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ARMAS EN EEUU

Los niños de otra guerra

Las armas de fuego son la tercera causa de muerte entre menores de 18 años en EEUU, 26.000 desde 1999

Desde la matanza de Columbine, 187.000 escolares han estado expuestos a la violencia de armas de fuego

Idoya Noain

Un joven manifestante en Washington con las palabras No Dispares escritas en las palmas de sus manos.

Un joven manifestante en Washington con las palabras No Dispares escritas en las palmas de sus manos. / GETTY MARCH / MARK WILSON

Cada hora un niño muere o queda herido por armas de fuego en Estados Unidos. Cada hora. Esa es la realidad de un país con 250 millones de armas, donde son la tercera causa de muerte entre menores de 18 años. Es la realidad de un país que entre 1999 y 2016 perdió al menos a 26.000 menores de 18 años por las balas, de los que 1.678 tenían cinco años o menos. Es la realidad de una nación que, si se miran solo las más ricas del mundo, acumulaba ya en 2010 el 91% de los menores de 15 años fallecidos por disparos.

La gran manifestación organizada en Washington por los estudiantes de Marjory Stoneman Douglas, el instituto de Parkland (Florida) donde el día de San Valentín se vivió la última gran masacre escolar, con 14 adolescentes y tres adultos fallecidos, ha puesto al país frente a su espejo. Y aunque uno de los focos de esa manifestación y de las 800 protestas hermanas que tienen lugar este sábado es el clamor por volver a convertir las escuelas en espacios seguros, ha servido también para reforzar los análisis de una auténtica crisis por la que se desangra el futuro de EEUU.

Aunque en 1996 el Congreso cortó los fondos para que el Centro de Control y Prevención de Enfermedades investigara la violencia con armas de fuego (prohibiendo la financiación de cualquier estudio que pudiera usarse para promover regulación para más control), sus datos sobre mortalidad arrojan luz sobre la realidad: más de 15.000 muertes de menores por homicidios, más de 8.000 por suicidios y casi 1.900 víctimas “no intencionadas”. Incluyen también 137 adolescentes de más de 13 años que han muerto por disparos de agentes de la ley.

El cruce de los datos del CDC con los de otros estudios, como uno realizado en 2015 en la publicación 'Injury Prevention', confirman además la correlación entre la disponibilidad de las armas con las víctimas mortales infantiles y adolescentes, y una comparación realizada por 'The Washington Post' ratifica que los estados con más armas son los que registran más muertos. Asimismo, se ha comprobado que hay una tendencia a que se produzcan menos muertes en los estados donde las leyes son más contundentes en lo que se refiere, por ejemplo, a almacenamiento seguro de armas o exámenes del historial antes aprobar una venta.

Más allá de las grandes masacres

Se abre también el foco para estudiar una crisis puramente estadounidense que va más allá de las grandes masacres escolares que se han grabado a fuego en la historia, desde Columbine a Sandy Hook en Newtown o, ahora Parkland. Y aunque estas tres, en las que se usaron armas semiautomáticas, han dejado la mayoría de los muertos de las últimas dos décadas (43%), son una relativa anomalía comparada con la violencia diaria en las escuelas, en la que las protagonistas suelen ser las pistolas y que no suele llegar a los titulares.

Un análisis publicado también por 'The Washington Post' confirma la gran factura que paga el país: según sus datos, desde 1999 más de 187.000 estudiantes de primaria y secundaria han estado expuestos a la violencia de armas de fuego en horario escolar. Es una tragedia que deja no solo víctimas mortales y heridos físicos sino una herencia de trauma psicológico. Y es, además, una crisis en la que se replican otros problemas sistémicos del país: el 62,6% de los menores expuestos a la violencia de armas en las escuelas son de minorías raciales.

Los hispanos tienen casi el doble de posibilidades de vivir uno de estos incidentes que los blancos y los negros, el triple. Estos últimos representan el 16,6% de la población escolar pero viven el 34,1% de los tiroteos. Como le ha dicho al Post Steven Berkowitz, que dirige en Filadelfia un centro de trauma para menores, su situación “no es diferente a la de niños que viven en zonas de guerra crónica”. Aunque estén en los colegios del país más rico del mundo.