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CRISIS INACABADA

El aluvión de refugiados desborda a Grecia

Un centenar de personas cruzan a diario el Egeo hacia territorio griego, una cifra que se reducía a 17 el año pasado

El campo de Moria, en Lesbos, tiene capacidad para 2.500 personas, pero acoge a 8.000, que malviven hacinados

Adrià Rocha Cutiller

El campamento de Moria en Lesbos, desbordado por la llegada masiva de refugiados. / Alkis Konstantinidis (REUTERS) / GIOVANNI BUSNACH Vídeo

Marwan estaba harto de esperar la llamada, ir a la playa donde estaba el bote de goma, subirse junto con otras 20 personas, contar los minutos hasta que el traficante dijese que todo bien, que ya podían marcharse, partir, estar media hora en el mar, ser capturado por la policía turca, mandado de nuevo a Turquía, puesto en prisión por unos días, recibir insultos en la cárcel, salir, volver al piso de los traficantes, esperar la llamada, ir al bote.

En la séptima vez que lo intentó, hace un mes, el trayecto duró algo más. Era de noche, no había luz, y un barco de policía se les acercó. Su mujer, que viajaba con él y sus dos hijos, de 11 y 8 años, pensó que otra vez volverían a pasar por lo mismo, que tampoco lo conseguirían. Pero los megáfonos sonaron. «Bienvenidos a Europa», gritaron: habían llegado a Grecia.

Como ellos, cada día durante los dos últimos meses, en torno a un centenar de personas llegan a Grecia desde Turquía. Hace un año la media diaria era de 17. Los números están lejos de los de 2015, pero han crecido. Los barcos que consiguen entrar en aguas griegas son interceptados por la policía y sus pasajeros, enviados a los campos de las islas, desde esperan que se tramite su petición de asilo. En el de Moria, en Lesbos, hace un sol de injusticia y un calor imposible. Es mediodía y el campo está quieto. Un perro rebusca entre restos de basura.

"La situación es muy mala. El campo es peligroso, hay peleas diarias, y el agua y la comida son siempre insuficientes", dice Marwan. Moria fue diseñado para albergar 700 personas cuando comenzó la crisis de refugiados, hace tres años. Luego, ante el incesante flujo de gente, se amplió la capacidad a 2.500. Hoy en Moria viven 8.000 personas.

Sin futuro

El campo está gestionado por el Gobierno y tiene comisaría de policía, barracones con literas para los refugiados, comedores, patios y suelos asfaltados. Pero esta es solo una parte; al otro lado del alambre, en lo que antes era un campo de olivos, está la otra Moria. El suelo, aquí, es arena si hace sol; barro si llueve. Los baños son portátiles y nunca funcionan. La gente —entre ellos Marwan y su familia— vive en tiendas de campaña superpuestas una encima de la otra. Nadie gestiona los residuos: las intoxicaciones y infecciones son constantes.

"Esto es lo que pasa cuando atrapas a tanta gente en un campo inhumano sin servicios básicos", dice Luca Fontana, coordinador de Médicos Sin Fronteras en Lesbos. Mientras habla, Fontana se va encendiendo. Su cara transpira indignación: "Esto es lo que la política de migración de la Unión Europea está haciendo. Quita el futuro de las manos de la gente que está aquí atrapada. Esto es una lucha constante para conseguir algo de comida. Para ducharse, para ir al baño. Viven siempre con la duda de no saber si van a ser deportados. Se les quita todo el control sobre sus vidas. Y, claro, entonces aparecen la violencia y la inseguridad. Ha habido violaciones y torturas entre refugiados en el campo", dice.

Frustración

También los problemas fuera del campo han incrementado. La frustración entre la población griega de Lesbos crece: sienten que Europa se ha olvidado de ellos, que les han dejado solos a la hora de afrontar una situación que lleva años sin mejorar.

"El mundo debería dar las gracias a la gente de Lesbos. Nuestra generosidad ha sido enorme. Pero llevamos tres años con esta crisis y parece no haber solución. Al final, aparecen conflictos. La criminalidad ha aumentado en la isla", explica Emmanuel Chatzichalkias, abogado nacido en esta isla.

"En sus países hay guerra. Es normal que vengan. Debemos acogerlos, pero esto es insostenible —dice una policía de dentro de Moria, que dice no querer hablar pero se despacha a gusto—. Grecia no puede aguantar más. Tenemos una crisis enorme, somos uno de los países más pobres de Europa y, aún así, nos obligan a hacernos cargo de toda esta gente. Es imposible". Esta sensación, en Lesbos, es generalizada; y grupos de extrema derecha, como el partido Amanecer Dorado, la usan para atizar el conflicto.

Del mundo a Moria

Entre los muros de Moria  —y rodeándolos— hay sirios, iraquís, afganos, congoleños de la República Democrática, paquistanís, kurdos, bangladesís, yemenís, egipcios, eritreos, cameruneses, senegaleses, palestinos, iranís, nepalís, somalís, georgianos y algunos turcos. Las familias y la gente vulnerable son sacados en pocos meses. Los hombres solteros, en muchos casos, se pasan más de un año atrapados en Moria, sin saber qué va a ser de ellos; sin nada que hacer ni nada que desear. 

Ahmet, egipcio de 30 años, lleva siete meses aquí. Su petición de asilo ha sido rechazada y nadie le dice nada. No sabe si lo van a mandar de vuelta o no. La isla de Lesbos es su cárcel. "Estoy atrapado. No puedo hacer nada. Me quedo aquí, fumando —dice, señalando con un cigarrillo su tienda—. Si lo hubiera sabido no habría venido".

Amenazas de muerte

Marwan y su familia escaparon de Bagdad hace tres años. Había ayudado a Estados Unidos durante la ocupación, y, en 2014, las milicias chiís lo amenazaron de muerte. «Pedí protección a los EEUU, pero pasaron de mi», dice. Él y su familia vivieron en Turquía y, desde hace un mes, están en Moria. Esperan ser enviados a Atenas. La suya es una carrera a contrarreloj: su hijo de ocho años tiene una enfermedad en el córtex cerebral. Debe recibir tratamiento antes de cumplir los diez años, dice Marwan, o nunca podrá tener una vida normal. Su destino final es Bélgica.

"La situación aquí es mala, pero estamos psicológicamente tranquilos. Cruzar el mar fue una sensación indescriptible. Sentimos que por fin hemos dejado la guerra atrás", explica. Por primera vez en muchos años, Marwan y su familia han parado de huir. Ahora solo quieren que les dejen en paz: recuperar el control de sus vidas.

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