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DRAMA

Grecia busca a sus desaparecidos por el fuego

Los muertos en los incendios llegan ya a 80 mientras decenas de personas siguen sin localizar

Aumenta la indignación ante las sospechas de que la mayoría de los fuegos han sido intencionados

Adrià Rocha Cutiller

Un bombero inspecciona una de las viviendas quemadas por las llamas en la ciudad de Mati, próxima a Atenas. 

Un bombero inspecciona una de las viviendas quemadas por las llamas en la ciudad de Mati, próxima a Atenas.  / ALKIS KONSTANTINIDIS (REUTERS)

Los muertos por los devastadores incendios de Grecia, los más mortíferos que se recuerdan, se elevan ya a 80, pero podrían seguir creciendo porque los desaparecidos se cuentan por decenas. Hay además 180 heridos, 11 de ellos en estado muy crítico. "Hemos empezado a tratar de identificar todos los cuerpos. Pero están chamuscados y será una tarea complicada», ha explicado a la prensa el servicio forense, para desesperación de las familias que, desde el lunes, tienen a algún allegado sin localizar.

Todos los muertos se produjeron entre las localidades de Rafina y Mati, localides a las que muchos atenienses se trasladan durante el verano. Angelos, superviviente, intenta ayudar a vecinos y amigos que han perdido mucho más que él. En su barrio, uno de los más dañados, la policía forense empieza a llevarse los cadáveres. Él tuvo suerte: su casa quedó intacta, aunque su coche es pura ceniza. Ahora va en moto, y el único sentimiento que tiene es de rabia. «Es imposible que 11 incendios declarados en 20 minutos sean por causas naturales. Esto lo ha hecho alguien. No sé por qué motivo, pero esa persona es una mal nacida», dice.

Al ver la zona queda claro por qué este ha sido el incendio más letal del siglo XXI en Grecia: Mati y Rafina, a escasos 30 kilómetros de Atenas, son poblaciones con construcciones sencillas y pegadas unas a otras sin apenas calles, entre pinos y una maleza seca que, en el mejor de los casos, mide de alto como una persona. Estos dos pueblos, donde se repiten los errores de planficación urbanística que se dan en otros lugares de Grecia, eran un polvorín preparado para los fuegos artificiales de verano.

«El problema fue que mucha gente, al ver que venían las llamas, fue hacia el mar, y en Mati solo hay un camino que llega allí. Todo lo demás son acantilados. El camino quedó colapsado y mucha gente quedó atrapada mientras el fuego avanzaba hacia ellos», explica Angelos. Mati es ahora un esqueleto negro: un cementerio de árboles caídos, casas sin paredes, y coches derretidos y cubiertos de una capa de ceniza y polvo gris que huele al recuerdo oscuro del lunes por la noche.

El fuego avanzó desbocado, atizado por un viento a casi 100 kilómetros por hora, hacia las casas. Los que pudieron se lanzaron al mar, donde la Guardia Costera griega y barcos privados rescataron a unas 700 personas. Pero Mati y Rafina son pueblos de vacaciones donde habita, en gran parte, gente mayor. Muchos no fueron capaces de escapar.

Sin fin

Ahora, los vecinos que huyeron vuelven a sus casas a salvar lo que puedan y tirar lo inservible. Dos días después, en Mati, reina una calma y un silencio tristes: poca gente habla porque hacerlo significa recordar. Pero la pesadilla aún no ha terminado. Más al oeste, en la localidad de Kinetael fuego sigue activo y descontrolado. Las previsiones meteorológicas aseguran que este jueves lloverá y que, con el agua, la crisis terminará. Pero este miércoles el sol es imperial y el calor, inclemente. El fuego y el riesgo siguen vivos.

Matin permanecerá previsiblemente sin agua durante 15 días y sin electricidad durante un mes. «Es una tragedia indescriptible. Investigaremos qué ha pasado cuando llegue el momento», ha dicho el primer ministro griego, Alexis Tsipras, que ha declarado el estado de emergencia en la región de Atica y tres días de duelo nacional. La principal hipótesis del Gobierno es que los incendios, siete simultáneos cerca de Atenas, fueron provocados.

Tarde y mal

El padre de Anastasios tiene un dedo que es oro. «Maradona tendría envidia. Él tuvo la mano, pero mi padre tiene el dedo de Dios —dice Anastasios, cuya casa en Mati ya no existe—. El lunes por la tarde le dolió el dedo y se fue al hospital. Salvó su vida. Tiene 87 años: seguro que hubiese muerto». Anastasios se lo toma con humor y disfruta enseñando lo que, hace dos días, era la casa de su padre. 

Mientras habla, sin embargo, surge el enfado. Se nota por la expresión de su cara que va subiendo, hasta que, de la presión, estalla: «Es una vergüenza lo que ha pasado. Me importa poco  si el incendio fue natural o provocado. Los bosques están tan sucios que la propagación ha sido imparable. Llevan años abandonados. El Gobierno tiene el dinero para mantenerlos, pero les da absolutamente igual».

Anastasios sigue: «Y además han sido lentos. Para cuando se dieron cuenta el incendio ya era incontenible. De acuerdo, pidieron ayuda a otros países, pero ¿para qué? En el tiempo en que tardaron en llegar ya había muerto mucha gente».