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LA TRANSFORMACIÓN DEL TIGRE ASIÁTICO

Viaje a un país que ya no existe

El periodista Andreu Claret relata su regreso a Vietnam 41 años después de una visita que hizo en 1975, a los pocos meses del final de la guerra

ANDREU CLARET

Estación de la ciudad de Hué en 1975. Esta foto significa para el periodista el símbolo del cambio del país. 

Estación de la ciudad de Hué en 1975. Esta foto significa para el periodista el símbolo del cambio del país.  / ANDREU CLARET

En agosto volví a Vietnam. De vacaciones, pero con la obsesión de localizar los escenarios de unas fotografías que hice en diciembre de 1975, cuando visité el país por primera vez. Son las de un carrete que llevaba en el bolsillo cuando me robaron la cámara y las fotos que había hecho hasta entonces. No recuerdo muy bien porqué llevaba encima aquel carrete. Quizás fuera por precaución. Cerca de Hué había fotografiado un Paton M48 reventado por el Vietcong. El tanque constituía una pieza de caza mayor y su aparición levantó el orgullo del conductor de nuestro autobús. Pero las normas eran estrictas: nada de fotografías militares. Guardé el carrete ante la mirada severa del oficial que nos acompañaba. Solo contenía cuatro fotos.

En la primera se ve un pontón militar por donde cruzamos un río. La siguiente es la del blindado. Otra corresponde a un primer plano del conductor que nos tenia que llevar de Hanói hasta Saigón. Un antiguo guerrillero que fumó durante todo el viaje. Y la más enigmática está tomada en una ciudad sin nombre. Poca cosa para buscar una huella de aquel viaje.

Éramos unos 15 periodistas o escritores, todos italianos menos yo, entonces delegado de 'Cambio16' en Catalunya, que me había colado en el grupo por las buenas relaciones que el PSUC mantenía con el Partido Comunista Italiano, facilitador de la visita.

41 años después me ha sorprendido ver a los turistas hacerse selfis delante de otro M48 que se exhibe cerca de Saigón, junto a los túneles de Cu Chi desde los que el Vietcong asediaba la ciudad que ahora llaman Ho Chi Minh City. El que yo fotografié subrepticiamente desde la ventana del autobús, porque las minas aconsejaban no salir del camino, era todo un símbolo. El de un país de hombres y mujeres pequeños, casi liliputienses cuando aparecían junto a pilotos capturados, y que acababan de infligir a Estados Unidos la mayor derrota militar de su historia. Los tanques norteamericanos que se pueden ver ahora en muchas ciudades forman parte de parques temáticos de una guerra que nosotros conocemos como la Guerra del Vietnam. Y que ellos llaman la Guerra Americana para diferenciarla de las que libraron contra Japón, Francia y China. Todas en el siglo XX.

El de ahora ha sido un viaje extraño. No conseguía quitarme de la cabeza las imágenes de aquel paisaje de muerte y devastación que conservo en la retina. Nada es como era. En 1975 las ciudades estaban desvencijadas, los puentes volados, los bosques quemados. Las miradas de los vietnamitas estaban marcadas por años de apocalipsis. Solo los niños, incluso los mutilados, anunciaban con sus tímidas sonrisas un futuro mejor. El paisaje físico y humano ha cambiado tanto que me preguntaba si estaba en el mismo país.

A HANÓI EN UN TUPOLEV

En 1975 viajamos a Hanói en un Tupolev. Un monstruo de cuatro hélices que solo hizo una escala nocturna entre Berlín Este y la capital de lo que todavía era Vietnam del Norte. Creo que fue en Taskent, en el Uzbekistán soviético. Llegamos a Hanói cuando salía el sol, sobrevolando los márgenes del río Rojo ribeteados de topos gigantescos formados por las bombas de los B52. Eran cientos de cráteres ciclópeos producidos por el mayor bombardeo en alfombra que jamás se ha llevado a cabo. Más de 20.000 toneladas de bombas esparcidas entre la capital y Haiphong durante las navidades de 1972. "Hemos puesto los comunistas de rodillas" concluyó Henry Kissinger, de modo algo apresurado.

