Donald Trump sigue adelante solo

El abandono del presidente del Congreso, Paul Ryan, constata que el aparato del partido republicano da por perdida la presidencia

El aspirante protagoniza un brutal y hosco debate con Clinton y se centra en sus bases más radicales

Republican U.S. presidential nominee Donald Trump speaks during the presidential town hall debate with Democratic U.S. presidential nominee Hillary Clinton (not pictured) at Washington University in St. Louis, Missouri, U.S., October 9, 2016.    REUTERS/Lucy Nicholson

Republican U.S. presidential nominee Donald Trump speaks during the presidential town hall debate with Democratic U.S. presidential nominee Hillary Clinton (not pictured) at Washington University in St. Louis, Missouri, U.S., October 9, 2016. REUTERS/Lucy Nicholson / LUCY NICHOLSON (REUTERS)

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Idoya Noain
Idoya Noain

Periodista

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La campaña presidencial más degradada de la historia de Estados Unidos sigue en su descenso hacia abismos desconocidos. Donald Trump, el candidato republicano que ha sido el principal motor de esa degradación, ha conseguido tras el segundo debate con Hillary Clinton celebrado el domingo en San Luis mantener viva una candidatura que se había visto al borde de la implosión tras la publicación el viernes de un vídeo de 2005 donde alardeaba de agresiones sexuales y mostraba sin tapujos su sexismo. Pero aunque haya sobrevivido a un brutal cara a cara cargado de una hostilidad sin precedentes, en el que con ecos dictatoriales llegó a amenazar con meter en la cárcel a su rival política, Trump sigue adelante solo, apoyado casi exclusivamente por las bases más radicales que le han aupado hasta la candidatura y por los políticos republicanos y donantes más conservadores. El aparato del Partido Republicano da por perdida la presidencia con él en las papeletas.

La señal más clara de esa conciencia de derrota ha llegado unas horas después del debate, cuando, este lunes, Paul Ryan, el presidente de la Cámara Baja del Congreso y el más alto cargo electo republicano, ha anunciado a sus colegas en Capitol Hill que dejará de defender a Trump y hacer campaña con él. Ryan va a centrarse en intentar garantizar que los conservadores mantengan el actual control de las dos cámaras, el esfuerzo en el que ya estaban enfocados muchos republicanos y grandes donantes que se habían distanciado de Trump y que reclaman también al Comité Nacional Republicano. Y aunque Ryan no ha llegado a retirar públicamente su apoyo a Trump, no hace falta el gesto para constatar el abandono.

Se abre, así, una doble guerra en la campaña electoral. Porque ya no solo Clinton y Trump luchan por la presidencia sino que la fuerza conservadora enfrenta una cruenta batalla intestina entre su línea moderada y el movimiento ultra que empezó a cobrar fuerza con el auge del Tea Party y ha demostrado ahora su peso elevando a Trump hasta la candidatura.

UN TRISTE DEBATE PARA LA HISTORIA

Fue a arengar a esas bases, más que a buscar convencer a votantes indecisos, a lo que Trump dedicó el debate del domingo, un ejercicio inédito de insultos y sucias estratagemas. Porque aunque el candidato republicano se mostró formalmente más preparado y hasta disciplinado que en el primer cara a cara, su actuación en los 90 minutos fue un ejercicio de radicalidad.

Trump anunció que de ser elegido pedirá al Departamento de Justicia que nombre a un fiscal especial para investigar a Clinton por su manejo de información clasificada en correos electrónicos que envió cuando era secretaria de Estado usando un servidor privado, más de 30.000 de los cuales borró alegando que eran “personales”. Y poco le importó estar prometiendo un imposible (porque el nombramiento del fiscal especial es una autoridad del Congreso). Al decirle a Clinton “estarías en la cárcel” provocó la denuncia de observadores y de la campaña de la demócrata, cuyo manager, Robby Mook, calificó de “escalofriante que Donald Trump piense que la presidencia es como una dictadura de república bananera donde puedes encarcelar a tus opositores políticos”. Pero Trump se estaba limitando a replicar el clamor que sus masas de seguidores repiten en sus virulentos mítines e hicieron uno de los eslóganes de la Convención Republicana, un mensaje que la propia campaña de Trump ha colocado también en varios de los pins que se venden en su web.

No fue el único golpe bajo en un debate más hosco que ningún otro, que Trump y Clinton iniciaron sin estrecharse siquiera las manos en el saludo protocolario, una tensión que tenía nuevas razones. Trump invitó a tres mujeres que han denunciado acoso sexual de Bill Clinton y hasta una violación, así como a una mujer a cuyo violador Hillary Clinton defendió en su juventud como abogada de oficio. Compareció con ellas en un breve encuentro con la prensa 90 minutos antes del cara a cara e incluso intentó invitarlas a los asientos reservados para su familia en la Universidad Washington, lo que habría forzado al expresidente a saludarlas. Y aunque la comisión organizadora del debate le impidó la sucia jugada, Trump usó a las mujeres como arma de contrataque para intentar desviar la atención del polémico vídeo.

Si alguien esperaba un acto de contrición por lo que dejó en evidencia esa grabación debe seguir esperando. Porque pese a volver a pronunciar algo parecido a una disculpa, Trump volvió a minimizar lo dicho como “charla de vestuario” y negó incluso por primera haber cometido las agresiones sexuales de las que había alardeado.

EL RETO DE CLINTON

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Clinton trató de esquivar el ataque personal por los escándalos sexuales y desplegó lo que ha sido y va a seguir siendo la línea estratégica de su campaña: tratar de recordar a los votantes estadounidenses que Trump “no está capacitado para ser presidente” y no solo insulta a las mujeres sino que ha extendido su vitriolo contra numerosos grupos de población, de inmigrantes y musulmanes a hispanos o gente con discapacidades. Y aunque en el debate espetó a Trump que usa tácticas de distracción para “evitar hablar de la forma en que está explotando su campaña y le están abandonando los republicanos” y cuando se marchó de San Luis denunció la “acumulación de falsedades” pronunciadas por su rival en el debate, es consciente de que enfrenta a un oponente inédito, con quien ha quedado probado que las normas y la lógica tradicionales de la política no siempre funcionan.

El camino que se abre ahora es, también, impredecible. Desde el campo de Trump aseguran que, pese al abandono de Ryan, “nada ha cambiado” y afirman que “la campaña de Trump siempre ha estado impulsada por un movimiento de base, no por Washington”.