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EL DRAMA MIGRATORIO

Campo de refugiados de Lesbos: Descenso a la vergüenza de Europa

Los foráneos malviven en un gueto incapaz de frenar las peleas, las violaciones y el menudeo de drogas

Los inmigrantes atestan los asentamientos durante los más de 8 meses que tardan en saber si tendrán asilo

Víctor Vargas Llamas

Grecia Campo de Moria / VICTOR VARGAS

Una capa dorada planea a ras de la dura explanada de hormigón, a rebufo del antojo de una mocosilla y de su enorme sonrisa. La pequeña improvisa su hoja de ruta con la solemnidad que requiere el uniforme, sorteando con soltura cualquier tipo de obstáculo: ahora un niño, ahora una pelota, ¡¿otra vez tú, niño?! Se basta y se sobra con su capa para sobrevolar todo un universo de fantasía. Será también el vestuario imprescindible al que recurrirá horas después cuando, muy probablemente, esa manta térmica pierda sus condiciones mágicas para convertirse en la única prenda con la que preservar del frío a su cuerpo liviano. Anochece en Moria, el campo de refugiados de la isla griega de Lesbos, y ni siquiera la densa penumbra que garantiza una luna menguante puede ocultar el desolador panorama que aquí traspasa con demasiada facilidad el umbral de la dignidad humana.

Acceso al campo de refugiados de Moria. / VÍCTOR VARGAS LLAMAS

No todos los habitantes de Moria tienen tan fecunda imaginación para evadirse de las deplorables condiciones del entorno. ¿Cómo obviar los aprietos de un aforo que casi cuadruplica las 2.000 plazas previstas en el 2016, cuando se habilitó como recurso de emergencia ante la ingente llegada de personas que huían, que huyen, de la miseria y la barbarie? Tan desbordados andan que incluso se ha creado en un tiempo récord el asentamiento alegal de Olive Grove, con unas 1.300 personas que subsisten en peores condiciones si cabe en los aledaños del campo principal. Sumados a los casi 4.000 que se buscan la vida por toda Lesbos y a los 2.000 del campo de Kara Tepe, exclusivo para familias, se superan las 15.000 personas en una isla con un censo de apenas 86.000 habitantes. Moria es ya el segundo núcleo más poblado de Lesbos, tras la capital, Mitilene. Y es también el asentamiento más saturado de Grecia.

Dudosas identificaciones

Mohamed Assad se encoge de hombros y da una respuesta tan caústica como inapelable sobre la desventura que le ha empujado a dar con sus huesos en Moria: "O esto o una muerte segura". Luego explica que llegó hace 4 meses de Siria, mientras clava la mirada en unos contáiners a rebosar de basura bajo el alambre de espino que envuelve el asentamiento. Parece triste y resignado, quizás por la certeza de que, de media, la espera para saber si tendrá papeles puede llegar a doblar o triplicar ese periodo.

"Muchos migrantes destruyen su identificación para que no les puedan devolver al lugar del que están huyendo"

Vasilios Rodopoulos

Presidente del sindicato policial de Lesbos

La de Mohamed es la nacionalidad predominante en un lugar donde se recogen hasta 72 orígenes diferentes, según el presidente del principal sindicato policial de Lesbos, Vasilios Rodopulos, que matiza el dato. "La lista incluye procedencias como Jamaica o Haití, de veracidad más que dudosa. En muchas ocasiones ellos mismos destruyen su identificación: se trata de eliminar cualquier prueba que pueda comportar el retorno al lugar del que precisamente están huyendo", describe Gerakarakos.

Chispas y conflictos

Por más que algunos registros estén sobrerrepresentados, un vistazo entre las tiendas de campaña y barracones donde habitan revela el heterogéneo mosaico del vecindario de Moria. Casi la mitad son sirios (49,5%), seguidos de afganos (24,7) e iraquís (15,8%). La presencia de nacionalidades, culturas y religiones de lo más variado, hacinadas en unas precarísimas condiciones, son la chispa que prende en los numerosos conflictos verbales, peleas e incendios que frecuentan en Moria y en otros campos de refugiados de Grecia.

Unos niños en el interior del asentamiento de Chios. / VÍCTOR VARGAS LLAMAS

Salen a flote entonces las consecuencias de una política estatal y de la UE tan superficial y desajustada que deja a la vista las numerosas carencias que sufren los migrantes a diario. Y con ellos, todos los profesionales voluntarios que allí se desempeñan. Lo saben bien los policías destinados al campo, apenas 15 por turno más otros 7 que custodian la parte en la que están recluidos quienes vulneran las normas gravemente. Apenas una veintena de efectivos para el control de miles de personas. "No hay una salida de emergencia, ni plan de evacuación en caso de riesgo extremo, ni siquiera bocas de agua para extinguir fuegos; los agentes deben pagar de su bolsillo las medidas higiénicas y de desinfección del vestuario", relata un policía.