En enero de 1973 se firmaron los acuerdos de París. Sin el apoyo norteamericano, las tropas del sur se desmoronaron. Las de Vietnam del norte y el Vietcong entraron en Saigón en abril de 1975 dejando una foto para la historia, la de aquel helicóptero en el techo de la embajada norteamericana evacuando al personal y a los amigos. En París, Kissinger ganó el Nobel de la paz, pero Estados Unidos ya había perdido la guerra.

Ahora el río Rojo ya no discurre entre campos y pueblos zarandeados por la guerra sino entre fértiles arrozales, plásticos de cultivos intensivos y tejados de maquilas occidentales que encuentran en Vietnam un mejor clima industrial que en China y salarios aún más bajos. ¡Qué transformación más prodigiosa! Nadie podía intuirla entonces, aunque ya nos sorprendiera la rapidez con que renacía la vida, a base de ingenio y afán de recuperación. Mientras algunos campesinos aprovechaban los cráteres, rellenados por las lluvias de los monzones, para criar carpas herbívoras, las mujeres aseguraban la segunda cosecha del año en los arrozales. Así empezó el milagro que, en poco más de tres décadas, haría de Vietnam uno de los tigres asiáticos.

EN BLANCO Y NEGRO

Hanói era entonces una capital ordenada que ya había conseguido reparar la mayoría de los destrozos causados por los bombardeos. Pero era una ciudad en blanco y negro donde las únicas notas de color eran el rojo de un tranvía que ya no existe, el de los carteles con el tío Ho y el del famoso puente sobre el lago. Sin este puente rojo, donde siguen fotografiándose los recién casados, no habría conseguido asociarla con mi primera visita. ¿Cómo recordar una calle donde solo transitaban silenciosas bicicletas si ahora está invadida por miles de ruidosas motos japonesas? ¿Cómo identificar una esquina, por donde solo pasaban camiones militares, y algún coche oficial negro fabricado en Togliattigrad, si ahora todas están abarrotadas de rutilantes utilitarios de la naciente clase media?

La memoria necesita referentes a los que agarrarse. En Hanói, el único que encontré fue este puente sobre el Lago de la Espada Restituida. Sin él, los anuncios fluorescentes, los ruidos, y el bullicio de una urbe que sigue siendo una de las ciudades más auténticas de Asia hubiesen cegado mis recuerdos. 

De aquellas cuatro fotos solo sabía que estaban hechas por debajo del paralelo 17 que dividía Vietnam en dos mundos, porque en Google había podido identificar el pontón que aparece en la primera, junto al famoso paralelo. Así cruzamos todos los ríos, sobre artilugios habilitados por los militares. En todo el país solo quedaba en pie el puente Long Biên levantado por los franceses en la capital del norte, a principios del siglo XX. Un puente para el orgullo que los vietnamitas reconstruyeron varias veces, la última, poco antes de firmar la paz, para demostrar que ni siquiera las bombas láser, utilizadas por primera vez por Estados Unidos, iban a doblegarlos. 

DESTRUCCIÓN

A medida que nos adentrábamos en el sur, la destrucción alcanzaba proporciones espeluznantes. La carretera, por llamarla de algún modo, solo era transitable en la estación seca. La mayoría de los arrozales estaban reventados. Los bosques triturados o quemados por el agente amarillo. Muchos edificios seguían teñidos por el napalm. Los lisiados eran legión. 

En los rostros que recuerdo predominaba la severidad. Solo sonreían nuestro conductor y algunas muchachas jóvenes qua parecían ser las primeras en recuperar las ganas de vivir. Y de olvidar. Ya no tendrían que optar entre la milicia o la prostitución.

