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LA LAICIDAD, EN CUESTIÓN

La islamización de Turquía empuja a las turcas a un segundo plano

Las agresiones a mujeres por no vestir de forma islámica se multiplican

Adrià Rocha Cutiller

Mujeres turcas de confesión chií en una procesión en Estambul.

Mujeres turcas de confesión chií en una procesión en Estambul. / YASIN AKGUL / AFP

Cuando se levanta cada mañana y se viste, Alina —en realidad no se llama Alina sino que pide que su nombre no aparezca— , por ser mujer, tiene que pensar por qué barrios de Estambul va a moverse ese día. Sólo así puede saber qué ropa puede ponerse y cuál, no. Es una medida de protección. «Normalmente me muevo por el centro, y ahí no hay problemas. Pero si vas a según que zonas o distritos y vas con pantalón corto, falda o escote, las probabilidades de que alguien te diga algo o que te miren mal son muy altas», comenta esta joven.

En los últimos meses, varias chicas han sido atacadas en el transporte público en Estambul y otras ciudades por vestir demasiado corto; por no ir, en definitiva, vestidas según la «moral tradicional islámica». El último incidente pasó en la ciudad de Bodrum, en la costa del Egeo, tradicionalmente la zona más liberal de Turquía. Dos mujeres fueron atacadas por vestir demasiado corto. «¿Qué tipo de ropa es esta?», les gritaron.

Alina, sin ir más lejos, cuando visita el pueblo de sus padres, también se cuida de no enseñar demasiada piel. Por lo que pueda pasar.

«No tengo miedo de que nadie me ataque, porque la gente que lo hace son simplemente algunos locos. Por supuesto que la mayoría de creyentes y musulmanes está en contra de estos ataques. Pero el Gobierno y los principales medios de comunicación, cuando hablan de las mujeres agredidas, justifican a los agresores. Buscan presionar a todas las mujeres para que vistan de la forma en que ellos quieren que vistan. Sobretodo durante estos últimos años, el Gobierno está intentando forzar a la gente a aceptar sus valores conservadores e islámicos. Entonces, cuando un musulmán ve las agresiones por la televisión piensa: “esto no me gusta, no me representa, pero el objetivo de los atacantes es correcto. Una mujer no debería vestir así”».

No es sólo un problema de según qué barrios de Estambul: salvo algunas excepciones —la costa del Egeo y algunos distritos de Estambul y Ankara, donde se concentra la población liberal—, en la mayoría de territorio turco la moral pública la marcan los islamistas en el poder.

Llevar velo, por supuesto, no es obligatorio, pero una mujer es mal vista si enseña demasiado su cuerpo. Y, sin embargo, la cuestión no es sólo qué puede y qué no puede ponerse una mujer encima.

Si una mujer quiere alquilar o comprar un piso con su pareja —y no está casada—, lo más probable es que el casero se lo niegue: el matrimonio, si un hombre y una mujer quieren vivir juntos, es indispensable. «Fue muy complicado encontrar piso con mi novio. Él tuvo que decir que lo alquilaba solo. Si no, no nos lo hubiesen dado. Así que legalmente, aunque viva con él, sigo residiendo en el pueblo, junto con mis padres», se queja Alina, que considera que el país, en este sentido, ha sufrido una regresión enorme: «Hace unos años, para alquilar un piso, nadie pedía los papeles del matrimonio. Desde hace un tiempo se ha vuelto la norma general».

QUIEN MARCA LAS NORMAS

«Las mujeres éramos las que marcábamos nuestros derechos. Pero ahora el Gobierno se ha apoderado de este derecho; y nos lo ha quitado a nosotras. Se creen con la potestad de decirnos cómo tenemos que vestir; cómo tenemos que comportarnos; cómo tenemos que ser», dice Damla Atalay, una abogada muy activa políticamente, que considera que la moral pública turca, desde la llegada, en 2003, de Recep Tayyip Erdogan al poder, se ha vuelto mucho más conservadora.

Y eso repercute, por supuesto, en el papel de la mujer: «Según los islamistas, la mujer tiene que obedecer al marido, tiene que casarse y estar allí para servirle. Si ellos piensan así, bien. Pero nos lo intentan imponer a los demás, a los que pensamos diferente», se queja esta abogada. Damla, optimista, entrevé, al final del camino, la meta final de Erdogan: «convertir a Turquía en una República Islámica. Pero no se lo permitiremos».