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juicio en malasia

Las presuntas asesinas del hermanastro de Kim Jong-un en riesgo de acabar en la horca

La investigación preliminar en Malasia ve indicios de culpabilidad en Doan Thi Huong y Siti Aisyah y serán juzgadas como participantes en el coplot que acabó con la vida de Kim Jong-nam en el aeropuerto de Kuala Lumpur

Adrián Foncillas

La vietnamita Doan Thi Huong  y la indonesia Siti Asiyah salen escoltadas por la policía del Tribunal Superior de Shah Alam en Indonesia.

La vietnamita Doan Thi Huong  y la indonesia Siti Asiyah salen escoltadas por la policía del Tribunal Superior de Shah Alam en Indonesia. / EFE / FAZRY ISMAIL

¿Son un par de infelices engañadas o superagentes versadas en el manejo de poderosos venenos? La justicia malasia no ha descartado aún lo segundo y las dos jóvenes serán sometidas a juicio después de haber concluido la investigación preliminar sobre el asesinato de Kim Jong-nam, hermanastro del líder norcoreano, perpetrado el pasado año en el aeropuerto de Kuala Lumpur.

El juez ha concluido que existen “evidencias creíbles” sobre una “conspiración perfectamente planeada” y ha abierto la fase final del proceso. La vietnamita Doan Thi Huong y la indonesia Siti Aisyah, que han insistido en su inocencia, confiaban en que se levantaran todos los cargos. La sentencia se demorará al menos un par de meses. La ley malasia impone la horca si son declaradas culpables. La condena a los dos elementos más frágiles de una inverosímil trama de espionaje sería el tétrico remate a la muerte de Kim Jong-nam.

Decenas de testigos han desfilado durante los nueves meses de juicio. La fiscalía ha descrito una trama emparentada con las películas de James Bond. Las dos jóvenes habrían sido reclutadas por agentes norcoreanos y entrenadas como asesinas para envenenar al hermanastro díscolo con agente VX. Es el más poderoso de los agentes nerviosos y clasificado como arma de destrucción masiva por la ONU.

Circuito cerrado

Las imágenes del circuito cerrado del aeropuerto de Kuala Lumpur las muestran acercándose por detrás a la víctima, rociándole la cara con un espray y frotándosela con un trapo. Kim Jong-nam murió veinte minutos después y la autopsia reveló trazas del veneno. Su esperanza radicaba en convencer al tribunal de que creían participar en una broma televisiva con cámara oculta y que esa toxina mortal no era más que loción infantil. Sus abogados sostienen que la fiscalía adolece de una fértil imaginación fértil. Con esas acusaciones, aseguran, pretenden tapar el fracaso de la huida de los agentes norcoreanos horas después del asesinato y conseguir a toda costa alguna condena en un caso que impactó al mundo.

Quiénes son esas dos jóvenes es la principal incógnita. Para la fiscalía no hay duda: su inmediato lavado de manos en el baño del aeropuerto demuestra que sabían lo que hacían. Pero su escasa pericia para esconderse de la policía y sus perfiles de esforzadas inmigrantes abocadas a la prostitución casan mal con las superespías con años de entrenamiento que Corea del Norte ha utilizado antes para sus atentados. 

Doan Thi Huong, de 28 años, fue capturada dos días después en la misma terminal. Huong, hija de un agricultor, dejó su país a los 18 años. En Malasia se empleaba en el sector del entretenimiento. Algunas fotos la muestran como azafata en bikini en ferias de motor y años atrás intentó entrar en la versión nacional de Operación Triunfo.

Siti Aisyah, de 25 años y con un hijo pequeño, fue detenida junto a su novio malasio. Trabajó en la humilde sastrería de su exmarido antes de partir hacia Malasia en busca de oportunidades. Ahí se empleaba en un negocio de masajes. En la víspera del asesinato no parecía estar muy concentrada en su delicada misión inminente. Estuvo celebrando con amigos en un bar su cumpleaños. Dijo a la policía haber cobrado el equivalente a 85 euros por su colaboración en el presunto programa televisivo.

"Osito Gordo"

Kim Jong-nam era el mayor de los tres hijos del anterior dictador, Kim Jong-il, y favorito en las apuestas sucesorias hasta que un viaje a Tokyo en 2001 deshonró a su padre y su país. Fue detenido con un pasaporte dominicano falsificado en el que figuraba en mandarín su alias de “Osito Gordo” y deportado a Pekín. Disfrutó de un exilio dorado desparramando fortunas en los casinos de Macao. Pionyang pagaba las facturas a cambio de que no alborotara.

Ese trato quedó roto con el libro de un periodista japonés que revelaba sus opiniones. Calificaba la sucesión dinástica de “chiste” y vaticinaba el colapso inmediato del régimen de su hermanastro. Prometía carecer de ninguna intención de liderar su patria aunque sus declaraciones exudaban resentimiento. A su hermano se le agotó la paciencia.

Sus guardaespaldas evitaron dos atentados pero no el último en el aeropuerto de Kuala Lumpur. Antes había suplicado clemencia por carta a su hermano. “Espero que canceles la orden de castigo hacia mí y mi familia. No tenemos ningún lugar al que ir o escondernos y sabemos que la única vía para escapar es el suicidio”, pedía.

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