Danang es ahora una ciudad placentera, donde aterrizan millones de turistas que visitan Hoi An y Hué, la antigua capital imperial. Cuando llegamos allí en 1975, era el corazón de las tinieblas. Con su casi medio millón de soldados norteamericanos, la base militar lo había pervertido todo. Durante años me persiguió la visión de unas mujeres que entrevimos detrás de las ventanas enrejadas de una villa francesa que nos pedían desesperadamente un cigarrillo. «Marlboro, please, Marlboro!». Supusimos que empezaban una reeducación traumática. O la de aquellos muchachos que amenizaron una de las Nocheviejas más tristes de mi vida, en una antigua discoteca, con canciones de Stevie Wonder y Barry White, acompañados de unas guitarras eléctricas descuajaringadas y abandonadas, probablemente, por soldados norteamericanos.  

FOTO CON UN PUENTECITO

Me quedaba por intentar localizar el escenario de la fotografía tomada en una ciudad. Se trata de una foto anodina, con un puentecito sobre un canal y, al fondo, un paisaje urbano desolado. Solo podía ser de Danang, Hoi An o Hué, ya que no pudimos proseguir el viaje hasta Saigón, porque nuestros anfitriones no pudieron o no quisieron llevarnos hasta una capital que todavía estaba en el limbo entre la guerra y la paz. Probé suerte en Danang y en Hoi An, pero nadie, ni los más mayores, reconocían aquel lugar. Y cuando ya había perdido toda esperanza, una mujer que ofrece deliciosos manjares cerca del río Perfume sugirió que uno de los edificios al otro lado del canal podía ser la antigua estación de tren de Hué. 

En 1975, era la ciudad que más me impresionó. Su ciudadela imperial y la Ciudad Prohibida parecían las ruinas camboyanas de Angkor. La mayoría de las pagodas y los recintos estaban lastimados por la feroz batalla que había tenido lugar en 1968. Ocupada por el Vietcong durante la ofensiva del Têt, y erigida en ciudad mártir del Vietnam del sur por las masacres cometidas por los comunistas, fue reconquistada a sangre y fuego por los marines y el ejército sureño. 

Al penetrar en la ciudadela reconstruida, no encontraba la manera de recordar lo que había visto en 1975. Es otra ciudad. Colorida, apacible, espléndida. Un complemento imperial a la visita obligada de esta joya que es Hoi An, algo más al sur. Pero, mientras los turistas permanecían embelesados ante la Puerta del Mediodía, me aparté de la ruta convencional y descubrí un tramo de muralla recubierto de la costra negra inconfundible que deja el napalm. En aquel muro ennegrecido recordé mi paso por Hué.

Hué es la ciudad que

más me impresionó en

1975. Ahora era otra.

Colorida, apacible,

espléndida

Llegados delante de la estación, ninguno de los ángulos que busqué permitían identificar el escenario de la foto.  Hoy, el tren no llega al mismo sitio, el canal es más ancho, el puente más largo, y el alboroto de las motos que lo cruzan no toleraban comparaciones con aquella triste instantánea en blanco y negro donde solo aparecen dos viejas motocicletas. Estaba a punto de abandonar cuando se acercó un anciano de pelo canoso atraído, supongo, por aquel extraño turista que recorría el puente con una foto en la mano. La miró y dijo: «C’est ici!», con los ojos luminosos, mientras agitaba las manos para explicar cómo se habían movido las piezas de aquel pedazo de ciudad. Le cogí de las manos. Estábamos donde había tomado la foto 41 años antes! «C’est ici?», repetí, emocionado. «Bien sur», me contestó, en un francés impecable, el que hablaba la élite vietnamita antes de Dien Bien Phu

Esta foto para mí tiene un inmenso valor. Sentimental y alegórico. Constituye el símbolo del cambio asombroso que ha experimentado el país. La prueba de que después de toda guerra, por brutal y larga que sea, siempre llega la paz. Por fin estaba seguro. Aquel era el mismo país que había visitado en 1975. Proseguí el viaje con mi mujer, aliviada al verme más relajado. Esta vez pudimos entrar en Saigón, como hacen cada año unos 60.000 españoles. Y navegar por el Mekong, el río que tantas pesadillas causó a los norteamericanos y que da vida, forma y sentido a toda Indochina. 

Temas: Vietnam

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