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UN COLECTIVO SILENCIOSO EN EL LEJANO ORIENTE

Héroes en la cueva, parias en la tierra

Tres de los niños rescatados en Tailandia y su entrenador forman parte del colectivo de apátridas, que tienen limitados muchos derechos

Adrián Foncillas

Niños en la escuela en Tailandia.

Niños en la escuela en Tailandia. / ADRIÁN FONCILLAS

Algunos de los niños emergieron de la cueva a un país ajeno. La gesta tailandesa de sacar con vida a los 12 adolescentes de la gruta inundada, el pasado 9 de julio, ha permitido focalizar la situación de los apátridas en Tailandia, una comunidad semiclandestina que acumula décadas peleando por sus derechos. No es menos complejo salir de ese laberinto jurídico que de las angostas galerías de Tham Luang

Tres de los niños y el entrenador del equipo de fútbol Jabalís Salvajes no podrán asistir a ningún partido del Manchester United ni disfrutar de otras decenas de invitaciones globales porque ni siquiera pueden jugar los encuentros más allá de los límites provinciales de Chiang Rai. Los apátridas no viajan, no votan, no compran propiedades o se casan. Su acceso a la educación superior es complicado y tienen prohibido emplearse como militares, médicos, ingenieros o arquitectos.

Racismo latente

El asunto ha sido debatido durante años, corrobora Pavin Chachavalpongpun, profesor de estudios del sureste asiático de la Universidad de Kyoto. “Pero los tailandeses son racistas y muchos creen que los apátridas son una carga. No creo que vaya a provocar grandes cambios porque la inmigración no es un tema atractivo y podría perjudicar al Gobierno”, explica.

Bangkok tiene censados 486.000 apátridas, de los que 146.000 son menores. Algunos activistas elevan la primera cifra hasta 3,5 millones, el 4 % de los 70 millones de la población total. El mosaico étnico de la región se ha movido durante generaciones por las porosas fronteras de Tailandia, Laos, Birmania y China. Muchos han perdido en ese trasiego su identidad, sin país que los reclame ni acepte.

Entre los señores de la guerra y la prostitución

Son los akha, lahu, lisu, shan, karen o hmong. Las guerras, el hambre o el anhelo de una vida mejor incentivan la inmigración. El vecino Triángulo del Oro (una región que comprende terreno de Laos, Tailandia y Birmania) tiene una merecida reputación del salvaje oeste, un cóctel de narcotraficantes, señores de la guerra, juego y prostitución.

Muchos refugiados acaban en Tailandia, el país más pudiente de la región, a través de la provincia de Chiang Rai. La calle principal de Mae Sai termina en el paso fronterizo hacia Birmania. En esta localidad rural, donde los arrozales conviven con los nuevos centros comerciales, está la cueva de Tham Luang.

Variedad étnica

La proporción de indocumentados de los chicos de la cueva es consistente con el de la academia de los Jabalís Salvajes: lo son una veintena de sus 80 jugadores. La escuela Ban Wiang Phan, con un 20% de niños apátridas, ilustra la riqueza étnica de Mae Sai. Son descritos como más esforzados en el estudio para liberarse de sus vidas ásperas. Sus padres malviven como trabajadores de la construcción o vendedores ambulantes.

Suchat, de 13 años, abandonó el pasado año a los Jabalís Salvajes porque los entrenamientos finalizaban demasiado tarde. Es uno de los muchos apátridas que cada día cruza la frontera birmana en bicicleta. Proviene de la provincia Wa, un territorio asolado durante décadas por los enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército birmano. Su padre quiso evitar que, como tantos otros niños, fuera enrolado por los rebeldes. Lo mandó a casa de su tía, cercana a la frontera, para que estudiara inglés en Tailandia y pudiera emplearse en el sector turístico. Pretende la nacionalidad para viajar e ignora el resto de privaciones de su estatus. “Quiero recorrer toda Tailandia, me gustaría ver alguna vez el mar”, señala. Elige Pattaya, quizá porque le han informado mal: sus playas son un puñado de rocas y la localidad es célebre por ser el mayor burdel asiático.

Una expectativa mejor 

En una vieja motocicleta cruzan cada mañana el puesto fronterizo Sirigon, su hermana pequeña y su padre. Este compra pan en Tailandia y lo vende al otro lado de la frontera. “Quiero vivir aquí, Tailandia es más limpia y la educación es mejor. Los profesores nos cuidan mucho”, revela Sirigon, de 11 años, con su uniforme blanco impoluto. En la escuela se respira un sano clima integrador. Todos se comunican en tailandés y no hay episodios discriminatorios, prometen profesores y alumnos.

El proceso para conseguir la ciudadanía exige acreditar que se ha nacido en suelo nacional, que alguno de los padres pertenece a un grupo étnico reconocido o que se ha residido en Tailandia 10 años. Es un camino burocrático complejo, lastrado por la falta de personal e interés gubernamental y que solo la corrupción puede acelerar. Muchos ni siquiera lo intentan.

El comportamiento de Tailandia permite lecturas opuestas. Los apátridas carecen de derechos básicos pero tienen garantizadas la educación y la sanidad básica. Los niños de Ban Wiang Phan disfrutan de clases, libros de texto, comida y un uniforme por semestre. Es un esfuerzo admirable de un país aún con muchas urgencias sociales cuando otros de la opulenta Europa niegan la entrada a los buques de refugiados y amontonan cadáveres en sus playas.

Temas: Tailandia