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'Millennials', el voto ansiado en EEUU

Los jóvenes de entre 18 y 34 años representan el 31% del electorado; la mitad no se afilia; el 44% es de minorías y el 20%, pobre

Clinton lleva cómoda ventaja sobre Trump pero necesita asegurar la participación de este electorado que no es fácil movilizar

Idoya Noain

Trump y Clinton, durante el tercer y último debate antes de las elecciones, en Las Vegas.

Trump y Clinton, durante el tercer y último debate antes de las elecciones, en Las Vegas. / AP / MARK RALSTON

Hacen falta algo más que conciertos con estrellas de tirón, vídeos en Youtube y mensajes en Facebook y otras redes sociales. Los millennials, la generación que se mueve entre los 18 y los 34 años, representa ya el 31% del electorado de Estados Unidos, prácticamente igualando en peso electoral a los baby boomers.

Con sus cerca de 70 millones de votos, como sucedió en las elecciones de Barack Obama en 2008 y 2012, los jóvenes pueden demostrarse fundamentales en las presidenciales del 8 de noviembre. Y aunque la candidata demócrata, Hillary Clinton, lleva una más que cómoda ventaja en las encuestas sobre Donald Trump (60% de apoyo entre probables votantes jóvenes frente al 19% del candidato republicano), no puede dormirse en los laureles.

Tres de cada cuatro jóvenes estadounidenses consideran a Trump un racista y el 71% han asegurado que les daría vergüenza que fuera elegido, pero el rechazo al empresario no se traduce en un cierre de filas alrededor de Clinton. Así como un 43% de los millennials se declaraban muy entusiastas con Obama en 2012, solo un 24% sienten esa efervescencia con la aspirante demócrata. Y sin pasión es difícil lograr la participación, que tras empezar a crecer en 2004 y dispararse en 2008 cayó en 2012 y se ha estabilizado por debajo del 50%, un porcentaje que debe subir para que el voto millennial confirme su peso.

“Parte del éxito de Bernie Sanders fue el compromiso de los jóvenes y ese esfuerzo no se ha llevado al siguente nivel en la campaña de Clinton”, explica en una entrevista telefónica Peter Levine, decano asociado de la Universidad Tufts y fundador del Centro para la Información e Investigación de Aprendizaje y Compromiso Cívico. Sus estudios han detectado que el 70% de los millennials no han sido conectados por ninguna de las dos campañas, y ahí radica un grave error, pues ese contacto anima a votar a un 20% más de jóvenes.

EL RETRATO MILLENNIAL

Es imposible unificar a los millenials estadounidenses como un solo bloque pero diversos estudios y encuestas permiten realizar un retrato genérico. El 50% no se afilia a ninguno de los dos grandes partidos, el 44% pertenece a minorías, el 20% es pobre y son más progresistas que sus mayores en cuestiones como los derechos de los homosexuales, la inmigracion o el aborto. Son gente a la que no le motiva un único tema, lo que hace más difícil para los candidatos hacer llegar su mensaje. Y aunque sus preocupaciones varían considerablemente según sus subgrupos, hay algunas compartidas, desde la deuda estudiantil (una losa de 1,3 billones de dólares en EEUU) hasta el cambio climático pasando por los conflictos a gran escala y los religiosos, la pobreza y la responsabilidad del gobierno.

Para muchos de ellos el sistema de dos partidos no responde a esas preocupaciones. Y son gente como Adrián Mesa, un estudiante de 18 años del Miami-Dade College que encarna otro de los retos de Clinton: la fuga de voto a terceros candidatos, que aunque están cayendo en las encuestas pueden hacer daño en estados bisagra como Florida.

Mesa va a votar por el libertario Gary Johnson en un movimiento que define sin complejos como “voto de protesta”. “Quiero que mi rechazo quede al menos como una nota a pie de página. Tiene que haber cambios y, si no es ahora, ¿cuándo?”, decía recientemente en un acto en su campus, donde el presidente Obama había acudido para hablar de la reforma sanitaria. “Creo que Clinton ganará pero espero que mi voto haya valido la pena. Y si gana Trump, puede que ese sea el precio que haya que pagar para un cambio”.

Para otros muchos, sin embargo, Trump es un catalizador. Y compañeras de campus de Mesa como Beatrice Perez y Rose Norton forman parte de la base que da esperanzas a Clinton. La primera, una estudiante de filología inglesa de 20 años e hija de cubanos, está participando en esfuerzos para que otros jóvenes se registren y se involucren en política y se inclina por votar a la demócrata aunque tenga reparos (“no me gusta que cambie las cosas que dice y no tengo claro cómo de firmes son sus ideales”).

Y Norton, 19 años, negra y estudiante de biología, también se ha hecho activa por primera vez en política y después de votar a Sanders en primarias ahora busca votos para Clinton. “Trump hace América menos América”, decía el día del acto de Obama, cuando reconocía también que se ha encontrado con “muchos jóvenes desanimados que se preguntan cuál es el punto de votar”.

JÓVENES CON TRUMP

Pese al rechazo mayoritario hacia Trump, el candidato republicano también tiene apoyos entre los millennials, y no todos responden a estereotipos. Alex Fasulo, por ejemplo, es una joven neoyorquina de 23 años que estudió ciencias políticas y ahora es dueña de su propia empresa de gestión de redes sociales. En esta recta final de campaña está trabajando como voluntaria desde la Torre Trump y es allí, en un descanso entre llamada y llamada, donde se presta a explicar su postura.

"Los medios están haciendo un lavado de cerebro sobre quiénes somos los votantes de Trump”, critica en un café a las puertas de la sala donde trabajan voluntarios como ella, protegida por agentes de seguridad. "Dentro estamos todo tipo de gente, incluyendo latinos y negros”, dice, responsabilizando también a los medios de haber distorsionado el mensaje de Trump sobre minorías.

Personalmente Fasulo no se ha sentido ofendida por sus comentarios machistas (“no digo que esté bien pero mucha gente habla así”) y no da credibilidad a las mujeres que le han acusado de acoso sexual. Sigue convencida de que las encuestas no están capturando el apoyo a un candidato por el que ella apuesta con convicción, especialmente después de trabajar dos años en la Asamblea de Albany (la capital del estado de Nueva York).

“Allí vi lo corrupto y asqueroso que es el poder así que no me quiero imaginar cómo será en Washington. Por eso quiero a un outsider no controlado por los intereses especiales”, dice. Explica también que ha dejado de tildarse como republicana ("¿dónde quedó la lealtad?"). Y augura que, pase lo que pase el día 8, algo habrá cambiado. "Los que le apoyamos no vamos a desaparecer".