29 mar 2020

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"Sólo veo pobreza, pobreza y más pobreza"

Li, un campesino jubilado, tendrá que volver a trabajar para devolver los créditos que ha pedido para pagar los costes del tratamiento del cáncer que padece su esposa, unos 26.000 euros

Adrián Foncillas

Li Fengnan.

Li Fengnan. / ADRIÁN FONCILLAS

Dice que la tensión le lleva estos días a fumarse dos paquetes diarios pero en la siguiente hora y media de conversación se habrá ventilado uno, rehúsa cortésmente la invitación a almorzar por falta de apetito y su mirada extraviada revela que aún no ha digerido los resultados médicos recibidos esta mañana. “Ya no hay nada que hacer. Hay metástasis. Le han dado tres meses de vida”. Li Fengnan, de 61 años, habla de su esposa, Bao Haiquan, de 59.

Es el final de un trayecto que empezó tres años atrás con el diagnóstico de un cáncer de hígado que les ha costado ya 200.000 yuanes (casi 26.000 euros). Li tiene las manos callosas y nervudas del que siempre ha trabajado la tierra. Representa la clase más baja de la China rural, en las antípodas de las mediáticas Pekín, Shanghái, Hong Kong y otras grandes urbes de la costa oriental. Ganaba entre 6.000 y 10.000 yuanes anuales (entre 780 y 1.300 euros) plantando patatas y arroz en su aldea de la provincia norteña de Jilin hasta que el cáncer le obligó a dejarlo para cuidar a su esposa.

CUARTUCHOS PRIVADOS

Han venido varias veces a Pekín desde que descubrieron que el tratamiento en Jilin no funcionaba. Primero en un hotel, del que se fueron a los cuatro días por caro, y luego en varios de esos cuartuchos privados. En esta ocasión, con la sospecha de que sería la última, han regresado al hotel. “No quería que mi mujer pasara estos días en esos lugares horribles”, señala. Es un hotel de una cadena de bajo coste, con paredes desconchadas y las moquetas raídas, sucias y agujeradas de quemazos de cigarrillos, pero pasaría por el Palacio de Versalles comparado con la vecina isla del cáncer.

Li viste ropa pasada de moda y barata pero limpia y bien planchada. Hay algo conmovedor en sus esfuerzos por dotarse de dignidad en los últimos trámites de la enfermedad con hoteles por encima de su presupuesto y camisas nuevas. “Tendré que vender la casa para devolver lo que me han prestado, quizá tenga que transferir la tierra. Estoy jubilado pero trabajaré de lo que sea. Pero en eso ya pensaré más tarde, ahora tengo que resolver lo de mi esposa”, cuenta.

CONCEPTO VAPOROSO

Pekín acuñó hace un par de años el “sueño chino” como objetivo de su política económica. Es un concepto vaporoso que alude a una calidad de vida mínima para todos. El crecimiento económico en la China rural en los últimos 30 años ronda un espectacular 8% y las mejoras, aunque palidecen con las de las zonas urbanas, han sido palmarias. Ocurre que cualquier enfermedad de larga duración arruina una economía familiar. La reforma sanitaria busca también estimular el consumo interno porque la inquietud por el futuro aconseja ahorrar.

Entre los pilares de esa reforma figura mejorar los hospitales de las zonas rurales y aumentar los sueldos de sus doctores para que no marchen a los grandes hospitales. Las mejoras en los últimos años han sido sustanciales, señala la OMS, pero aún insuficientes para vencer la desconfianza y detener el éxodo a la capital cuando llega la enfermedad.

El cáncer ha arruinado los planes de una modesta pero plácida jubilación del matrimonio. Li y su esposa contaban con los 80 yuanes (10 euros) por cabeza que reciben del Gobierno por su condición de “extrema pobreza” y alimentarse de su pequeño huerto. Unos últimos años tranquilos y merecidos tras una vida dura. “Pobreza, pobreza y más pobreza”, responde cuando se le pregunta qué ve en el futuro. “Y además tengo un hijo casadero, tendré que ayudarle con la casa…”, dice mientras prende otro cigarro.

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