Ir a contenido

EL PERSONAJE

Totò Riina, 'u curtu' de Corleone

El más duro de los capos de Cosa Nostra se impuso en una sangrienta batalla que dejó 1.000 muertos en las calles de Sicilia

Rossend Domènech

Totò Riina, durante su juicio, en 1993.

Totò Riina, durante su juicio, en 1993. / AP / GIULIO BROGLIO

En Sicilia, a Totò Riina le apodaban 'u curtu', por su baja estatura. En la península recibía los apelativos de 'fiera', 'animal' y 'demonio'. Además de su famoso “no me doblegarán” (1993), se preciaba de ser “el pararrayos del Estado italiano”. “¿Pararrayos de qué? ¿De quién?”, se han preguntado con frecuencia los analistas de la mafia.

Había nacido en 1930 en una familia de campesinos, como la mayoría de los capos altos e intermedios de la mafia insular. Tal vez sea una reminiscencia de los orígenes de Cosa Nostra, cuando los señores feudales convertidos en aristócratas se trasladaron a la corte de Palermo y dejaron a los campesinos al cuidado de las tierras, y estos se organizaron en hermandades.

Iniciación

El padre de 'u curtu', al que en sus mocedades llamaban Totuccio, diminutivo afectuoso de Salvatore, murió al intentar extraer la pólvora de una bomba de la segunda guerra mundial. Era un artefacto estadounidense, como lo eran los generales que en aquella guerra pactaron desde África con los capos de la mafia para el desembarco en la isla ocupada por los alemanes,  premiándoles después con las alcaldías más importantes. Los soldados liberadores, que se tiraron en paracaídas, llevaban como contraseña un fular con las iniciales de Lucky Luciano, miembro de Cosa Nostra estadounidense y organizador del pacto.

En este contexto, las crónicas relatan que desde niño, 'u curtu' se distinguió por pequeños robos, sustracción de corderos y cabras ajenos y peleas callejeras. Una de estas acabó con la muerte del adversario y el ingreso por primera vez de Riina en la cárcel. Al salir conoció a Luciano Liggio, pintor bien cotizado y mafioso de renombre. Este le inició ritualmente en Cosa Nostra, lo que le acercó a Bernardo Provenzano. Fueron dos capos enfrentados. Provenzano era considerado el pactista con la política, mientras que Riina era el combativo.

Lucha feroz

Liggio, Riina y Provenzano, vecinos de Corleone, la famosa aldea popularizada por Mario Puzo en las novelas de 'El Padrino', combatieron en una lucha feroz contra los mafiosos de otras ciudades, hasta imponerse en Cosa Nostra. Desde entonces se habla de “los corleoneses” o los “pies sucios de fango”, como los mafiosos ciudadanos también les apodaban por sus orígenes campesinos. Mataron a Michele Navarra, médico y alcalde de Corleone, nombrado por el lord inglés que gobernó la isla durante la contienda, y acto seguido comenzaron la guerra contra los mafiosos de traje y buenas frecuentaciones, dejando mil muertos por las calles de la isla.

Giuseppe Pipitone, especialista italiano en mafias, se preguntó un dia por quién estaba detrás de 'u curtu' en aquellos años: “¿Trabaja solo?”. La pregunta ha quedado sin respuesta, aunque en el proceso que se está celebrando sobre las relaciones entre Cosa Nostra y el Estado figura, entre otros documentos, una nota supuestamente manuscrita por Riina (1992) sobre “las condiciones” que pone al Estado para acabar con los atentados.

El trío corleonés ordenó matar en 1983  al primer juez, Rocco Chinnici, y desde entonces nunca nada volvió a ser como antes. Una vez muerto Liggio, Riina y Provenzano se disputaron proyectos y estrategias, hasta que en 1992 Riina se convirtió en el capo de los capos.

El dinero

Ha muerto sin "doblegarse”, o sea chivarse, aunque en la cárcel iba soltando frases, insinuaciones, peticiones de cobertura y, sobre todo, de mitigación del régimen duro: cuando estuvo encarcelado en la isla de Asinara, al norte de Cerdeña, los barcos iban solo dos veces al mes y los familiares podían acudir solo una vez cada 30 días... si el estado del mar lo permitía.

Nadie ha encontrado nunca, al menos oficialmente, las ingentes sumas de dinero que Riina recabó en aquellos años. “Berlusconi nos daba 250 millones cada seis meses”, diría (2013) a un compañero de celda, fuera cierto o no. En una operación policial se encontró el libro maestro de las cuentas, con los peajes pagados por cada comerciante, industrial o vendedor de mercado.

Cuando le detuvieron en enero de 1993, tras 24 años de estar fugado, ordenó a su esposa, Ninetta, que volviera a vivir a Corleone, lo que en el idioma mafioso fue interpretado como “aquí estamos, sin ocultarnos y mandando”.

Temas: Mafia Italia