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VIOLENCIA EN EL PAÍS AFRICANO

La violencia yihadista sitúa a Mali en la senda de Irak

La proliferación de grupos yihadistas ha convertido al país africano de la región del Sahel en un auténtico polvorín en el que, como ocurre en el país árabe, actúan suicidas y se perpetran atentados con coches bomba

Beatriz Mesa

Restos de un atentado suicida en el norte de Mali el pasado mes de enero.

Restos de un atentado suicida en el norte de Mali el pasado mes de enero. / AFP

El último joven entregado a la locura de cualquier acción en cualquier lugar y momento era un muchacho de la etnia peul del norte de Mali, considerada de rango inferior dentro de la escala comunitaria de la región, a pesar de que los peuls en otros momentos de la historia saheliana llegaron a levantar un imperio fuerte que contribuyó a la propagación del islam en el África Occidental. Quizá, el sometimiento peul a la esclavitud árabe y tuareg explica el por qué esta etnia abunda en las filas de las organizaciones armadas de naturaleza yihadista en el Sahel. Es como si quisiera vengarse de la exclusión social y el vasallaje acumulado durante años y lo hace enrolada en grupos insurgentes como Ansar Dine (defensores del islam), encabezado por el tuareg Iyad el Gali, un delirante personaje escondido en un punto fronterizo entre Argelia y Mali, donde tiene asentada una sofisticada estructura armada levantada a lo largo de la última década gracias al contrabando, el narcotráfico y los secuestros.

El joven  peul, menor de edad, fue vendido por su familia al grupo de Gali, por unos 1.500 euros. Probablemente, el chaval ignoraba que acabaría abatido en la misma operación terrorista que emprendió contra un resort turístico en Bamako y acabó con la vida de dos personas el pasado mes de junio. La capital maliense, que por primera vez en la historia del país está en el centro de la diana yihadista, ha dejado de ser un manso lugar que reunía a cientos de turistas dispuestos para recorrer en camello el desierto saheliano y descubrir el patrimonio milenario de las ciudades históricas de Gao o Tumbuctú. Desde que Francia declaró la guerra a los grupos yihadistas en el norte de Mali en 2013 y envió a sus soldados, según el discurso oficial, con el fin de recuperar la integridad territorial del país, no sólo erosionada por los llamados terroristas también por otros grupos armados tribales que igualmente reivindican el control del territorio, la inseguridad es creciente en los cuatro costados del país. 

Estado fallido

La violencia, de estar sólo enraizada en el norte de Mali, se ha extendido hacia el centro y el sur, con difícil remedio por parte de un Estado casi fallido que, por el momento, es incapaz de materializar un acuerdo de paz con los grupos insurgentes secesionistas que, a su vez, están envueltos en luchas fratricidas por un reparto territorial que les supongan continuar extrayendo beneficios de las rutas del narcotráfico.  El baño de sangre semanal suele ser la tónica en las ciudades del norte de Mali donde un mortero o una mina hace saltar por los aires a un vehículo de los cascos azules de Naciones Unidas o donde una emboscada de milicias armadas contra efectivos del Ejército maliense en la región norteña de Mali destroza para siempre a los familiares de militares asesinados que ni siquiera han entendido cuál es su lucha.

“El Ejército es un medio de vida para nosotros. Los militares (de la etnia negra bambara) no conocemos el norte y no estamos preparados para enfrentarnos a los grupos armados árabes, tuaregs y de otras tribus….”, comenta un joven soldado a EL PERIÓDICO. Los secuestros ya no sólo de occidentales, sino también de combatientes malienses de cualquiera de las filas armadas enfrentadas entre ellas por ajustes de cuenta, normalmente relacionada con alijos de hachís o de cocaína, dificulta hallar una solución en el contexto de la estabilidad del país saheliano zarandeado por narcos yihadistas, secesionistas y avariciosos actores estatales.

Con la presencia de las botas francesas en Mali, pero también en toda la región del Sahel, se han dado nuevos argumentos a la construcción de la retórica clásica en la nebulosa yihadista sobre la “lucha contra el enemigo invasor”. También ha influido la apatía de los jóvenes árabes, tuaregs, peuls o songhais, golpeados por la injusticia social y la escasez de oportunidades en tierras desérticas. La figura del suicida no se conocía al igual que los coches-bombas propios del escenario iraquí, sin embargo, ya se ha convertido en una habitual estampa maliense.

“El lavado de cerebro ha hecho que los jóvenes lloren y griten buscando morir por una causa divina. Son menores de edad. A veces, los padres intentan recuperarlos pero ya los niños no quieren volver a sus casas. Cuando yo integraba la organización de Mojtar BelMojtar había un hombre, Mohamed Ould Naqat, encargado de reclutar a jóvenes saharauis, malienses y de Sudán y para los que preparaba cinturones explosivos”, explica el arrepentido, M’Bareck Ould Ahmed.

Presencia internacional

La nueva guerra de Francia en el norte de Mali ha generado reclutas adicionales a la ideología yihadista encarnada en los grupos de Ansar Dine, AQMI, o el Frente de Liberación de Macina, pero también a los grupos armados rivales de tendencia secesionista (GATIA, MAA, MSA, MNLA….) a los que les incomoda una presencia internacional cuyo objetivo inicial era fulminar a los hostigadores del yihad. Sin embargo, no sólo continúan en suelo maliense, sino que además se han desintegrado en nuevas milicias para proteger sus intereses económicos porque la milicia es la tribu y la tribu es el espacio bajo su influencia por donde transitan los comandos del crimen organizado.

Una ecuación compleja que resume la realidad saheliana: poder y dinero. “El estallido del conflicto del 2012 cuando los insurgentes intentaron apropiarse de todo el norte de Mali y la posterior intervención internacional ha provocado un aumento de enfrentamientos, la destrucción de una sociedad de valores y jerarquizada. En la actualidad, todos contra todos” dice el periodista árabe de Tumbuctú, Houssein Ould Sad, quien asegura que no hay hombre que se precie en Mali sin un arma que le ofrezca protección personal y estatus. “El arma -miles de ellas circulan por el Sahel-ha permitido la creación de grupos de banditismo, delincuencia y lo que sea por sobrevivir”, agrega. 

El yihadista del Sahel

El tuareg de la tribu Ifoghas, Iyad El Gali, nacido en Kidal, al este de Mali, tras anunciar el pasado mes de abril la creación del grupo “Jamaat nosrato al Islam sal Mousimine (los defensores del Islam y de los musulmanes)”, se presenta como uno de los principales cabecillas de la ideología yihadista en la región del Sahel (la extensión desértica que transcurre desde Senegal, en la costa atlántica, hasta el mar Rojo). En su última aparición pública, en una entrevista realizada por el periódico árabe “Al Masrac”, el tuareg Gali aseguró que el Yihad es un movimiento extendido por el África Occidental que consiste en “movilizar a los combatientes contra la injusticia y el retorno del imperialismo francés y sus agentes coloniales”. A lo que añadió: “ Francia representa el enemigo histórico de los musulmanes y sus aliados occidentales, así como los americanos. Igualmente, sus regímenes africanos aliados como Chad, Guinea, Costa de Marfil, Sengal y Niger". Su disertación terminó volviendo a arremeter contra Francia: “Nuestro enemigo histórico volvió a África para el pillaje de las riquezas. Hay que expulsarles y combatirles. De esta manera estaríamos recuperando la memoria de cuantos se enfrentaron al imperialismo como Oqba Ibn Nafi ou Abdelkrim Khattabi o Othmane Foudi”.