LA CARRERA ARMAMENTÍSTICA

Corea del Norte lleva tres décadas desarrollando un misil que pueda transportar una bomba nuclear a EEUU

Los expertos dudan de que Pionyang alcance la tecnología que a otros países más desarrollados les costó mucho dominar

Una imagen facilitada por Corea del Sur de un ’test’ de un misil propio.

Una imagen facilitada por Corea del Sur de un ’test’ de un misil propio. / AP

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Adrián Foncillas
Adrián Foncillas

Periodista

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Las crónicas de diciembre de 2011 saludaban al mofletudo Kim Jong-un como la esperanza de cierta cordura y cosmopolitismo en la apolillada dinastía: había estudiado en Europa y estaba amoldado a la vida occidental. Desde entonces Corea del Norte ha acentuado las purgas internas y el aislamiento internacional, suma sanciones cada mes y sigue sin pisar las negociaciones para su desnuclearización. Pero son sus cotidianos lanzamientos de misiles los que epitomizan la deriva de su Gobierno.

El de ayer asustó a los japoneses pero iba dirigido hacia Washington: si en lugar de apuntar al este lo hubiera hecho al sur habría caído a apenas 500 kilómetros de la base estadounidense de Guam. Es el último desafío que afronta Trump de la horma asiática de su zapato. También es el último mojón de una carrera misilística nacida en 1980 que ha salvado a los Kim del destino trágico de tiranos hostiles a Washington como Sadam Husein o Muamar el Gaddafi.

Los célebres y baratos Scud soviéticos comprados a Egipto fueron el germen. Los ingenieros norcoreanos fueron potenciándolos para crear sus Hwasong y Nodong y hoy ya dispone de seis tipos de misiles propios. Los intercontinentales o ICBM suponen el final del camino y explican la crisis actual: su capacidad para enviar una bomba atómica a EEUU es un seguro de vida y el argumento para arrastrar a Washington a negociar. Se entiende, pues, el júbilo en Pionyang con sus dos pruebas relativamente exitosas de julio después de que Trump hubiera prometido impedirlo. Si aquellos misiles modificaran su anormal trayectoria abombada por la horizontal alcanzarían suelo estadounidense, dice la teoría.

Escepticismo

Pero los expertos son más escépticos. Trasladar una bomba atómica al otro lado del planeta exige una ojiva que pueda ser calzada en un misil. También requiere un ICBM dotado de protección contra las vibraciones del despegue y las presiones en la reentrada en la atmósfera. Y si sigue entero entonces, aún queda pendiente el asunto de la puntería. No hay ninguna evidencia de avances en esas complejas tecnologías que a otros países más desarrollados les costó décadas dominar. Las crónicas entusiastas de la prensa norcoreana sobre el último lanzamiento obviaron que los tres cuerpos del misil se desintegraron al regresar a la atmósfera. Las recurrentes imágenes propagandísticas que muestran Nueva York o Washington destruidas por sus armas nucleares se antojan aún lejanas.

Sólo Corea del Norte y EEUU parecen convencidos de lo contrario. La primera, porque necesita reivindicarse ante un pueblo al que alimenta con dificultad. El segundo, para justificar el mastodóntico presupuesto militar y el despliegue en el patio trasero chino.

Pero el camino recorrido es apreciable, especialmente para un pequeño país empobrecido, estrangulado por las sanciones internacionales y con problemas serios de malnutrición. El desfile militar de marzo sirvió de escaparate para sus últimos avances. Los proyectiles eyectados desde submarinos dificultan su detección pero su uso es improbable porque los norcoreanos son terriblemente ruidosos. Más importante es el uso del combustible sólido, que reduce el tiempo de carga y permite el lanzamiento en ráfagas para confundir y superar los escudos antimisiles. También son reseñables los escudos que protegen de las vibraciones y los cambios de temperatura.

Deseo y realidad

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Pero en la carrera militar norcoreana se suelen confundir el deseo y la realidad. En aquel desfile se apreció el cono tembloroso de un misil y no era la primera vez que Pionyang mostraba armamento de cartón piedra. Tampoco el número de fallos (17 de 78 lanzamientos durante el quinquenio de Kim Jong-un) tranquiliza si hablamos de misiles que algún día llevarán carga nuclear. El proyectil Musudan de medio alcance sólo ha registrado un éxito en sus siete pruebas del pasado año.

Pero no son las dificultades técnicas sino la lógica la que aporta más tranquilidad. La paradoja del programa nuclear norcoreano es que nació para asegurar la supervivencia de sus líderes pero su uso contra EEUU certificaría su final inmediato. Es improbable que Kim Jong-un, tercer eslabón de una dinastía que ha aguantado siete décadas en el poder, lo ignore.