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POLÉMICA EN ESTADOS UNIDOS

La ONU reprende a Trump por su ambigüedad frente al racismo

El presidente de EEUU se se defiende atacando a la prensa en un mitin en Arizona

El mandatario amenaza con cerrar el Gobierno si el Congreso no financia su muro fronterizo con Néxico

Ricardo Mir de Francia

Seguidores de Trump acuden al acto del presidente en Phoenix (Arizona).

Seguidores de Trump acuden al acto del presidente en Phoenix (Arizona). / AFP / DAVID MCNEW

No suele el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de Naciones Unidas, formado por expertos independientes, terciar en las trifulcas políticas de los estados miembros a menos que perciba riesgos de conflicto étnico o religioso. En la última década, solo ha emitido “alertas preliminares” respecto a la situación en Burundi, Irak, Costa de Marfil, Kirguistán y Nigeria. Pero este miércoles incluyó también a Estados Unidos en su lista de países advertidos. En un comunicado desde Ginebra, el comité instó a la Casa Blanca a que condene de forma “inequívoca e incondicional” las manifestaciones de racismo y promueva la tolerancia tras señalar el “fracaso de las instancias más altas de su Gobierno” para denunciar los incidentes racistas de Charlottesville.

La advertencia de la ONU es una muestra de la preocupación que ha despertado en las cancillerías de medio mundo la deriva de la presidencia estadounidense, ejemplificada en la tibia y tardía condena que Donald Trump hizo de los grupos racistas que crearon el caos en la pequeña ciudad universitaria de Virginia. No están solos porque en Estados Unidos son cada día más las personalidades que cuestionan la salud mental del presidente para seguir al frente del país. James Clapper, hasta hace unos meses director de la Inteligencia Nacional, ha sido el último en disparar. “Realmente me pregunto si tiene la capacidad, la salud mental, para ocupar el cargo, y las motivaciones que tiene para hacerlo”, dijo en una entrevista a la CNN.

La mejor defensa, un buen ataque

Clapper habló poco después de que Trump concluyera su última diatriba en un mitin de 72 minutos en Arizona, donde recuperó la exuberancia dialéctica de la campaña, solo un día después comparecer apocado y empequeñecido para relanzar la guerra de Afganistán en un discurso a la nación. En Phoenix, se dedicó en gran medida a defenderse de las críticas que recibió por su respuesta a los sucesos de Charlottesville. Y lo hizo atacando a la prensa, su diana favorita.

“Son verdaderamente deshonestos y se inventan las historias”, dijo ante un público entregado, que, no obstante, empezó a marcharse antes de que acabara su discurso. “No informan de los hechos, como no informaron de cuando hablé con dureza contra el odio, el racismo y la violencia y condené con fuerza a los neonazis, los supremacistas blancos y el KKK”. Es cierto que los condenó formalmente pero solo un día después de mostrar una alarmante equidistancia entre ellos y los grupos que acudieron a oponérseles, a los que luego bautizó como la “izquierda alternativa”. Del 'New York Times' dijo que es un periódico “fallido”. Del' Washington Post', “un lobby para Amazon”. Y de la CNN, simplemente que “apesta”.

El muro de México

Como es habitual en sus dispersas arengas, el espectáculo dio para mucho más. Trump barnizó un buen rato su ego (“la cantidad de gente que ha venido es increíble”), llamó “matones” al grupo de manifestantes que se había concentrado afuera, dijo que “probablemente” sacará a su país del Nafta (el acuerdo comercial con México y Canadá) y sugirió que se dispone a indultar al sheriff Joe Arpaio, condenado por un tribunal por ignorar las órdenes del juez que le pidió que dejara de detener a inmigrantes sin más motivos que su aspecto.

Trump también amenazó con dejar sin financiación al Gobierno federal, lo que provocaría el cierre de numerosos organismos, si el Congreso se niega a financiar el muro en la frontera de México. “Los demócratas obstruccionistas no nos dejan hacerlo. Pero creedme, aunque tenga que cerrar nuestro Gobierno, vamos a construir ese muro”.

Al acabar el mitin, el ex embajador británico en Washington Peter Westmacoot lo comparó con los de la Alemania nazi. “Veo sombras de 1933 en Alemania”, dijo, y añadió que el discurso había sido una “invitación a los autócratas” para “jugar al mismo juego, solo que más peligrosamente”.

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