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Vacaciones en Pionyang

Corea del Norte ofrece un amplio surtido de opciones a los miles de turistas extranjeros

Adrián Foncillas

Visita de periodistas extranjeros a una estación de metro en Pionyang.

Visita de periodistas extranjeros a una estación de metro en Pionyang. / EFE / DAMIR SAGOLJ

Surfear en la costa oriental, correr entre los flamantes rascacielos de delirante arquitectura de Pionyang en su ya icónica maratón o verlos mas relajado desde un helicóptero, esquiar en el recién levantado resort de Wonsan, recorrer las abundantes cadenas montañosas, comprobar cuánto sarcasmo esconde el nombre de la Zona Desmilitarizada, admirar el paso de la oca de sus tropas en los desfiles militares… Al turista no le faltan opciones en el país tercamente señalado como el más hermético del planeta.

La atracción global hacia ese pequeño, empobrecido y lejano país que cíclicamente ocupa las portadas globales se traduce ya en visitantes. El hotel en el que se alojaba la prensa extranjera el mes pasado era un trajín de turistas occidentales. “Hemos traído desde familias con niños de dos años a jubilados de más de 90 años. Calculo que más de cien nacionalidades. Lo ofrecemos todo, desde recorridos muy caros a otros para mochileros”, señala con una jarra de cerveza fría en el bar del hotel James Finnerty, manager de la agencia Lupine Travel. Está especializada en sitios donde a tu madre no le gustaría verte: contáctenle también si les interesa Chernobyl. En cinco años han pasado de traer 150 extranjeros anuales a 500. Las habituales guerras inminentes no afectan al negocio, explica. Sólo lamenta las fronteras cerradas durante meses por el ébola. 

“Van los que quieren contárselo luego a sus amigos, los coleccionadores de países, muchos que han leído sobre Corea del Norte y quieren experimentarlo por sí mismos, algún enamorado del socialismo… el perfil es variado”, revela Simon Cockerellpionero del turismo en Corea del Norte. Su compañía Koryo Tours empezó en 1993 y hoy acapara el grueso del pastel. El país ofrece un viaje en el tiempo a la China maoísta o a la antigua URSS.

No es raro leer que Corea del Norte, estrangulada por las sanciones económicas, estimula el turismo en su desesperada búsqueda de divisas. Kim Jong-un dijo años atrás que el país recibiría un millón de turistas en 2017 y dos en 2020. Ese propósito oficial es tan quimérico como tantos otros. No se publican datos y las estimaciones cifran los turistas anuales en 100.000, de los que más del 90% son chinos. Una veintena de agencias se reparten, pues, apenas unos cuantos miles de extranjeros. “El número no ha aumentado sustancialmente en los últimos años”, concluye Cockerell, quien ha visitado el país más de 160 veces.

BLINDAJE, PRIORITARIO

Corea del Norte necesita divisas pero sus tradicionales preocupaciones frenan el desarrollo. El blindaje ante cualquier amenaza del exterior es aún prioritario y también asusta que la visión de ricos extranjeros pueda plantear dudas a su población sobre su paraíso socialista. Algunos indicios sí apuntan a una relativa apertura. Cada vez hay más lugares permitidos al turista cuando antes estaba constreñido al recorrido propagandístico.

Un viaje de una semana debería incluir la capital, que sorprenderá por su modernidad, y la zona desmilitarizada. “También ciudades industriales como Chongjin porque son lo que la gente espera: grandes, sucias, con poco tráfico y gente que viste casi igual… Y en invierno, el nuevo complejo para esquiar”, aconseja Cockerell en las oficinas de Pekín.

LA SOMBRA CONSTANTE DE DOS GUÍAS

Abundan las restricciones. Será imposible desmarcarse de los dos guías asignados, quienes comprobarán que no se toman fotos de militares, edificios en construcción y que salen de cuerpo entero los líderes. El efecto es parecido al de las excursiones escolares. La privacidad no existe, las comunicaciones son intervenidas y travesuras como robar un póster de los líderes de la habitación del hotel cuestan 15 años de trabajos forzosos. Conviene dejar en casa la colección pornográfica, la Biblia y cualquier libro o diario occidental en general. Las agencias informan a sus clientes de las reglas y, aseguran, nunca han tenido un problema serio.

No se han relajado las prohibiciones ni el control pero sí se permite más contacto con la población local. Los cambios desesperadamente lentos torpedean la industria, lamentan las agencias. Es evidente que sólo se puede ver lo que Corea del Norte quiere mostrar pero eso no convierte el viaje en una sucesión de momentos Potemkin. “La gente siempre regresa contenta porque va con expectativas bajas. Dicen que la comida era mejor y que han tenido más libertad de lo que esperaban”, señala Cockerell.

El paquete más barato de Lupine Travel, especializada en recortar gastos, cuesta 875 euros por cinco días y cuatro noches viajando en tren desde Pekín. Todos los de Koryo Tours, siempre desde la capital china, superan el millar de euros. Cualquier vuelo interno dispara el presupuesto. Hay destinos más baratos, pero ningún otro permite adentrarse en el último fósil de la Guerra Fría cuando el mundo está fatalmente infectado por el virus de la globalización y ya ni Cuba es lo que era. 

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