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TENSIÓN EN BRASIL

Lula, el limpiabotas que llegó a presidente

El exmandatario ha sido uno de los políticos más populares de la historia de Brasil, primero como sindicalista y después como jefe del Estado, y dice ser víctima de una trama de la derecha que intenta evitar que vuelva a la presidencia

Abel Gilbert

En el espacio vetado afirmaba que Lula sigue siendo candidato a la presidencia de Brasil.

En el espacio vetado afirmaba que Lula sigue siendo candidato a la presidencia de Brasil. / AP / ANDRE PENNER

El 12 de mayo de 1978 tuvo lugar una huelga en la planta automotriz Scania-Vabis de la periferia de Sao Paulo. Fue el primer conflicto sindical desde el endurecimiento de la dictadura militar en 1968, y el momento en que comenzó a perfilarse la ignota figura de un tornero mecánico que venía del nordeste brasileño. Pocos meses más tarde, Luiz Inacio Lula da Silva se pondría a la cabeza de las protestas obreras que sacudieron al régimen.

Después de 41 días de huelga y una cárcel que no hizo más que acrecentar su prestigio, después de salir de la prisión y fundar el mayor partido de izquierdas de América Latina, de ser, en 1988, el diputado constituyente más votado de la historia brasileña, el destino le puso más pruebas. Tuvo que perder tres veces las elecciones hasta vencer finalmente y gobernar Brasil entre 2003 y 2010 cambiando su geografía social.

Lula no fue solo un líder regional. Acercó a Brasil al BRICS (Rusia, China, Sudáfrica e India) y, con ese gesto, provocó la irritación de Washington. Hizo frente a un cáncer de laringe y salió victorioso. Lo que no esperaba Lula a los 72 años era regresar a ese mismo sector de Sao Paulo donde comenzaron las huelgas para escribir el capítulo más inesperado de una biografía que parece estar lejos de cerrarse de manera ominosa.

Abandonar el poder

En el 2010, al abandonar el poder, el “lulismo” era un sentimiento mayoritario de la sociedad. El hombre que nació el 27 de octubre de 1945 y que al llegar al poder puso en marcha un programa social que sacó de la pobreza a más de 50 millones de personas cerraba su Gobierno con una altísima popularidad. De otra manera no podía explicarse el estreno en 2010 de “Lula, el hijo de Brasil”, una película dirigida por Fabio Barreto y patrocinada por parte de las empresas que muy pronto empezarían a desear fervientemente el final de la era del Partido de los Trabajadores.

Lo interesante de ese filme no tiene que ver especialmente con su calidad sino con el modo en que se fijó en la pantalla el “mito Lula” desde su infancia en el paupérrimo Estado de Pernambuco hasta llegar a Sao Paulo con su madre Dona Lindu y sus hermanos. A partir de ese momento se forja la leyenda del niño que lustra botas y vende naranjas con carisma. “Su hijo es muy inteligente”, le dice una maestra a una Lindu orgullosa.

Dimensiones épicas

Todo lo que la película mostraba en dimensiones épicas empezó a verse en clave negativa cuando su heredera, Dilma Rousseff, atravesaba la mitad de su primer mandato. Las protestas callejeras de las clases media y alta contra el Gobierno, atizadas por la crisis, no se demoraron en alcanzarlo. Primero fue el PT el que vio erosionado su prestigio. El exgerrillero, José Genoino, involucrado en los primeros escándalos –la compra de votos en el Congreso- reconoció en sus memorias, 'Entre el sueño y el poder', que el partido “de la clase obrera” se había pervertido en la lucha por ese poder, usando métodos que siempre condenó.

Pero Lula está convencido de que la demonización de lo que el llama “las elites” no tiene que ver con los errores cometidos a lo largo de estos años, en los que la corrupción de algunos dirigentes no es un asunto menor. Lo persiguen, dice, por aquello que hizo bien.

Temas: Brasil