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Un conflicto con muchos actores

En Asia Pacífico se juntan heridas históricas, pugnas territoriales y la lucha de dos potencias por la hegermonía

Adrián Foncillas

Un soldado surcoreano pasa frente a un televisor en Seúl mientras aparecen en la pantalla Donald Trump y Kim Jong un.

Un soldado surcoreano pasa frente a un televisor en Seúl mientras aparecen en la pantalla Donald Trump y Kim Jong un. / AFP / JUNG YEON-JE

Asia Pacífico es la zona más erógena del planeta: se juntan heridas históricas sin cicatrizar, reclamaciones territoriales, urgencias energéticas y la pugna de las dos potencias por la primacía global. Corea del Norte ha sido durante siete décadas una pieza clave en la geopolítica de la zona y también un tozudo agente desestabilizador. Los países involucrados tienen intereses divergentes pero coinciden en lo básico: que Corea del Norte ingrese en la comunidad global y la península vea la paz.

Corea del Norte, la gran ganadora: ni solución militar ni implosión 

Es la gran ganadora y la deriva actual confirma que sus líderes no son los lunáticos imprevisibles que tercamente describe la prensa sino excelsos dominadores de la diplomacia. Importa poco qué les convenció a apostar por el diálogo a principios de año. Quizá fue el inminente colapso de su economía o, más probablemente, que sus misiles intercontinentales les diera la confianza para exigir audiencia en igualdad de condiciones. Importa que todos los líderes globales hacen cola hoy para reunirse con Kim Jong-un y que este conseguirá la foto con un presidente estadounidense que no tuvieron sus antepasados. El desenlace más deseable es que la normalización diplomática y el final de la amenaza exterior impulsen una progresiva apertura económica a la manera china y el país abandone su condición de paria global. El mundo se tendrá que acostumbrar a negociar con Kim Jong-un porque las vías para sacarlo de ahí no son realistas: ni la solución militar ni la implosión provocada por las sanciones internacionales.

Corea del Sur, en busca de la paz de la mano de su presidente

El proceso no habría llegado a este punto sin Moon Jae-in, el admirable presidente surcoreano que se ha autoimpuesto la paz en la península como misión vital. Durante meses soportó que Washington le tildara de tibio y que Pyonyang le llamara chacal de Washington. Ahora escucha a ambos arrogarse el éxito. Hay dudas de si la tenacidad de Moon vencerá la complejidad social surcoreana. La derecha desdeña "la política del amanecer" o "Sunshine policy" que trajo la distensión a la península entre 1998 y 2008 como una ilimitada transferencia de fondos a cambio del temporal cese de amenazas de destrucción. Ni siquiera les convence que acabe la amenaza de morir bajo sus misiles (la capital está apenas a una cincuentena de kilómetros de la frontera). Varias generaciones han crecido escuchando esas bravatas y las han incorporado a su vida diaria sin prestarles atención.

China, el sostén y cómplice necesario

Ningún país ha insistido más a Corea del Norte para que cesara sus desvaríos nucleares como China a pesar de que gran parte de la opinión pública sigue señalándola como su sostén y cómplice necesario. Sus propuestas diplomáticas para desatascar el conflicto durante las semanas más fragorosas fueron olímpicamente ignoradas por Estados Unidos y Corea del Norte pero probablemente impidió que la tensión explotara al aclarar a ambos que se enfrentaría al causante del primer disparo. El efecto más inmediato de la pacificación es que dejará de temer una guerra termonuclear en su frontera. Pekín necesita a Corea del Norte como último tapón a la asfixiante presencia estadounidense en su patio trasero pero sus constantes desafíos a la comunidad internacional la convirtieron muchos años atrás en una carga insostenible y acabó secundando las sanciones de la ONU. La distensión actual empezó a cocinarse a sus espaldas pero después reclamó su papel decisorio en la región con la reunión en Pekín de Kim Jong-un con el presidente, Xi Jinping. Este podría devolverle la visita después de la cumbre Corea del Norte-Estados Unidos.

Estados Unidos, con el acelerador hacia una cumbre impensable

Los servicios de inteligencia estadounidenses han pronosticado durante décadas el inminente colapso del régimen y una reunificación de la península bajo su influencia que acabaría aislando a China. Las negociaciones actuales certifican su error. La política errática de Donald Trump ha confundido incluso a sus aliados: en las elecciones mostró su admiración por Kim Jong-un y meses después amenazó en la ONU con borrar del mapa el país entero. Trump se ha aprovechado del trabajo callado de Moon y ha reclamado el mérito por su línea dura. La normalización de las relaciones con Corea del Norte se presenta ahora como el triunfo más resonante de su política exterior y eso explica que aceptara reunirse con Kim Jong-un solo 45 minutos después de escuchar la oferta de los diplomáticos surcoreanos. Cumbres como la de Trump y Kim Jong-un exigen años de preparación y no las ocho semanas que dispondrá Trump. Muchos expertos temen que el millonario neoyorquino busque únicamente la foto para la posteridad y sea desbordado por la pericia negociadora norcoreana.     

Japón, un país con sentimientos contradictorios

Japón, único país sobre cuyo territorio han volado misiles norcoreanos, alberga sentimientos contrapuestos. Por un lado agradece la distensión con un país que le señala como el peor de sus enemigos por su cruenta ocupación del siglo pasado. Y por otro teme una excesiva sintonía entre Pyongyang y Washington, su más fiel protector. El presidente, Shinzo Abe, ha viajado esta semana a Estados Unidos para ser informado de las negociaciones.

Rusia, apoyo a la ONU y contra la solución militar

Moscú se ha alineado con China en el conflicto: exige la desnuclearización norcoreana y ha acabado por secundar las sanciones de la ONU pero se opone a cualquier solución militar de Washington. 

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