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LUCHA POR EL PODER EN WASHINGTON

El impacto de la caída de Bannon

La defenestración del estratega jefe de la Casa Blanca deja en el aire sus planes para transformar EEUU y el Partido Republicano

Ricardo Mir de Francia

Bannon interviene antes de presentar al candidato republicano al Senado por Alabama, Roy Moore, en un evento de campaña en Fairhope, el 5 de diciembre.

Bannon interviene antes de presentar al candidato republicano al Senado por Alabama, Roy Moore, en un evento de campaña en Fairhope, el 5 de diciembre. / GETTY IMAGES / JOE RAEDLE

Poco antes de las vacaciones del pasado verano, Donald Trump tomó una de las decisiones más controvertidas de su presidencia, un posicionamiento que llegó precedido de un intenso ruido de sables en el seno de su Administración. Trump anunció en junio la salida de Estados Unidos del Acuerdo de Clima de París, suscrito dos años antes por 173 países para luchar contra el cambio climático mediante la reducción de las emisiones de gases contaminantes. La ruptura marcó la derrota del secretario de Estado, Rex Tillerson, y especialmente de la hija del presidente, Ivanka Trump, los dos asesores que más habían defendido la continuidad del pacto. Steve Bannon había vuelto a ganar. “Punto anotado. La puta está muerta”, exclamó este refiriéndose a Ivanka, según recoge Michael Wolff en su libro ‘Fuego y furia”.

Siete meses después el que parece estar muerto, aunque no enterrado, es Bannon. La materia gris del trumpismo, el albacea de sus esencias populistas, el hombre que pretendía “deconstruir” el Gobierno federal y al mismo tiempo remodelar el Partido Republicano a imagen y semejanza del gran líder. En menos de dos semanas ha perdido a sus aliados políticos, sus patrones financieros y la plataforma mediática que le sirvió para azuzar el resentimiento de la clase trabajadora blanca contra las élites, los inmigrantes y las potencias extranjeras que hacen sombra a Estados Unidos. Bannon ha muerto de éxito. Él mismo se ha suicidado por exceso de arrogancia y de ambición. Por falta de disciplina y por ignorar los dos principios básicos que Trump reclama a su entorno: lealtad al jefe y respeto a su familia. De ser una de las figuras más influyentes en Washington, la mano derecha del presidente ha pasado a ser un paria.

Divorcio consumado

Su caída ha sido fulgurante. Empezó en agosto, cuando fue despedido como estratega jefe de la Casa Blanca, y siguió a principios de este año, cuando Trump le acusó de “haber perdido la cabeza” tras su destitución. El detonante del divorcio fue la contribución de Bannon al explosivo libro de Wolff, donde entre otras cosas sugiere que el hijo del presidente, Don Jr., pudo haber cometido un acto de traición al reunirse durante la campaña con una abogada rusa que le prometió material incriminatorio sobre Hillary Clinton. Solo unos días después sus patrones financieros le dieron la patada y el miércoles perdió su trabajo como presidente ejecutivo de Breitbart, el pequeño portal de noticias dirigido a la derecha radical que transformó en un influyente lanzallamas capaz de hacer sombra a Fox News. “Steve dirigía el portal y controlaba su contenido como un dictador”, había dicho el antiguo portavoz de Breibart, Kurt Bardella.

Obligados a escoger entre el presidente y su agitador en jefe, el hombre que presumía en privado de dirigir las riendas de la Casa Blanca, su entorno eligió al primero. “Candidatos que una vez abrazaron a Bannon se han distanciado de él; los grupos que se alinearon con sus posiciones buscan una separación y el que era su principal respaldo financiero, la familia Mercer, que promovió su causa durante años, ha anunciado que rompe lazos”, escribió recientemente 'The Washington Post'.

Cruzada contra la jerarquía

Su defenestración ha dejado varada la “revuelta populista” que llevaba años impulsando. Primero como guerrillero del Tea Party y, más tarde, como un intruso en la cúspide del poder. En octubre la definió como “un movimiento increíblemente poderoso” de “clase media y trabajadora” que está harta de “la casta política y las élites globalistas que quieren gobernaros desde una ciudad imperial como si fueran la nueva aristocracia”. Más que una amenaza contra los demócratas, su cruzada iba dirigida contra la jerarquía conservadora. Con apoyo de varios multimillonarios como los Mercer, el barón del petróleo Harold Hamm o el inversor de Silicon Valley Peter Thiel, Bannon se había propuesto crear “un partido en la sombra” para destruir a sus enemigos.

Quería impulsar a candidatos nacionalistas y populistas capaces de destronar a los Paul RyanMitch McConnell y el resto de jerarcas conservadores que pugnan por mantener al Grand Old Party como un partido proempresa, prolibre comercio y neoconservador en política exterior. “Vuestros amigos tienen los días contados”, dijo en aquel mismo mitin de octubre refiriéndose a McConnell. Con el tiempo demostró que no era infalible. Sus candidatos en Alabama y Virginia se acabaron estrellando, lo que supuso una humillante derrota para Trump.

Ideas materializadas

Esa misma batalla la había librado antes en la Casa Blanca. Bannon conspiró para aislar cuanto fuera posible al presidente de las opiniones de su séquito con pasado demócrata o adscrito a la vieja guardia republicana. Principalmente a “Jarvanka”, como llamaba despectivamente al matrimonio formado por Jared Kushner e Ivanka. No siempre ganó, pero muchas de sus ideas acabaron materializándose o formando parte del corpus retórico del trumpismo. Desde la ruptura con los tratados de libre comercio, al traslado de la embajada a Jerusalén, el desdén hacia las instituciones internacionales o la construcción del muro con México.

Sus planes han quedado ahora en un limbo. Sin aliados de peso para transformar América y el Partido Republicano, Bannon es un profeta sin púlpito. Un mártir con una causa temporalmente derrotada. En Washington muchos lo han enterrado. “Creo que es el final de Bannon”, dijo esta semana Roger Stone, uno de los confidentes de Trump. Pero otros advierten que en la capital imperial nada es permanente. Ni la victoria ni la derrota. Lo único permanente es la batalla.