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PROBLEMAS DEL GIGANTE ASIÁTICO

Los chinos no quieren más hijos

El Gobierno de Pekín fracasa en su intento de espolear la fertilidad entre las parejas para combatir el envejecimiento de la población

El Gobierno de Pekín fracasa en su intento de espolear la fertilidad entre las parejas para combatir el envejecimiento de la población

Adrián Foncillas

Una niña patina en Pekín.

Una niña patina en Pekín. / ADRIÁN FONCILLAS

La numismática puede orientar entre los arcanos de la política china. Aquel sello acuñado en el 2016 para saludar al Año del Mono que mostraba a una familia con dos monitos anticipó la jubilación de la política del hijo único (OCP, por sus siglas inglesas). El presentado la semana pasada sobre el venidero Año del Cerdo, con tres lechones, sugiere la voladura de otra limitación. Es una poética venganza: el Gobierno se esfuerza en que los chinos tengan los hijos que les prohibieron en el pasado y estos tienen ahora planes diferentes.

La OCP perfiló durante casi cuatro décadas el desarrollo económico y social del país más poblado del mundo. El mayor experimento demográfico de la historia fue aprobado en 1979, dos décadas después de que China sufriera la peor hambruna de la historia moderna. El crecimiento demográfico del 20% anual provocaba comprensibles sudores fríos al Gobierno y, tras muchos cálculos que incluían factores como población y toneladas de grano, nació la OCP.

400 millones de nacimientos menos 

La ley cumplió sus objetivos: ahorró 400 millones de nacimientos a China y a todo el mundo, un desahogo en un contexto global de escasez de recursos. El país aún padece una relación crítica entre población y tierra cultivable o reservas acuíferas, así que no es difícil imaginar el colapso con otros 400 millones de chinos (100 más que la población estadounidense actual). La reducción de la pobreza mundial en las últimas décadas se concentra en China y habría sido imposible sin esa política.

La ley frenó la fertilidad de 2,8 a 1,7 niños, aumentó la esperanza de vida de los 65 a los 75 años, espoleó la economía y mejoró las condiciones de vida de la mayoría del pueblo. La OCP, pues, desborda esos simplistas juicios sobre los abortos y esterilizaciones forzosas de los primeros años. Tras la coerción bastó con la persuasión. Ayudó esa concepción confuciana que prioriza el bien de la comunidad sobre los derechos individuales.

Envejecido y en vías de desarrollo

Pero muchos pedían en los últimos años que se le agradecieran los servicios prestados y se la jubilase. Los efectos colaterales son tan numerosos como inquietantes. China es el primer país envejecido aún en vías de desarrollo. Hoy cuenta con un 15% de población por encima de los 65 años y será del 25 % en 2040, el doble que en la India. La proporción de dependencia (relación entre población trabajadora y jubilada) trepará del 36, % en 2015 al 69,7 % en 2050. Ante eso, las autoridades buscan no envejecer más el país.

Se adivina una presión inasumible para el sistema de pensiones y también para una generación de jóvenes urbanitas, enfrentados ante el llamado reto 4-2-1 o la obligación de sostener a dos padres y cuatro abuelos. La mano de obra abundante y barata que ha alimentado la locomotora china se reducirá en 170 millones durante las tres próximas décadas, según estimaciones del Fondo Monetario Internacional. Y Pekín teme la conflictividad social de 40 millones de solteros que no podrán cumplir el deber confuciano de la descendencia porque faltan mujeres. El país sufre el mayor desequilibrio de géneros del mundo (115 niños nacidos por cada 100 niñas). Esa sintomatología de una bomba de tiempo con severas implicaciones sociales y económicas motivó el fin de la OCP en 2015.

Poco entusiasmo entre las parejas

El tibio entusiasmo de las parejas ha desilusionado al Gobierno. En 2016 hubo 18,5 millones de nacimientos, un salto de dos millones respecto al año anterior, pero en el 2017 bajaron a 17,2 millones. La fertilidad sigue anclado en 1,7, muy lejos del 2,1 necesario para que la población se mantenga a largo plazo.

No hay solución rápida para solventar la baja fertilidad, ni en China ni en otro país. Vecinos como Japón o Corea han estado afrontando esos retos durante mucho tiempo y sus políticas aún no han dado resultados significativos”, señala Yong Cai, profesor de Sociología de la Universidad de Carolina del Norte y estudioso de la demografía china. Juzga Yong que Pekín sigue apegada a la doctrina malthusiana y al control centralista que ve en la población una carga que debe ser controlada, ya sea la fertilidad o la inmigración. “Tendrá que confiar en que su gente tome sus propias decisiones reproductivas mientras les facilita un entorno atractivo, incluyendo la igualdad social y de géneros”, concluye.

Un contexto poco estimulante

La nueva concepción de la familia y la inflación embridan hoy la demografía de forma natural. Los valores tradicionales han sido barridos por la apertura y los jóvenes urbanitas chinos esgrimen las mismas razones que los occidentales para rechazar las familias numerosas: extenuantes jornadas laborales, libertad, carestía de la vida… Se añade la extrema competitividad china: los padres envían a sus hijos a las mejores escuelas y pagan un sinfín de actividades para que triunfen y entienden preferible concentrar los recursos antes que dividirlos.   

Solo una agresiva política económica con desgravaciones fiscales provocará cambios sustanciales, sostienen algunos expertos. Por ahora el Gobierno usa métodos más pedestres. Un editorial del Diario del Pueblo alertaba de los efectos de la baja fertilidad en la economía y la sociedad en un editorial titulado “Los nacimientos son una cuestión familiar y también nacional”. Esas apelaciones al patriotismo para procrear suenan raros cuando en paredes de todo el país aun se ve aquel viejo lema de “Es preferible el colapso de una familia que el de un país”.

Temas: Pekin China