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De Eritrea a Hungría, la gran odisea de Dris

El joven huyó de su país hace siete años y recorrió media Europa hasta lograr el estatus de refugiado político

Forma parte de una asociación de defensa de las personas que buscan protección internacional y es traductor de Human Right Watch

Kim Amor

Dris, en Budapest.

Dris, en Budapest. / KIM AMOR

La historia de Mussa Dris no es muy diferente a la de decenas de miles de personas que han huido de la violencia, la represión y la extrema pobreza que reina en sus respectivos países.

De 30 años de edad, Dris no procede de Oriente Próximo, de países desmembrados y atormentados como Siria e Irak, sino de Eritrea, del que muy poco o nada se habla en los medios occidentales, pero que desde hace 25 años vive bajo la que es probablemente la dictadura más depravada del continente africano, y eso ya es decir mucho.

Miembro de una familia numerosa, de 10 hermanos, Dris huyó de su país por motivos políticos hace siete años. Saltó primero a Sudán, después se las ingenió para llegar hasta Turquía y de allí entró en Grecia, donde se quedó tres años y trabajó de camarero en Atenas, explica mientras camina por el centro de Budapest arrastrando su bicicleta para asistir a una manifestación a favor de los refugiados frente al Parlamento húngaro.

MATONES DE EXTREMA DERECHA

Su estancia en Grecia se interrumpió en el 2011, cuando bandas de matones de la extrema derecha se paseaban por la capital griega a la caza del inmigrante. Entonces decidió seguir su ruta ilegal hacia el norte, hasta que fue detenido en Hungría. Le tomaron las huellas dactilares y a la que pudo se largó. Italia, Francia, Bélgica y Alemania, donde le volvieron a pillar. Otra vez al calabozo –“me dieron un mono de preso y yo les grité que no era un criminal”, explica entre risas- y pocos días después, en avión deportado a Hungría, en estricta aplicación de la convención de Dublín.

Dris es un tipo inteligente, culto, extremadamente educado, divertido y se diría que feliz, aunque tiene a su familia distribuida por medio mundo: en Francia, el Reino Unido, Suecia y, en EEUU, a su padre, un represaliado político que pasó cuatro años en la cárcel. Solo su madre y un hermano permanecen en Eritrea.

Desde principios del 2013, Dris disfruta del estatus de protección internacional, conseguido tras largos trámites burocráticos de 10 meses de duración, que pasó bajo unas condiciones “pésimas” en un campo de refugiados húngaro. Hábil con las lenguas -habla seis: el árabe, el inglés, el húngaro y tres africanas-, desde hace un par de años trabaja como intérprete en Hungría de Human Rights Watch.

“Como imaginarás he visto mucha mierda en mi vida -afirma tras detenerse frente a una terraza de un bar de esos 'guais' de la parte noble de la capital húngara- pero nunca he sentido tanta tristeza como cuando asistí a los miles de refugiados que llegaron en masa a Budapest”.  “Una persona no decide que va a ser refugiado una mañana mientras está desayunando”; dice. “Hay unas poderosas razones para decidir dejarlo todo y huir”.

MIRADAS HOSTILES

Justo al cruzar la calle un joven se le acerca y le saluda efusivamente con un “¡¡¡Ei Dris, salam alecum. What’s up man!!!". Es Alí, un veinteañero afgano al que conoció y con quien se hizo “muy buen amigo” en el campo de detención antes de obtener sus papeles. “Este país ha cambiado mucho en estos dos últimos años con esa propaganda del Gobierno”, dice el joven afgano, que asegura que deplora a Orbán. El ambiente no es el mismo, coinciden los dos, aunque reconocen que de momento no han notado una actitud de rechazo, ni siquiera una sola mirada hostil.

La campaña contra los refugiados es muy agresiva”, dice Dris, “pero responde a una estrategia electoral y política de[el primer ministro, Viktor] Orbán, un hombre extremadamente inteligente”, añade. “Es un mensaje deliberadamente dirigido para remover y sacudir las emociones, no la mente, no lo racional”. Un discurso que le está dando resultados. Obviamente, el Gobierno evita recordar que en los últimos 10 años más de medio millón de jóvenes húngaros han salido a buscarse la vida fuera del país.

Poco antes de llegar al Parlamento, ya llegada la noche, Dris explica una anécdota que le sucedió hace apenas un año en Suecia. Viajó para visitar a una de sus hermanas, embarazada. Al acompañarla al hospital a una revisión se topó en la entrada con un hombre que pedía limosna. Era un húngaro.

CONOCIMIENTOS Y EXPERIENCIAS

“Cuando le dije que yo vivía en Budapest y que podía considerarme como un compatriota suyo, y se lo dije además en húngaro y con buena pronunciación, se quedó boquiabierto”, recuerda. “¡Pero si eres negro!”, exlamó desconcertado. Tras charlar un rato con él, Dris se despidió no sin antes darle 300 coronas, unos 30 euros.

“Hay un proverbio árabe que dice que cuando te encuentras con otra persona que tiene un gran problema, tus problemas no son nada. Hay que ayudarle”, afirma. Una máxima que aplicó en Suecia y durante la avalancha de miles de personas que llegaron a Hungría huyendo de la guerra. Y lo sigue haciendo como miembro de Migszol, una asociación de solidaridad con los refugiados.

“Mi objetivo no es quedarme aquí, sino volver a mi país. Quiero aprender lo máximo que pueda, sacar lo mejor de esta sociedad para invertir mis conocimientos y me experiencia vital para hacer de Eritrea un país digno”, concluye.

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