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Rusia: una democracia controlada

Bajo la apariencia democrática, Putin ha levantado una máquina totalitaria

Rafael Vilasanjuan

Preparación de un colegio electoral de cara a las elecciones de este domingo en Rusia.

Preparación de un colegio electoral de cara a las elecciones de este domingo en Rusia. / IVAN SEKRETAREV / AP

Pocas elecciones generan tan poco debate, pocas reservan un margen tan pequeño para la sorpresa. Rusia sigue bajo el control de Vladimir Putin y aunque las elecciones de este domingo no puedan ser percibidas como una farsa, en el fondo son solo un trámite: matemática para acabar llenando escaños afines al Presidente.

No importa que el Gobierno haya cambiado de estrategia. En las elecciones anteriores, en el 2011, los partidos de oposición no pudieron presentarse y el resultado que dio mayoría absoluta a Rusia Unida, el partido de Putin, fue protestado en las calles y calificado de fraude. Ahora la lección está aprendida. En las elecciones de ayer no se ha prohibido la participación de opositores, se han multiplicado los debates y hasta se ha permitido dar publicidad al abanico político que va de los antiguos comunistas a los liberales. Pero con un poder del que depende todo, a la oposición ahora tal vez no le falten oportunidades, el problema es que es muy débil porque no tiene recursos, ni ha tenido capacidad de movimiento fuera de esta campaña. Todo bajo control.

Nada en Rusia escapa a la mirada gélida de Putin que durante estos últimos años se ha entregado a construir una oligarquía piramidal que depende exclusivamente de él y que se extiende desde el control del gas y el petróleo al de todos los medios de comunicación. Una maquina totalitaria con piel de cordero democrático que arroya a las organizaciones criticas, permite ahora que observadores independientes elogien la limpieza del proceso. Por eso Rusia Unida seguirá manteniendo la mayoría, y aunque pierda algunos escaños, sobre todo por el descontento de una economía cada vez mas excluyente, esos escaños acabarán en manos de partidos satélite.

El escaso margen de conquista que pueda alcanzar la oposición es tal vez la única incógnita. En el parlamento anterior, de 450 escaños solo uno era independiente. En este es posible que el margen sea algo mayor, pero en todo caso la oposición seguirá siendo irrelevante. La matemática de las urnas, no obstante,tiene otro interés: saber si este resultado avanza hacia unas elecciones presidenciales, previstas para 2018, que sean de nuevo un paseo para Putin o por el contrario se empieza a ver fatiga. Porque el presidente ruso, que se considera el patriota elegido para devolver la gloria a un imperio descompuesto, ha recuperado un papel central en la agenda global con la anexión de Crimea, la invasión del este de Ucrania y los bombardeos a los rebeldes sirios. Pero al tiempo que con su nacionalismo radical quiere volver a proyectarse como potencia mundial, y su oligarquía pasea entre Marbellay Cerdeña, la clase media se ahoga economicamente.

En una democracia real el descontento en unas elecciones parlamentarias sirve para cambiar gobiernos. Pero en Rusia en último extremo las elecciones desde hace dos décadas solo sirven para saber hasta donde alcanza el apoyo a la democracia controlada de Putin. De momento es lo único que podemos esperar.