18 sep 2020

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Japón no reabrirá Kashiwazaki-Kariwa, la mayor central nuclear del mundo

El triunfo del candidato antinuclear en las elecciones regionales de Niigata arruina los planes del Gobierno para regresar a la energía atómica tras el desastre de Fukushima

Adrián Foncillas

La central nuclear de Kashiwazaki-Kariwa.

La central nuclear de Kashiwazaki-Kariwa. / REUTERS / KIM KYUNG HOON

El regreso de la energía nuclear a Japón sigue acumulando reveses. El candidato antinuclear ha ganado las elecciones en la región que acoge la mayor central del mundo y ya ha aclarado que seguirá con candados. Niigata, en el norte del país, ha evidenciado de nuevo la distancia entre los deseos de Tokio de reengancharse a la energía nuclear y los recelos de la población.

Ryuchi Yoneyama, apoyado por formaciones de izquierdas, se ha impuesto a Tamio Mori, el candidato del Partido Liberal Demócrático (PLD). Su victoria fue acompañada de gritos de “¡Banzai!” por sus seguidores. Yoneyama les dio en su primer discurso lo que esperaban: “Como ya os prometí, bajo las condiciones actuales no podemos proteger vuestras vidas ni vuestras formas de vida, así que declaro solemnemente que no aprobaré su puesta en marcha”. El candidato aludía a Kashiwazaki-Kariwa, la mayor central nuclear del mundo gracias a sus siete reactores y ocho gigavatios de capacidad, que había eclipsado cualquier otro asunto en las elecciones. El candidato del PLD había intentado un imposible equilibrio entre el entusiasmo nuclear de Shinzo Abe, líder de su partido, y la firme oposición a la central de su población. Encuestas recientes mostraban que el 73% de los votantes estaba en contra.

LOS EXCESOS DEL PASADO

La central de Kashiwazaki-Kariwa es icónica del sector por su magnitud y era considerada como un mojón decisivo en la senda de Abe y de la infausta compañía Tepco hacia la energía nuclear. Tepco, que proporciona un tercio de la electricidad nacional, gestiona tanto la central de Niigata como la de Fukushima. Epitomiza los excesos del pasado que desembocaron en el 2011 en la peor crisis desde Chernóbil: ordenaba borrar imágenes de grietas en sus instalaciones, alardeaba en juntas de accionistas de recortes en seguridad, elevaba fugaces reconocimientos a exámenes exhaustivos y retrasó hasta lo irresponsable la refrigeración de los reactores dañados con agua salada para evitar arruinarlos. La victoria de Yoneyama provocó la caída del 8% de sus acciones en pocas horas.

Pero el miedo de los vecinos de Niigata es previo a Fukushima. Un terremoto de 6,6 grados ya había causado incendios, filtraciones y cierres de reactores en Kashiwazaki-Kariwa en el 2007. A Yoneyama no le costó convencer a sus vecinos de los peligros de convivir con ese armatoste nuclear, cuyo futuro ahora está en el aire. Durante las elecciones aclaró que Tepco carecía de un plan solvente de evacuación y que no podría impedir que los niños enfermaran de cáncer de tiroides tras otro accidente.

ENERGÍA IMPORTADA

Más de 100.000 personas en las cercanías de Fukushima siguen desperdigadas por todo el país, muchas viviendo en barracones y con pocas esperanzas de regresar. Japón extraía de las centrales nucleares el 30% de su energía antes de Fukushima y planeaba aumentar la proporción hasta el 50%. La crisis provocó el apagón total y las promesas de un horizonte sin centrales, pero la realidad de un país pequeño y sin recursos naturales ha truncado el plan. Abe ha insistido en que la recuperación económica es utópica con las onerosas facturas de la energía importada. Solo dos de las 42 centrales japonesas han reabierto debido a la oposición de la población, tan escarmentada por los desmanes del sector que ni siquiera confía en las reforzadas normativas de seguridad.