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ANÁLISIS

Putin, el zar eterno

El presidente ruso es el dirigente más longevo del país desde Stalin y el que más poder ha acumulado en sus manos

El presidente ruso, Vladimir Putin. 

El presidente ruso, Vladimir Putin.  / REUTERS

Ni es un zar ni es eterno, pero es un maestro en el arte del poder y cuando termine su cuarto mandato, previsiblemente en 2024, Vladimir Putin será el dirigente más longevo de Rusia desde Stalin y el que más poder ha acumulado en sus manos.

Para llegar hasta ahí, a pesar de su mala imagen en Occidente, una de las bases fundamentales de su exitoso periplo político ha sido su considerable apoyo popular. Por supuesto, sus críticos tienen razón cuando destacan su inquietante sesgo autoritario, su cesarismo, su desprecio a los derechos humanos y al derecho internacional cuando no se acomodan a sus planes. Pero son muchos más los que lo identifican como el que ha recuperado el orgullo de ser ruso, ha sacado al país del abismo en el que había caído en 1991, ha mejorado sustancialmente los niveles de bienestar de los 144 millones de rusos y ha reconvertido a Rusia en una potencia global.

De paso, ha asentado a la Federación como la sexta economía del planeta en paridad de poder adquisitivo (y ahí seguirá a mitad de siglo según las previsiones, aunque su PIB bruto actual no sobrepasa al de España, siendo el país más extenso del planeta), ha reducido la inflación al 2% y, tras superar la caída de 2015 y 2016, ya el pasado año creció un 1,8% y se espera el mismo resultado para este año. Pero esos logros tienen los pies de barro, dado que dependen de los vaivenes de los precios del petróleo, una variable que Rusia no puede controlar a su antojo, aun siendo el primer exportador mundial (las ventas suponen en torno al 75% de los ingresos por exportaciones).

Con ese activo en sus manos, y hasta mediados de 2014, pudo no solamente garantizar la paz social y modernizar su maquinaria militar, sino también aventurarse en el exterior. De ese modo, Rusia ha procurado no solo liberarse de lo que percibe como el doble asedio (en Europa oriental y en Asia central) que lideran Washington Bruselas, sino convertirse en interlocutor imprescindible en muchos asuntos conflictivos (sea en Ucrania, Siria o Libia).

Opinión pública domesticada

Ahora, a la espera de que el crecimiento del precio de los hidrocarburos se consolide, su prioridad es liberarse también de las sanciones que pesan gravemente sobre su economía, lo que incluye alimentar las disensiones no solo euroatlánticas sino también en el seno de la Unión Europea. También incluye buscar nuevos clientes y hasta aliados, como en Turquía o incluso en el extremo euroasiático, con China en mente.

En definitiva, Putin, amparado por una popularidad que en secreto envidian sus homólogos occidentales y un control total de las palancas económicas y políticas rusas, cuenta en el interior con la enorme ventaja de no tener que dar cuenta de sus acciones a una opinión pública domesticada. Y, en el exterior, demuestra diariamente su destreza, jugando simultáneamente el papel de defensor de los derechos humanos (Snowden sirve como ejemplo) y hasta de pacifista (frenando en 2013 a un supuesto belicista como Obama contra Siria), mientras usa la fuerza como nadie. Y así hasta el fin.