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balance en francia

Macron, el monarca republicano

La crisis con el estamento militar acaba con el periodo de gracia de Emmanuel Macron que pierde popularidad y acumula críticas por su modo autoritario de ejercer el poder, su omnipresencia mediática y su gusto excesivo por la imagen

Eva Cantón

Macron saluda a la multitud desde su coche presidencial en París.

Macron saluda a la multitud desde su coche presidencial en París. / FRANÇOIS LENOIR / REUTERS

Para alejarse de la presidencia "normal" que marcó el estilo de Gobierno de François Hollande, Emmanuel Macron recurrió a la mitología y llegó a la conclusión de que Francia necesitaba un jefe de Estado "jupiterino" que, como el dios romano, hablara en ocasiones contadas e impusiera firmemente su autoridad desde el Olimpo.

El presidente francés ha querido situar su monarquía republicana de inspiración gaullista bajo el signo de Júpiter, pero las contradicciones del mantra que alimenta el ‘sistema Macron’ –una política de derechas y "al mismo tiempo" de izquierdas- han aparecido cuando apenas lleva tres meses instalado en el Elíseo. 

En la prensa y en la clase política hay cierta unanimidad. Macron ejerce un liderazgo férreo, centralizado e híperpersonal.  Actúa y rectifica deprisa, maneja como nadie los símbolos y cuida al detalle la puesta en escena de sus actos públicos. Ese celo en lo teatral le ha permitido un debut más que notable en la esfera internacional pero en el ámbito doméstico su omnipresencia mediática y un gusto excesivo por la imagen empiezan a pasarle factura.

Su popularidad se ha hundido en tiempo récord. Puede recuperarla, pero perder diez puntos en un mes es un aviso de que el estado de gracia se ha terminado. Paradójicamente, el fin de la luna de miel no ha venido de un previsible choque de trenes con los sindicatos por la reforma laboral, ni por la dimisión fulminante de tres miembros del Ejecutivo que ponían en duda la honestidad de la ley sobre la moralización de la vida pública.

Pecado original

Su pecado original fue una frase pronunciada el 13 de julio en los jardines del Palacio de Brienne, sede del Ministerio de Defensa. "No es digno exponer ciertos debates en la plaza pública. Yo soy vuestro jefe. No necesito ninguna presión ni ningún comentario".

Iba dirigida al Jefe del Estado Mayor del Ejército, el reputado general Pierre de Villiers, que se había quejado del tijeretazo de 850 millones de euros en el presupuesto del 2017 destinado a equipamiento. "No me dejaré joder así", había dicho sin rodeos en una comisión a puerta cerrada en la Asamblea Nacional.

El desacuerdo se saldó con la dimisión del general y el estallido de una crisis inédita con el estamento militar. "Que alguien que no ha hecho el servicio militar le explique su concepto del deber a un hombre que ha arriesgado su vida en Kosovo y Afganistán supera todos los límites", se lamentaba un amigo de De Villiers.   

Ese rasgo de autoritarismo juvenil y la humillación pública de un alto mando respetado dentro y fuera del Ejército arruinó en un instante el capital de confianza que Macron había ganado a base de guiños hacia las Fuerzas Armadas desde el mismo día de su investidura recorriendo los Campos Elíseos a bordo de un vehículo militar.

Su rudeza hacia la institución castrense puso a todo el mundo en su contra: militares, clase política y opinión pública. Para remediar el destrozo, la ministra de Defensa, Florence Parly, desbloqueó 1.200 millones de euros en créditos, pero es pronto para saber cuánto tardará en cerrarse la herida.

Diplomacia audaz

La victoria de Macron frente a la ultraderechista Marine Le Pen tranquilizó a Bruselas y, con el aura del europeísta que frenó el avance del populismo en el viejo continente, viajó rápidamente a Berlín para revitalizar el eje franco-alemán y prometerle a Angela Merkel las reformas económicas a las que Francia lleva décadas resistiéndose. 

El exministro de Economía se reveló pronto como un estratega audaz con líderes internacionales poco presentables. Recibió a Vladimir Putin en el Palacio de Versalles, a Donald Trump le ofreció en la plaza de la Concordia una tribuna de honor para presenciar el desfile militar del 14 de julio y ante el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, reconoció el papel de Francia en la deportación de judíos durante la segunda guerra mundial.

Con esos encuentros volvió a colocar a Francia en el centro del tablero internacional aprovechando un contexto favorable. Moscú es un actor inevitable en la solución del avispero sirio, Londres ha desaparecido como interlocutor privilegiado de Washington en Europa y Occidente carece de un líder que mueva ficha en Oriente Próximo.

La diplomacia de Macron consiste en ofrecer diálogo en lugar de condenar al ostracismo a los interlocutores incómodos. Desplegar la alfombra roja y toda la pompa de la República para impresionar a sus invitados, atraerles hacia zonas donde los intereses convergen y mantener abiertos los canales de comunicación.  De momento, esa apuesta le ha salido bien. Ahora, la tarea es interna.

"Hace ya tres meses que Emmanuel Macron no está al frente de un pequeño comando dispuesto a romper todos los códigos para llegar al poder. Es el presidente de la República y va siendo hora de que crezca un poco", decía en un reciente editorial el diario 'Libération'. "Júpiter regresa bruscamente al mundo de los humanos", resumía el conservador ‘Le Figaro’.