"Esto es un gueto con prostitución, violaciones y drogas. Y maleantes que campan amparados en el anonimato"

Agente policial

Guardia en el campo de Moria

El agente denuncia que, aprovechando el desconcierto del aluvión migratorio, campan amparados en el anonimato una minoría muy dañina de maleantes. "Esto es un gueto donde caben la prostitución, las violaciones, el trapicheo de drogas… Imposible de controlar con tan pocos efectivos", se lamenta. Un caos del que ha tomado nota en primera persona Àngels Bosch, presidenta de EuroCop, organización de sindicatos que representa a más de 500.000 policías europeos. "La necesidad de cubrir los servicios de seguridad  en unos campos tan sobresaturados repercute en la falta de efectivos policiales en el resto de servicios de la isla; mientras, Europa obliga a Grecia a cumplir el déficit y eso hace inviable cubrir las plazas imprescindibles para dar respuestas a las necesidades reales de los servicios de emergencias. Como consecuencia, las plantillas policiales, de médicos bomberos están enormemente desgastadas", relata Bosch.

Nuevos itinerarios

De entre la amalgama de islas bañadas por el Egeo están encajando la peor parte del drama humanitario aquellas que se encuentran más próximas al litoral turco, después de que Ankara decidiera elevar un muro en el río Evros y evitar el tránsito de personas procedentes de Oriente Próximo y África por el norte de su territorio, rumbo a la Grecia continental y a Bulgaria. Así, las rutas se han visto alteradas, obligando a pasar de la tierra al agua a personas que, en muchos casos, nunca antes habían visto el mar. El nuevo objetivo está en Lesbos, en Samos, en Lemnos... toda vez que parte de sus respectivas superficies están a menos de 6 o 7 millas del litoral otomano. Y en Chios, uno de los destinos con más densidad migratoria, como se puede comprobar en el campo de Vial, con 1.985 personas en un emplazamiento con capacidad para 1.300, según los datos oficiales.

Allí ha librado batalla física y emocional Alicia Beguiristain, enfermera y cooperante navarra que cede su tiempo libre enrolada en DYA y Salvamento Marítimo Humanitario. Alicia trata muchas afecciones respiratorias y cutáneas, lesiones por las peleas habituales... Y sobre todo escucha: pese a las barreras idiomáticas y al flagrante déficit de traductores, a los migrantes les reconforta  sentirse acompañados en su dura travesía por el averno. "Hay mucho llanto, mucha tristeza frustración. Gente que ya no puede más, que está tan desbordada que se autolesiona y se derrumba en una tremenda crisis de ansiedad. Van a consulta a que les trates la diabetes, pero también a sentirse escuchados", dice.

"Aquí hay ratas enormes y yo tengo que dormir al raso, sobre el suelo y sin recibir medicación para mi asma"

Hassan al Ahmed

Migrante en el campo de refugiados de Vial

Camino de sufrir algún tipo de desequilibrio emcional anda Hassan al Ahmed, un joven que asegura venir de Kuwait y que nos pide que le acompañemos hasta el lugar donde duerme desde que llegara, hace 55 días. La sorpresa resulta ser que su morada es una simple manta tirada sobre el suelo, a la intemperie, entre dos barracones ocupados por familias que tuvieron la suerte de llegar antes que Hassan, si es que acabar en Vial se puede calificar como afortunado. "Otros migrantes reciben un palé mientras no quede un espacio en tiendas de campaña o barracones", relata un cooperante italiano. Hassan denuncia la presencia de ratas "del tamaño de un bebé" y lamenta que no recibe la medicación que precisa para sofocar sus ataques de asma. 

Unos niños refugiados miran a través de la alambrada del campo de refugiados de Lesbos. / VÍCTOR VARGAS LLAMAS

Vulneraciones flagrantes

Mientras Hassan cuenta su historia, una veintena de migrantes se arremolinan alrededor. Se desgañitan denunciando la dureza del gueto, demasiado incluso para quien viene de entornos tan adversos. Hablan de la carencia de agua potable ya desde media tarde, de necesidades médicas desatendidas y de la mala calidad de la comida. "He llegado a ver moho en algunos menús; y pensar que retiraron el acceso al campo a una onegé española porque decían que no usaba productos nacionales... Ahora los serán, pero también precocinados, congelados y, en ocasiones, en mal estado", sostiene el joven italiano. 

"Los migrantes están tan desesperados que sufren ansiedad y se autolesionan. Les alivia sentirse escuchados"

Alicia Beguiristain

Cooperante sanitaria de DYA y Salvamento Marítimo Humanitario

Alicia denuncia las tremendas limitaciones de material, el exceso de control al que los cooperantes ven sometida su labor, pero sobre todo una vulneración de los derechos humanos tan flagrante que empeora cualquier escenario de los países africanos en los que ha cooperado, donde "al menos gozaban de más intimidad y más posibilidades de decidir sobre cómo organizar su vida en comunidad". "Aquí no tienen derecho ni a eso", se lamenta. "Da mucha rabia ver todo este escenario de miseria. Aunque es obvio que no es tarea fácil, todos sabemos que se podría cambiar. Pero así sigue y me temo que así seguirá. Y yo no puedo evitar sentir una inmensa vergüenza de ser europea".

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