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CONTRACRÓNICA DEL TERCER DEBATE EN LA CARRERA HACIA LA CASA BLANCA

Trump y Clinton: hartos el uno del otro

El tercer debate, menos tenso y más de contenido, demuestra la antipatía entre los candidatos

Carlos Márquez Daniel

Trump y Clinton, durante el tercer y último debate antes de las elecciones, en Las Vegas.

Trump y Clinton, durante el tercer y último debate antes de las elecciones, en Las Vegas. / AP / MARK RALSTON

Terminado el debateHillary Clinton ha bajado al patio de butacas, donde ha saludado a propios y extraños con esa sonrisa tan forzada como necesaria. Donald Trump se ha quedado en el escenario, oteando el horizonte, desafiante, consciente de que las cámaras seguían grabando y que ahí, en un lugar elevado, podía ganar cuota de pantalla. Su familia, al comprobar que no bajaba, ha tenido que subir a buscarle. Su mujer le ha cogido cariñosamente de la mano; tiesa. Su hijo Eric le ha dado un beso volador, de esos que no tocan la mejilla. Él se ha mantenido ahí, farruco, unos minutos más. El animal televisivo contra el animal político.

El debate ha empezado entumecido, con un asunto, la reforma constitucional, que no daba para grandes astracanadas. No ha habido apretón de manos, cosa que ya no sorprende aunque siga resultando extraña. Ella, traje chaqueta blanco. Él, traje oscuro y corbata roja, el color de los republicanos; el único guiño al partido del que cada vez más se aleja. En el primer debate, en la Universidad de Hofstra (Long Island, Nueva York), ambos eligieron el color del partido contrario. Un gallifante para sus jefes de campaña.

La desgana de Trump se ha desvanecido cuando ha podido blandir el apoyo de la Asociación Nacional de Rifle, esa congregación de amigos de las armas que tuvo a Charlton Heston como presidente y que sigue siendo un potente lobi en defensa de la segunda enmienda que permite a los ciudadanos guardar un arsenal en casa, junto a las bicis, el Trivial o la nevera de vinos.

Los que siguieron el segundo debate, celebrado el 26 de septiembre en la Universidad de Washington (Saint Louis), habrán echado de menos los paseos del candidato republicano, esas caminatas por detrás de Clinton que tanto cachondeo generaron en Twitter y que buscaban, perro viejo, que el televidente prestara más atención a sus pasitos que a las palabras de su oponente. Trump se ha mantenido asido al atril y solo ha levantado las manos, sobre todo la derecha y uniendo el pulgar y el índice, en un gesto muy suyo, a partir de la media hora de juego, cuando Vladimir Putin ha entrado en escena.

MARIONETA DE PUTIN

Clinton, que en esta ocasión no ha podido echar mano de un taburete, ha regalado ahí el primer titular de la noche al asegurar que el magnate es una “marioneta” del presidente ruso. Nada nuevo en el contenido, sí en el continente. Sorprendente que Trump haya repetido hasta en dos ocasiones, a pesar de insistir en que no le conoce, que Putin es más inteligente que Clinton y Obama. No hay guerra fría, pero sí jarros de agua fría.

No han faltado las acusaciones veladas, de esas que se lanzan para que el elector estadounidense, que tiene 20 días para pensar el sentido de su voto, se quede con la alarma, no con la posible veracidad. Como la que ha lanzado Trump al insinuar que la secretaria de Estado se quedó con 6.000 millones de dólares desaparecidos de su departamento. Ahí ha quedado, y tampoco ella se ha entretenido demasiado en desmentirlo.

La relación del candidato conservador con las mujeres ha entrado en escena a las 3.52 horas de España. “No he tenido que pedir perdón porque no he hecho nada malo”, ha sostenido Trump, que ha levantado risitas entre el público que el moderador ha tenido que templar al asegurar que nadie respeta a las mujeres como él. Ha quedado muy clara su consideración por el sexo femenino cuando ha soltado “such a nasty woman” (“que mujer más asquerosa” o “desagradable”, en la traducción más suave) al definir a Clinton en el momento en que esta versaba sobre la reforma sanitaria de Obama. Así lo ha visto una ilustradora de 'Washington Post'.

Clinton, por cierto, ha seguido refiriéndose a su rival como “Donald”, algo que él no soporta. Su equipo de campaña, órdenes suyas, le llama siempre Mr. Trump.

ISIS Y ARABIA SAUDÍ

Tal y como ya sucedió en los dos debates anteriores, el veterano empresario ha dado buena cuenta de su conocimiento de la política internacional al confundir Arabia Saudí con el Estado Islámico. En una de sus brutales críticas a la Fundación Clinton, ha recordado que esta entidad del expresidente de Estados Unidos recibe dinero de este país árabe “en el que tiran a los gais de los edificios”. Esa es una inhumana práctica del EI, no del gobierno de Riad, al que se pueden reprochar muchas otras cosas, pero esa no. Por si fuera poco el desliz, quizás haya olvidado que en el 2001 vendió la planta 45 de su Trump Tower de Nueva York al reino alauí por 4,5 millones de euros.

Su sensibilidad ha dejado helada a la bancada al recordar la crisis humanitaria de Alepo para, en la misma frase, asestar que muchos refugiados que están entrando en el país son terroristas. “Veremos qué pasa en unos años”, ha regalado. Clinton ha tirado de buenismo, pero el papel de Estados Unidos en el conflicto de Siria, en el que ella ha participado, dice mucho más que sus buenas intenciones.

En resumen, un debate más de contenido, más aburrido, menos tenso, repetitivo, en el que ha quedado claro que están hartos el uno del otro. Y para los que crean que esto termina el 8 de noviembre con las elecciones, recuerden que Trump, en su insistencia por hacer historia, no ha asegurado que vaya a respetar el resultado en caso de perder. No había pasado nunca en 240 años de democracia estadounidense. Faltaba Donald. 

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