DENUNCIA DE HUMAN RIGHTS WATCH

China almacena escáneres de iris y ADN de los 11 millones de uigures

Las organizaciones de derechos humanos denuncian el control a la etnia musulmana

Hombres uigures rezan en una mesquita en Urumqi, en el oesta de la provincia china de Xinjiang. 

Hombres uigures rezan en una mesquita en Urumqi, en el oesta de la provincia china de Xinjiang.  / EUGENE HOSHIKO / AP

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Adrián Foncillas
Adrián Foncillas

Periodista

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China elabora una exhaustiva base de datos biométricos en su provincia más sensible. Oficialmente, pretende mejorar la salud en una de sus regiones más atrasadas. Y también, probablemente, busca la estabilidad social y arrinconar al terrorismo islamista. La organización Human Rights Watch (HRW) ha alertado sobre una campaña que acentuará el atosigante control sobre los 11 millones de uigures, la etnia minoritaria musulmana de la provincia de Xinjiang.

 

Las autoridades recogen muestras de ADN, huellas digitales, escáneres de iris y muestras de sangre de todos los residentes entre 12 y 65 años, según un informe de HRW. Los datos se extienden a cualquier edad si el perfil se entiende sospechoso y a los uigures que no viven en Xinjiang, añade.

 

“El registro obligatorio de los datos biométricos de toda una población, incluido el ADN, es una grave violación de las normas internacionales sobre derechos humanos, y es incluso más inquietante que se realice de manera subrepticia bajo el disfraz de un programa de salud gratuito”, opina Sophie Richardson, directora de HRW en China.

Presiones insalvables 

En el centro de la polémica está el programa “Chequeos Médicos para todos” extendido en los últimos años en la vasta provincia. Es indudable que ha salvado vidas al detectar enfermedades que antes pasaban desapercibidas y luchado contra la pobreza. También es indudable que por esa puerta se cuelan nuevos controles a la población. Los chequeos son voluntarios pero HRW denuncia presiones insalvables. Un uigur que participó en las pruebas el pasado año en Kashgar, cuna del alma uigur y etapa ineludible de la milenaria Ruta de la Seda, ha desvelado que fueron empujados por el comité local. “Negarme habría sido visto como un signo de problemas”, ha explicado. Los uigures necesitan muy poco para que las autoridades les consideren sospechosos. Un periódico local animaba a los funcionarios locales a convencer a los más reticentes.

 

“Las autoridades de Xinjiang deberían renombrar su campaña de chequeos médicos como 'violaciones de privacidad para todos' ya que el consentimiento o la verdadera elección no parecen formar parte de ella”, afirma Richardson.

Farmacéutica estadounidense 

Tampoco esta campaña china de presuntas violaciones de derechos humanos hubiera sido posible sin ayuda occidental. Detrás está la compañía estadounidense Thermo Fischer Scientific que, preguntada por el uso de Pekín de sus servicios, ha respondido que “es incapaz de monitorizar el destino” de todos sus productos. También compañías occidentales han levantado la gran muralla cibernética que cercena la libertad de los internautas chinos.

 

Las informaciones sobre la campaña no han sido verificadas por prensa independiente. Pekín permite el acceso de los periodistas extranjeros a Xinjiang, en contraste con el veto a Tíbet, pero los somete a un marcaje tan angustioso entre policías y espías que desalienta a los más entusiastas. Los uigures, y no los mediáticos tibetanos, son el problema étnico más serio de China. Musulmanes, de lengua túrquica y emparentados con el Asia Central, acumulan pleitos con los han, la etnia mayoritaria china. Los primeros acusan a Pekín de diluir su cultura y expoliar sus recursos naturales, mientras los segundos subrayan el desarrollo económico de una zona desértica y montañosa que sin el paraguas chino sufriría la dolorosa pobreza de las repúblicas vecinas. Ambos se profesan un odio y desprecio irremediable.

Gurpos extremistas 

En la región anida un movimiento integrista radical que ha causado cientos de muertos en todo el país. La actitud occidental, subrayada por las organizaciones uigures en el exilio, menosprecia la amenaza y acusa a China de exagerarla para legitimar el control. No es fácil acomodar esa opinión al reguero de atentados de los últimos años. Un grupo uigur mató con cuchillos y espadas a 31 pasajeros en una estación de tren de Kunming en el 2014 en unos hechos conocidos como el 11-S chino. Algunos terroristas uigures, sin margen de acción en Xinjiang, han acabado en Siria e Irak con el ISIS. Es comprensible que China lamente no recibir las mismas oleadas de solidaridad que suceden a los grandes atentados del islamismo radical.

 

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La presión china ha reducido los atentados. No hay medida que disguste a Pekín para preservar su sacrosanta estabilidad social. Ha multiplicado la presencia policial en la región y condenado a cadena perpetua a Ilham Tohti, un pacífico y admirable defensor de los derechos de los uigures. También ha aprobado normas pedestres y ridículas como la prohibición del velo en las mujeres, las barbas demasiado largas en los jóvenes y los nombres para niños “excesivamente religiosos” como Jihad, Islam, Mecca o Imam.