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Italia no sabe perder

Los medios italianos arremeten contra la UE por no haber logrado la sede de la Agencia Europea del Medicamento

Rossend Domènech

El gobernador de Lombardia,  Roberto Maroni.

El gobernador de Lombardia,  Roberto Maroni. / Daniel Dal Zennaro

“Hemos perdido, mala suerte”. Pues, no. Para Italia no parece tan sencillo esplicarse por qué la Unión Europea no le ha concedido la Agencia Europea del Medicamento (EMA) y que la casualidad de una moneda, o de una bolita en este caso, hayan asignado a Ámsterdam una institución que vale entre uno y dos mil millones de euros, industrias auxiliares y turismo científico incluido.

Los comentarios del día después acusan a España y Alemania de haber abandonado a Italia en la votación final. La primera por no se sabe bien por qué razones –los Borbones fueron derrotados en la península hace siglo y medio--, la segunda, subrayan,  porque forma parte de aquel universo carolingio-protestante, que se liga con el norte continental, donde solo Suecia ha votado a favor de la sede en Milán. Carlomagno y protestantismo, dos aliados contra el sur católico que inspiró excelentes páginas a Max Weber.

Los diarios y televisiones del país han repasado la historia humana entera, desde las votaciones en el parlamento de Atenas hasta la moneda lanzada por los aires en 1968 para “impedir” que en los Mundiales de fútbol la Union Soviética tuviera que jugar con la “herética” –desde el puto de vista socialista-marxista—Yugoslavia. E incluso que (san) Pedro sacó por sorteo el sucesor de Judas el traidor.

Saber perder es un arte o una disciplina en los países con gobiernos centrales consolidados por los siglos, aunque no en Italia, demasiado joven y tal vez demasiado individuilista, a la que cuesta sudores “formar país” o “formar sistema”, como lo llaman, es decir abandonar la rencillas particulares por un momento y unir esfuerzos frente a un interés nacional. Y eso que esta vez –“por primera vez”, escriben varios editoriales-- derechas e izquierdas, gobiernos locales, regionales y nacional, industrias privadas y estatales, todos apoyaban la candidatura. “Demasiado tarde”, escriben el Corriere della Sera, la Stampa y La Repubblica, en referencia a que esa unidad de intentos Francia la alcanzó con la Monarquía, la repitió con la Revolución y prosiguió con la República. O el “todos a la una” de una posguerra mundial (1945), de más de 50 años de la derrotada Alemania, hasta transformarla en el primer motor económico del continente.

“Europa decide por casualidad”, lamenta el conservador 'Il Giornale'. “Milán mofada por un sorteo”, añade el 'Corriere della Sera'. “Si en la UE decide la monedita única”, juega el editorialista Paolo Valentino. “Habría sido más democrático con los dados”, añade otro. “Voto contra Alemania”, se consuela un quinto, ignorando tal vez que Berlín no concurría para la agencia bancaria (ya tiene a la BCE en su suelo), asignada a París.

Los italianos no saben perder, como demuestran decenios de sorteos y finales de competiciones deportivas, por lo que, de suceder, la culpa debe ser siempre atribuida al otro, a otro. Si en unas elecciones parciales, incluso en una sola capital, la mayoría pierde alcaldias a favor de la oposición, se solicita la dimisión del gobierno nacional. Ya lo describió Dante Alighieri, antes aún de que Italia existiera (1870) y lo retrató Pier Paolo Pasolini en varias de sus películas.

El final de las votaciones del lunes pilló al primer ministro Paolo Gentiloni en el aeropuerto de Génova, desde donde volvió a llamar a todos y a cada uno de los gobiernos posibles aliados (en la primera y segunda votación Milán había sido la más cotizada) para obtener su voto. Pero la abstención de la maldita y ofendida Bratislava que esperaba obtener la Agencia, echó todo por los aires, dejando un empate a 13, a dirimir con un sorteo.

Como perder un mundial

“Ha sido como perder la final de un Mundial con una moneda”, ha comentado amargo Sandro Gozzi, subscretario de Presidencia, destacado a Bruselas para dirigir la presión sobre Milán y amante también de las citas históricas: “Seguramente España no nos ha votado nunca, al comienzo lógicamente comprometida con Barcelona, pero enseguida después en apoyo de Amsterdam, en recuerdo tal vez  de la época de la denominación española en los Países Bajos...” .  Quizás haya sido por otras razones, habría que preguntarselo al Duque de Alba, el represor de Flandes.


 

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