. La última decisión pasa por retirar sus contribuciones a la UNRWA, la agencia de Naciones Unidas que administra la educación, la sanidad y los servicios sociales en los campos de refugiados palestinos, una entidad de la que dependen cinco millones de personas en Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria y Jordania. No solo eso. La Casa Blanca aspira a también a reducir radicalmente el número de palestinos con estatus de refugiado, una medida que les despojaría del llamado derecho al retorno.

En las últimas siete décadas, la gran mayoría de presidentes de Estados Unidos ha tenido un marcado sesgo proisraelí, pero ninguno había llegado tan lejos como Trump. Su equipo, plagado de judíos ortodoxos vinculados al proyecto colonial de los asentamientos, opera como una banda de agentes al servicio de las tesis del Gobierno ultranacionalista de Binyamin Netanyahu. Uno tras uno están cumpliendo sus designios, empezando por el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel y el traslado allí de la embajada estadounidense, lo que a ojos de Washington implica también sacar la Ciudad Santa de la mesa de negociación.

Ahora se disponen a eliminar los 350 millones de dólares que EE UU aporta cada año a la UNRWA, una cuarta parte de su presupuesto, una cifra que hacía de Washington su principal donante. Paralelamente cancelará los 200 millones que entrega a las oenegés estadounidenses que prestan ayuda humanitaria en Gaza y Cisjordania, según informa Foreign Policy.

La medida parece haber sido impulsada por Jared Kushner, el yerno del presidente y hombre al frente de las negociaciones, y la embajadora ante la ONU, Nikki Haley, una de las piezas neoconservadoras en el organigrama de la política exterior de Trump. Argumentan, según varios medios estadounidenses, que la UNRWA perpetúa la dependencia de los palestinos y el problema de los refugiados. Su intención es utilizarlos como arma coercitiva para que los palestinos se distancien de Hamas y para que sus rivales al frente del Gobierno de Ramala se plieguen al plan de paz que Kushner prepara desde hace más de un año. También lo enmarcan en la necesidad de reducir gastos, a pesar de que EE UU aporta anualmente casi 4.000 millones de dólares a Israel en ayuda militar.

Los dirigentes palestinos no han tardado en protestar de forma airada contra la decisión, que se oficializará en las próximas semanas, aunque ya se ha informado a algunos aliados de la zona. Pero no son los únicos. Entre el estamento militar israelí y las altas instancias del poder en Washington, muchos temen que la decisión solo sirva para agravar las pavorosas condiciones humanitarias que imperan en los campos de refugiados, lo que probablemente se traduciría en un aumento de la inestabilidad. La UNRWA arrastra serios problemas de financiación desde hace años y hace poco tuvo que despedir a decenas de trabajadores.

Simbólicamente, para los intereses palestinos, son todavía más preocupantes los planes para reducir el número de palestinos reconocidos como refugiados. La Casa Blanca quiere incluir únicamente a aquellos que fueron expulsado o huyeron de sus casas durante la guerra árabe-israelí de 1948, menos de un millón, lo que dejaría fuera a sus descendientes, los mismos que pueblan hoy los escuálidos campos. Esa decisión no tendría efectos prácticos en la esfera internacional porque la ONU no comparte el argumento estadounidense, pero sí sentaría un precedente. Todo sugiere que la Administración Trump ha abrazado una suerte de pensamiento mágico. Sus dirigentes parecen pensar que basta con dejar de reconocer los problemas más complejos del conflicto para que esos problemas desaparezcan.

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