La guerra de Siria llega a las calles de Berlín

La oenegé alemana 'Refugee Voice Tours' convierte a refugiados en guías turísticos que explican sus vivencias durante el conflicto y agiliza su integración

El refugiado sirio Eyas, en el centro de la imagen, explica su historia en la Gendarmenmarkt de Berlín.

El refugiado sirio Eyas, en el centro de la imagen, explica su historia en la Gendarmenmarkt de Berlín. / CARLES PLANAS BOU

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Son las tres de la tarde. El sol pica en Berlín y la masa de turistas paseando por el centro histórico indica que ya es verano. Guías haciendo señales, gente mayor con pinganillos y asiáticos con cámaras colgando del cuello se pasean por el museo que expone la sórdida historia de la Gestapo y las SS, la policía secreta y el aparato de seguridad nazi. En un rincón apartado, 13 jóvenes escuchan atentamente otra historia de persecución y represión mucho más actual. Hoy, su guía se llama Eyas y su relato es el del conflicto de Siria, la guerra de la que tuvo que huir.

A pesar de tener tan solo 28 años su aspecto es el de un hombre mucho mayor. Con una posición corporal introvertida, Eyas intenta sintetizar la compleja historia reciente de su país. Natural de Hama y residente en Damasco, donde estudiaba medicina y daba apoyo psicológico a menores, vivió en primera persona las manifestaciones contra el régimen de Bashar al Asad. Pensaba que las protestas forzarían al gobierno a cambiar pero todo estalló con los bombardeos contra los rebeldes que mataron a niños. “La revuelta me permitió gritar con libertad por primera vez pero la muerte que la siguió rompió mi corazón porque rompió la esperanza que las protestas me habían devuelto”, confiesa. En su muñeca izquierda cuelga una pulsera verde, blanca y negra, colores de la bandera de la independencia siria de 1946 readoptada por los revolucionarios.

Pero mientras sus compañeros y conocidos tenían que huir de su país para subirse en balsas y pagar a las mafias para que los llevasen a Europa, él pudo esquivar esa desgracia. “Siempre digo que soy el refugiado con más suerte del mundo”, explica con una media sonrisa tímida. En medio del caos de la guerra, Eyas colaboraba a escondidas con una oenegé francesa en la que se promocionaba la democracia. En Damasco no temía las bombas pero sí la represión por pensar diferente. Tras una llamada desde París lo eligieron para participar en un taller. El año pasado escapó hacia Líbano y ahí obtuvo permiso para volar a la capital francesa. “Estoy vivo gracias a Francia”, explica.

LA VOZ DE LOS VULNERABLES

Se dice que la Historia la escriben los vencedores pero aquí los vencidos también tienen mucho que decir. Con esta idea de fondo nació en 2015 ‘Refugee Voice Tours’, una organización sin otro ánimo que dar voz a los refugiados sirios instalados en Berlín. Ellos son ahora los guías. A pesar de que Alemania fue de los pocos países que abrió sus puertas cuando cientos de miles de personas se apelotonaban en Grecia y los Balcanes tras huir de las guerras que azotan Oriente Próximo y África, la administración se ha visto desbordada. Muchos refugiados han quedado atrapados esperando su permiso legal en un lento y frustrante limbo burocrático. “Intentamos llegar ahí donde el gobierno no puede”, explica Lorna Cannon, una guía turística británica afincada en Berlín que fundó el proyecto.

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Así, no solo se busca acercar las experiencias de la guerra de Siria a los ciudadanos sino que también es una vía para dar una ocupación a los recién llegados que se están integrando. Solo en Berlín decenas de oenegés han seguido el mismo camino ofreciendo clases de alemán, talleres y cursos de formación. “Sin esta ayuda muchos de ellos perderían oportunidades y quedarían aislados”, añade Cannon. Copenhague y París ya han abierto los brazos a esta iniciativa, que busca nuevas capitales donde aterrizar.

La fortuna volvió a sonreír a Eyas y en seis meses consiguió su permiso de asilo. Su hermano consiguió un visado para estudiar en la ciudad alemana de Magdeburgo pero sus padres, con quienes habla a través de Skype a diario, aún están en Damasco. Ahora, combina su tarea como guía con las clases de alemán mientras estudia aplicar para la universidad y busca piso en las afueras de Berlín. En el corazón de la capital, en el parque temático en el que se ha convertido el antiguo punto de control fronterizo de Checkpoint Charlie, Eyas agita los brazos bajo el sol mientras los jóvenes turistas le preguntan por el final de una guerra que cada vez se hace más difícil de divisar. “Ya no se trata de una revolución, ni de una guerra civil, sino de un conflicto internacional en el que tenemos poco que decir”, suspira, frustrado. “Hace tiempo llegué a entender que el país al que quiero está perdido, no tengo ningún futuro ahí”.