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GUERRA EN ORIENTE PRÓXIMO

Turquía se queda en Siria

Erdogan ha establecido un protectorado en el norte de Siria, controlado por el Ejército turco y los rebeldes sirios

La región, del tamaño de media Catalunya y donde los salarios se pagan en liras turcas, fue conquistada a las milicias kurdosirias, aliadas de los EEUU

Adrià Rocha Cutiller

Soldados en el centro de la ciudad de Afrín, al norte de Siria.

Soldados en el centro de la ciudad de Afrín, al norte de Siria.

El currículo de Mohammed es tan largo que mientras lo recita debe hacer varias pausas para coger aire. Lo rememora, risueño, como quien está muy orgulloso de sus batallitas anteriores; con una nostalgia edulcorada por esos tiempos pasados que siempre fueron mejores. La diferencia, en este caso, es que los años mozos de Mohammed no pasaron en un lugar idílico sino en un país en guerra: su orgullo es puramente bélico. «Durante toda la guerra he luchado en Daraa, Hama, Homs, Alepo, Jarabulus e Idleb. He sido combatiente del Ejército Libre Sirio (ELS) durante ocho años. Cuando la revolución empezó abandoné Afrín para ayudar. Ahora por fin he vuelto», explica Mohammed.

Mohammed es alto y ancho como dos personas juntas. Viste todo de verde camuflaje, kalashnikov al hombro y pistola al cinto, raybans de sol, barba blanca y pelo canoso tirado hacia atrás. En la cabeza lleva una boina azul: ha dejado el ELS para hacerse policía. «Tengo nueve hijos y quiero hacerme cargo de ellos. Por esto volvimos aquí, a casa. La guerra, para mí, ya se ha terminado. Ahora solo quiero darles un futuro a mis hijos; y Turquía paga muy bien. El salario es bueno y tenemos servicios», dice y explica, además, que llegó aquí hace tres meses, que está encantado y que espera que, por favor, los turcos no se vayan nunca.

Turquía llegó al norte de Siria hace dos años, con la conquista de los distritos de Jarabulus y Azaz de manos del Estado Islámico. En enero de este año, después de meses y meses de amenazar con ello, de decir que lo harían la siguiente noche, Ankara puso en Siria un pasito más. Erdogan dio la orden y Turquía, con el ELS como fuerza de choque, invadió el cantón sirio de Afrín, entonces controlado por las milicias kurdosirias de las YPG, a las que Ankara considera terroristas por sus vínculos con el PKK.

La conquista no fue fácil: las montañas que sirven de frontera pusieron en serios problemas a la operación. Los milicianos del ELS caían y los blindados turcos no avanzaban. Las YPG, aliadas de los EEUU en Siria, parecían dispuestas a aguantar el embiste. Pero, tras dos meses de ofensiva, Turquía consiguió cruzar las montañas. Solo quedaba el valle por delante y por entonces ya estaba claro que la batalla estaba decidida: los miembros de las YPG quemaron sus cuarteles y arsenales; 137.000 civiles, mayormente kurdos, huyeron hacia el este, a las otras zonas sirias controladas por esta milicia. La región, puro campo de olivo y tierra amarilla, se quedó casi vacía.

Mantener el control tampoco está siendo sencillo. Cada unos cuantos días, un grupo llamado los Halcones de Afrín ataca soldados turcos y del ELS. La semana pasada, por dos coches bomba en la ciudad, murieron 11 personas; cinco de ellos milicianos del ELS. «Nosotros somos los hijos de Afrín. Estamos listos para sacrificar nuestras vidas en contra de la ocupación turca. Que Erdogan y sus descendientes sepan que no les queda mucho tiempo en nuestras tierras», dice este grupo.

Ciudad refugio

Pero ahora Turquía domina Afrín y no parece dispuesta a soltarla. El cantón, junto con Azaz y Jarabulus, se han convertido en zona segura para el opositor Ejército Libre Sirio; un lugar donde la milicia puede gobernar —siendo, a su vez, gobernada por Turquía— sin miedo a la aviación rusa ni a Bashar el Asad. Turquía le ofrece a la milicia protección, cobijo, entrenamiento, dinero y armamento. El ELS le da a Ankara un pié dentro de Siria. Influencia cuando sea que se tenga que discutir el futuro del país.

Los opositores sirios, los que empezaron la revolución en 2011 —mayoritariamente árabes sunís— están encantados. «Después de la operación militar todo ha ido a mejor —dice Khaled, habitante de Afrín—. Antes también teníamos generadores y electricidad diaria, pero ahora tenemos nuevos hospitales y más seguridad. Con las YPG, los árabes teníamos miedo de salir a la calle. Ahora nos sentimos libres».

