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CATÁSTROFE EN EL PAÍS CARIBEÑO

Millones de venezolanos huyen de Maduro por toda Sudamérica

La hiperinflación acentúa la necesidad de marchar a otros países de muchos ciudadanos

Abel Gilbert

Venezolanos cruzan la frontera con Colombia, en Cucuta.

Venezolanos cruzan la frontera con Colombia, en Cucuta. / AFP / SCHNEYDER MENDOZA

“Hay decenas, centenares de jóvenes, que escucharon lo que decía la derecha, que se iban a otros países a disfrutar de las mieles de la vida y terminaron lavando pocetas (retretes) en Lima, y más allá. Me perdonan, esta frase es fuerte, pero la digo: terminaron como esclavos y mendigos”. La ligera definición de Nicolás Maduro sobre el éxodo venezolano debió provocar perplejidad en el mismo ámbito del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) donde fue dicha. Mientras las palabras del presidente se extinguían en el aire, alguien estaba cruzando la frontera sin querer volver la vista atrás. Venezuela no ofrece cifras oficiales sobre la explosión migratoria. Según Naciones Unidas, 2,3 millones de ciudadanos abandonaron el país desde que la crisis se hizo insostenible. Una encuesta elaborada por la empresa Consultores 21 informa de que desde 1999 a diciembre del 2017 se habían ido 4.091.717 venezolanos. La hiperinflación del 2018 no ha hecho más que agudizar la necesidad de partir con lo que se tenga a mano.

Stéphane Dujarric, el portavoz del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha asegurado que 1,3 millones de los venezolanos que abandonaron el país están desnutridos. “Esperamos que todos los países vecinos mantengan sus puertas abiertas”, dijo otro de los portavoces de la organización Farhan Haq. La salida es siempre desgarradora, pero mucho más si el exilio se comienza caminando. En nada se parece a una aventura de autostop o un largo peregrinaje motorizado por la fe religiosa. La pulsión de salir contempla todas las variantes y direcciones.

Mapa del éxodo de emigrantes de Venezuela

Hacia el sur

A la vecina Panamá entraron 268.000 venezolanos. Pero el instinto natural de esta multitud silenciosa, por lo general de clase media o trabajadora, es dirigirse hacia el sur. Lo que se trata, en principio, es atravesar los 2.200 kilómetros de frontera común con Colombia. La Cruz Roja contabiliza en unos 300 los venezolanos que entran a diario en Cúcuta por el estado de Táchira. De acuerdo con Christian Kruger Sarmiento, director general de la unidad administrativa de Migración Colombia, en junio de este año ya había 870.000 venezolanos y se habla de un millón. A este ritmo, la tendencia histórica de los colombianos de mudarse a Venezuela, donde viven 2,5 millones, se revertirá.

Petición de pasaportes

Colombia es, para muchos, apenas un tránsito. La cuestión es avanzar como se pueda hacia el sur. En Ecuador, un país que por años ha sido generador emigrantes, la llegada de venezolanos creció un 900% entre el 2015 y 2017. Unos 300.000 llegaron por tierra pero no todos se quedan. Por lo pronto, el Gobierno decidió que, en adelante, los venezolanos deberán presentar el pasaporte. 

Uno de los “destinos” más frecuentes del éxodo es Perú, donde ya se encuentran unos 400.000. Por años la situación se daba al revés. Pero ese tiempo ha pasado. Solo el 11 de agosto, cerca de 5.200 venezolanos vinieron procedentes de Ecuador. Las autoridades decidieron entonces imitar a las ecuatorianas y reclamarles el mismo documento. “Aquí no hay ningún afán de hostigar o generar xenofobia, pero también tenemos que pensar en la seguridad ciudadana; y todas las personas, incluidos ellos, tienen que entender esto”, explicó el ministro del Interior, Mauro Medina. La decisión fue tomada después de que se detectara en territorio peruano a una quincena de miembros de la organización criminal “El Tren de Aragua”. 

Hasta la Patagonia 

Entre Caracas y Santiago de Chile hay 7.800 kilómetros de distancia. Casi 200.000 venezolanos decidieron atravesarlos. Las últimas estadísticas del Gobierno chileno dan cuenta que fueron entregados unos 80.000 permisos de residencia, lo que lo convierten en el tercer país de la región de mayor acogida. Hasta en la Bolivia de Evo Morales se instalaron más de 2.000 inmigrantes mientras que en Uruguay, donde también gobierna la izquierda, se computaron 98.000 ingresos.

La cordillera de Los Andes y el Río de la Plata son dos de las puertas de entrada frecuentes de venezolanos a Argentina. El otro modo frecuente de llegada es el aeropuerto internacional de Ezeiza de Buenos Aires. En los últimos cinco años la diáspora creció un 1.600%. Cada 20 minutos llega un venezolano. En la actualidad superan los 70.000. Ya no sorprende ver a una exingeniera química de PDVSA como camarera o a un abogado en la caja de una carnicería. “Al menos trabajo y ayudo a los míos”, suelen decir. Para lograrlo, algunos pasaron del Caribe a las gélidas temperaturas de la Patagonia.

El peligro de la xenofobia

La otra frontera porosa y conflictiva es la brasileña. Se calcula que unos 50.000 venezolanos se han establecido en el paupérrimo estado de Roraima y se focalizan especialmente en la localidad fronteriza de Pacaraima. Unos 1.200 resolvieron retornar a Venezuela durante un fin de semana marcado por actos violentos contra campamentos de migrantes. Los empobrecidos habitantes de Pacaraima consideraron que la presencia de venezolanos había llegado a un límite que chocaba con sus pequeños intereses de subsistencia. Y, como en Panamá o en Perú, se escucharon consignas xenófobas que, en el caso brasileño, dieron luego pie a linchamientos. Caracas denunció violaciones de los derechos humanos. Antes de que eso sucediera, las autoridades de Roraima se habían considerado en una “situación de vulnerabilidad” ante el intenso flujo en la frontera.

El coste económico de la emigración

Maduro propuso a la juventud del PSUV que se haga cargo del plan “De vuelta a la patria”. El programa busca encontrar la cuadratura del círculo para que los venezolanos regresen. “Favorezcamos que vengan a trabajar, estudiar y a vivir en su tierra dignamente”. Como ha ocurrido en otros países latinoamericanos y en la Cuba castrista, la emigración venezolana no es solo un drama colectivo sino, también, un modo de mitigar en algo la precariedad de los que se quedaron. Según distintos cálculos, en el 2017 esas familias diezmadas recibieron al menos 100 dólares durante el año. Hasta el reciente aumento del 3.400%, el salario mínimo era de 1,5 dólares mensuales. Se estima que este año los envíos podrían llegar en total a los 6.000 dólares. Y puede ser más si se acelera la diáspora.