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GUERRA EN SIRIA

El hombre más viejo del mundo es un refugiado sirio de 114 años

Yousef Abdalruhman, nacido el 1 de enero de 1903 en Deraa, languidece junto a su hija y su nieto en el campo de Zaatari (Jordania)

El anciano, que ha perdido capacidad auditiva y apenas se puede mover, vive postrado en su cama en una caravana

Martí Benach

Yousef y su hija Nejmeh, en su caravana de Zaatari (Jordania), en una imagen reciente.

Yousef y su hija Nejmeh, en su caravana de Zaatari (Jordania), en una imagen reciente. / UNHCR / BALQUEES ALBSHARAT

En el desierto de Jordania, a solo 15 kilómetros de la frontera con Siria, el emblemático campo de Zaatari acoge ahora mismo a cerca de 80.000 refugiados. Todos son sirios, huidos sin excepción del infierno de la guerra en su país, al que no saben si algún día van a poder regresar. Entre ellos, simulando ser uno más, languidece un venerable anciano, Yousef Abdalruhman, cuya esperanza y memoria, irremediablemente, se van desvaneciendo con el paso del tiempo. En enero cumplió 114 años y es, seguramente, el hombre más longevo del mundo.

La historia de Yousef, que comparte habitáculo con su hija Nejmeh y su nieto Ahmad, salió a la luz en febrero del 2016, cuando la Agencia de la ONU para los Refugiados divulgó un vídeo sobre el “hombre más viejo de Zaatari”. Decían de él que era “posiblemente uno de los más viejos del mundo”. Yousef tenía por entonces 113 años. Al mes siguiente, el Guinness World Records certificó que el hombre más longevo del planeta era Yisrael Kristal, un superviviente de Auschwitz de 112 años, nacido en Polonia el 15 de septiembre de 1903, en el mismo año que Yousef, aunque ocho meses más tarde.

Un año después, ajeno a este debate, Yousef sobrevive en la choza metálica que les asignaron, postrado en su camastro, acompañado día y noche por su querida Nejmeh. Su salud es frágil, y aunque no tiene diagnosticada ninguna enfermedad, cuatro años de exilio forzado, en su situación, han hecho mella en su débil cuerpo. En los últimos meses, ha perdido su capacidad auditiva y apenas se puede mover. “En el último año la salud de mi padre se ha deteriorado mucho. Antes podíamos ir al hospital, pero ahora es imposible, y los médicos solo vienen a visitarle cada cuatro o cinco meses”, explica Nejmeh a EL PERIÓDICO vía telefónica.

Yousef, el hombre más anciano de Zaatari, en un vídeo del ACNUR. / YOUTUBE

HISTORIA VIVA DE SIRIA

El libro de familia de Yousef Abdalruhman Abu Saloa certifica que nació el 1 de enero de 1903 en Inkhil, en la gobernación de Deraa, y que su primer matrimonio se celebró en 1930. Su vida entera ha transcurrido paralela a la historia de Siria. En 1918, cuando tenía 15 años, tropas árabes lideradas por el emir Faysal, y apoyadas por fuerzas británicas, capturaron Damasco y pusieron fin a 400 años de dominio otomano. A los 43, Yousef vio proclamar la independencia de su país. Alcanzaba los 67 cuando Hafez el Asad, padre del actual presidente sirio, tomó el poder con un golpe de Estado que dio inicio a un régimen represivo y militarizado. Doce años después, el Ejército del dictador sofocó la rebelión de los Hermanos Musulmanes en Hama liquidando a decenas de miles de civiles. No fue hasta junio del 2000, cuando Yousef ya había cumplido 97, que Hafez murió y fue sucedido por su hijo Bashar. La revolución siria y la actual guerra civil estallaron cuando Yousef ya era un abuelo centenario. Y el exilio forzado le llegó habiendo superado el supercentenario (110 años).

Los recuerdos se difuminan, pero hay fechas que Nejmeh y su padre nunca olvidarán. El exilio de Yousef, que durante más de un siglo vivió feliz en su Siria natal, empezó el 6 de abril del 2013, cuando accedió con desgana a escapar de Deraa hacia Jordania ante el agravamiento de los combates y los bombardeos. “No quería huir de su casa, pero temía que nos secuestraran a mí y a mi hijo o incluso que me violaran”, confiesa hoy Nejmeh, de 47 años, que desde que enviudó, hace ya 13, no se ha separado ni un instante de su progenitor.

COMERCIANTE Y AGRICULTOR

Mirando atrás, la hija de Yousef rememora que la mayor parte de su vida había transcurrido en paz, y no da crédito a lo que está pasando en su país. “Nunca pensamos que una guerra como esta podría estallar en Siria, y que terminaríamos aquí”, afirma Nejmeh, sentada en el suelo junto a su padre. En Deraa, explica, “nuestra vida era sencilla y feliz. Mi padre era comerciante, tenía una tienda de ropa, y también trabajaba en la agricultura”. De aquella felicidad apenas quedan recuerdos íntimos a los que Yousef pueda aferrarse: la boda de su hijo, el nacimiento del primer nieto -“se alegró muchísimo: era el primer niño después de ocho niñas”, cuenta Nejmeh-, cuando nació Ahmad, que ya tiene 18 años y cuida de él con Nejmeh... Su joven nieta Dania, nacida en el 2001, le dio una de sus últimas alegrías casándose en Zaatari.

En el campo de refugiados, la vida no es como en Deraa. Allí Yousef era el patriarca de una extensa familia de tres generaciones, formada por tres hijos (el primero ya murió, a los 75 años), 20 nietos (cinco niños y 15 niñas) y más de un centenar de parientes. La guerra les obligó a huir, y muchos de estos nietos están ahora en países lejanos como Alemania, Suecia o incluso Canadá. En Zaatari han quedado pocos, los que de vez en cuando visitan al abuelo en su caravana. “Nos reunimos para charlar y mirar la televisión con mi padre. No hay mucho más por hacer. Hablamos y miramos la tele, lo que den, noticias o cualquier cosa, hasta las dos de la madrugada, cuando se acaba la electricidad”, explica Nejmeh.

FRUTA, PLEGARIAS Y CIGARRILLOS

Cómo ha logrado Yousef vivir tantos años es algo que ni sus familiares se explican. Según su hija, Yousef lo atribuye a la comida sana y natural, el rezo... y también al tabaco. Siempre fue creyente y un fumador empedernido. Aún lo es. “No debería hacerlo, pero me los pide, y le sigo dando dos o tres cigarrillos al día. A parte de esto, le encanta comer fruta y sobre todo, la comida tradicional siria. Su plato favorito es el 'mlaihyeh' [elaborado con yogur, pollo y sémola]. Solía rezar mucho en Siria, y lo sigue haciendo aquí, aunque no pueda ir a la mezquita”, cuenta Nejmeh.

La hija de Yousef prefiere no hablar de la guerra, ni tampoco de Bashar el Asad. Asegura que ni ella ni su padre simpatizan con ninguna de las partes en conflicto. Yousef solo quiere estar con su familia, y sueña con que algún día acabe esta maldita guerra y todos puedan volver. “Este es su único deseo, no tiene otro: ver el final de la guerra y regresar a su patria”, afirma Nejmeh. Por si no lo consiguiera, Yousef le hizo prometer que le enterrarán en Shiekh Maskin, el que fue su hogar en los últimos años. Allí reposará al fin este símbolo del pueblo sirio y de todos los refugiados del mundo, quizá también de la propia humanidad, abandonada por ella misma.