Afrín, antes de la guerra, estaba poblada en un 80% por kurdos: las YPG dominaban política y militarmente la región. Tras la entrada de los turcos y el ELS, casi todos han marchado; y son ahora los pocos kurdos que se han quedado los que tienen miedo a mostrarse en lugares públicos. A Afrín, en la actualidad, llegan refugiados árabes sunís de toda Siria y Turquía y los que mandan ya no son las YPG sino otros. Las tornas han cambiado y las reglas también: las mujeres ya no pueden andar por la calle sin velo y muchas temen salir de casa. Los lugares públicos, en Afrín, son dominados por hombres.

Una de las calles céntricas de Afrín, la semana pasada. / Adrià rocha cutiller

Divisiones y sectarismos

Siria, tras siete años de guerra civil, parece irreconciliable. Los distintos grupos étnicos y religiosos del país se odian entre sí. Los kurdos desconfían de los árabes sunís y los árabes sunís, claro, de los kurdos. En las zonas controladas por el régimen, los árabes cristianos y los alauís —el grupo de donde proviene Asad— se están quedando con las propiedades de los sunís que se han marchado; y a los que no quieren irse les hacen la vida imposible. En Afrín, según Human Rights Watchestá pasando lo mismo con las casas de los kurdos que escaparon de la guerra.

En Siria nadie ama a su vecino. «Hace un año me marché de Afrín hacia Alepo [ciudad controlada por el régimen] porque le tenía pánico a las YPG», dice Monzer, árabe suní nacido en Afrín. Muchos de los kurdos que, en febrero y marzo, escapaban de Afrín decían lo mismo pero al revés: que estaban aterrorizados por la llegada del ELS. «Fui a Alepo pero allí fue aún peor —continúa Monzer—. Allí, a los sunís que no teníamos dinero nos maltrataban». Monzer, dice, siente tristeza por su país. Antes de 2011, explica, a nadie le importaba qué religión tenías ni a qué grupo étnico pertenecías. Ahora esto es lo único que importa.

«Las carreteras que salen de Alepo están repletas de controles militares. Si eres joven y suní, los soldados te amenazan: o les sobornas o te mandan a morir al frente», asegura, y dice que por esto se ha venido de vuelta a Afrín; porque es solo con el Ejército Libre Sirio con los que, todos estos años, se ha podido sentir libre y protegido. «Mis hermanos del ELS y Turquía son los únicos que no son sectarios», dice.

Otros no están de acuerdo y la frase es una constante: para cada grupo en Siria, los suyos son los únicos buenos; solo son los demás los sectarios. «Tenemos mucho miedo. Dan mucho miedo. No queremos hablar: nuestro problema es ese», dice una mujer kurda que se ha quedado en Afrín, y señala a un soldado del ELS, que controla el tráfico. La presencia de sus milicianos, ahora, en la ciudad y en sus alrededores, es abrumadora.

A la sombra turca

Pero quien manda aquí es Turquía y los milicianos del ELS lo tienen claro. En Afrín, Jarabulus y Azaz, la moneda funcional y los salarios son con la lira turca y no la libra siria. El material escolar es turco y no sirio. Las cartas las entrega la empresa de correos pública turca y no la siria. El entrenamiento policial y militar lo hacen policías y militares turcos y no sirios. Los controles de carreteras los hacen sirios, de acuerdo, pero con blindados turcos y armas rusas pero pagadas por Turquía.

Al cruzar la frontera, cuatro banderas reinan encima de la valla. Dos son verdes, blancas y negras con tres estrellas en el centro—la enseña del ELS—; las otras dos son rojas y tienen una media luna blanca en medio: Turquía. Al entrar, escoltados por dos blindados del Ejército turco, nadie nos pide pasaportes ni explicaciones.

La entrada a la región es una carretera rodeada de campos que antes eran de olivos y ahora son de refugiados. Decenas de camiones cruzan la frontera diariamente de norte a sur y de sur a norte; algunos, cargados con patatas que Turquía, desde hace unas semanas, ha empezado a importar de esta zona con la idea de bajar los precios de la cesta de la compra en casa. Los edificios, medio derruidos por los combates y ahora en reconstrucción —a cargo de empresas turcas, por supuesto— se suceden vacíos uno tras otro. 

La carretera está llena de controles militares con soldados sirios del ELS armados con sus barbas y kalashnikovs: paran y piden los documentos a todos menos al convoy de blindados turcos. Entonces, al pasar la comitiva, levantan la vista y saludan a los turcos. Les sonríen y, con los dedos, puestos imitando a un lobo, hacen una seña ultranacionalista turcaAfrín, Jarabulus y Azaz están en Siria pero no lo parece.

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