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REUNIÓN HISTÓRICA

Emotivo encuentro en Corea del Norte de familias separadas por la guerra

Muchos parientes no se habían visto desde hacía más de seis décadas después haber sido forzados a despedirse al empezar del conflicto en 1950

Adrián Foncillas

La surcoreana Lee Gyum-sum, de 92 años, abraza a su hijo, el norcoreano Lee Sung-chul, de 71 años,  durante los reencuentros intercoreanos de familiares.

La surcoreana Lee Gyum-sum, de 92 años, abraza a su hijo, el norcoreano Lee Sung-chul, de 71 años,  durante los reencuentros intercoreanos de familiares. / EFE / O JONGCHAN POOL

Será la primera vez que los vean en setenta años y presumiblemente la última. Docenas de ancianos surcoreanos han cruzado este lunes por la mañana la frontera para encontrarse con los familiares que la guerra alejó. Padres e hijos, maridos y esposas, hermanos y hermanas… Son la factura social más visible del último fósil de la Guerra Fría.

En la comitiva está Lee Keum-seom, de 92 años, que verá a su hijo después de que ella y su hija quedaran separadas de él y su marido durante la huida. Su hijo tenía entonces cuatro años y hoy ha superado la setentena. “Nunca imaginé que este día llegaría, ni siquiera sabía si estaba vivo o no”, ha dicho a la agencia France Press.

El centenar de ancianos, muchos en sillas de ruedas y todos con sus mejores galas, han sido acompañados por un equipo médico de treinta personas hasta el complejo turístico del Monte Kumgang. Allí hablarán durante 11 horas en los próximos tres días con sus familiares. Las conversaciones estarán supervisadas por agentes norcoreanos para impedir cualquier matiz político. Algunos ancianos han desvelado su regusto amargo por los tercos agradecimientos de sus familiares norcoreanos a sus líderes por permitir las reuniones y otras loas. Desde el sur se acude con útiles para la vida diaria como pasta de dientes, zapatos o abrigos para el invierno. Seúl les recomienda que eviten el dinero, por el riesgo de que acabe en las arcas de Pionyang, y que rechacen educadamente cualquier regalo propagandístico.

Movimiento reflejo

Los primeros reencuentros de los últimos tres años fueron pactados en abril durante la histórica cumbre presidencial de Panmunjon entre Moon Jae-in y Kim Jong-un. Las tensiones habían forzado su cancelación desde 2015. Sirven de termómetro en la península por el movimiento reflejo de Corea del Norte: las sacrifica tan pronto aparecen las primeras borrascas. También es habitual que las coloque en la mesa de negociaciones como elemento de chantaje. Esa utilización política de las esperanzas de ancianos es mezquino incluso para los estándares de Pionyang.

La primera experiencia data de 1985. Tuvieron que pasar otros 15 años para que se institucionalizaran durante la Sunshine Policy o política del amanecer, un raro periodo de calma en la península. La veintena de reuniones celebradas desde 2000 han permitido verse en persona a 20.000 familiares y a otros 3.700 por videoconferencia. Seúl y Pionyang prohíben los viajes, las llamadas telefónicas e incluso las cartas. El primer acuerdo preveía que fueran anuales pero las cíclicas crisis lo ha impedido. También preveía que se alternaran Seúl y Pionyang como sedes pero la segunda pronto entendió que no era una buena idea que los suyos vieran el desarrollo económico y tecnológico de un país que la propaganda describe como un caos capitalista de crímenes y drogas. El monte Kumgang, utilizado en las últimas reuniones, permite a Pionyang jugar en campo propio y fiscalizar las conversaciones.

Lealtad al régimen

Los miles de surcoreanos que pretenden ver a sus familiares apuntan sus nombres en una lista de la Cruz Roja y ésta la coteja con la información de Pionyang para conocer si están vivos. Seúl celebra un sorteo del que emergen un centenar de afortunados. El método de elección de Corea del Norte se desconoce pero es más que probable que priorice la lealtad al régimen.

Más de la mitad de los 130.000 surcoreanos que se inscribieron en 2000 han muerto ya. El tiempo se agota. Una treintena de los que han cruzado hoy la frontera superan los 90 años y uno cuenta con 101 años. Quedan 57.000 en la lista y, al ritmo de un centenar anual, ese abrazo final con sus familiares se asemeja a ganar la lotería.

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